Incendios en Canarias: por qué ahora son menos frecuentes y más peligrosos

El incendio de Tenerife de 2023 siempre será recordado como una de las mayores tragedias medioambientales de la historia reciente de Canarias. Cuatro años antes, en 2019, otro gran fuego devastó por completo las medianías de Gran Canaria, por el que además el Cabildo y el Estado tendrán que pagar los daños causados por un helicóptero bombardero a una finca. Sin embargo, más allá de estos casos, surge una pregunta clave: ¿por qué los incendios forestales en Canarias son ahora menos frecuentes, pero mucho más peligrosos y difíciles de extinguir?

El patrón de los incendios forestales en Canarias ha cambiado en las últimas dos décadas. Aunque ahora son menos frecuentes, cuando se producen tienen un mayor potencial para convertirse en grandes incendios. Los expertos explican que la situación en las islas es singular, los grandes fuegos ya no se repiten cada verano, sino que se concentran en episodios muy graves separados por intervalos de varios años.

Las causas que explican los grandes incendios en Canarias

Un estudio de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), que analiza dos décadas de datos sobre incendios forestales y su relación con las condiciones climáticas, apunta a que el aumento de la destructividad de estos fuegos no puede explicarse únicamente por el cambio climático. Si bien el incremento de las temperaturas, las sequías y las olas de calor favorece la aparición de incendios más virulentos, los investigadores sostienen que la forma en que se gestiona el medio rural resulta igualmente determinante. La acumulación de vegetación combustible y la expansión de viviendas en zonas forestales han creado un escenario de mayor riesgo y han incrementado la vulnerabilidad de la población que vive en estos entornos.

A ello se suma que el abandono progresivo de actividades tradicionales como el pastoreo o el aprovechamiento de la biomasa han favorecido la acumulación de vegetación seca en los montes. Esta mayor carga de combustible facilita la propagación del fuego y contribuye a que los incendios alcancen una intensidad mucho mayor cuando se producen.

Otro elemento que incrementa el riesgo son las propias características del territorio canario. La orografía de las islas, marcada por fuertes pendientes, barrancos profundos y zonas de difícil acceso, favorece una rápida propagación de las llamas y dificulta el trabajo de los equipos de extinción. Además se añaden las condiciones meteorológicas propias del archipiélago. Durante episodios de viento intenso, especialmente en situaciones de calima o determinadas configuraciones atmosféricas, un incendio puede avanzar a gran velocidad y generar focos secundarios a cientos de metros del frente principal mediante el transporte de pavesas, complicando enormemente su control.

Los Grandes Incendios Forestales (GIF) pueden llegar a desarrollar un comportamiento extremo. Cuando alcanzan una elevada intensidad son capaces de generar enormes columnas convectivas de aire caliente, modificar las corrientes de viento de su entorno y lanzar material incandescente a grandes distancias. Este tipo de incendios, que muchos especialistas relacionan con los denominados incendios de sexta generación, pueden llegar a crear su propia meteorología, lo que los hace especialmente impredecibles y extremadamente difíciles de extinguir.

El combustible vegetal y la prevención, dos factores decisivos

Todo ello ha influido para que la campaña de incendios en Canarias ya no se limite a los meses centrales del verano. Los expertos advierten de que el aumento de las temperaturas está alargando el periodo de riesgo desde finales de la primavera hasta entrado el otoño y, además, las olas de calor son cada vez más intensas. No obstante, insisten en que el clima no explica por sí solo la aparición de los grandes incendios, ya que para que un fuego alcance grandes dimensiones también necesita abundante combustible vegetal.

En este sentido, las lluvias registradas durante el pasado otoño e invierno favorecieron el crecimiento de la vegetación, que se ha secado con las altas temperaturas y la falta de precipitaciones de los últimos meses. Esa masa vegetal seca se convierte en un combustible muy abundante, capaz de alimentar incendios de gran intensidad y rápida propagación.

Los especialistas destacan también la importancia de las labores de prevención y gestión forestal para reducir ese combustible mediante desbroces selectivos, quemas prescritas, recuperación de usos tradicionales o el aprovechamiento sostenible de la biomasa. Estas actuaciones permiten disminuir la continuidad de la vegetación y dificultan el avance de las llamas.

La vigilancia y la concienciación ciudadana continúan siendo igualmente fundamentales, ya que buena parte de los incendios siguen teniendo un origen humano, ya sea por negligencias o acciones intencionadas. Evitar una sola imprudencia puede impedir que un pequeño conato termine convirtiéndose en un gran incendio forestal.