Pide un deseo

Pide un deseo

Al saltar la hoguera la vio al otro lado del fuego y quiso parar el tiempo para cambiar de deseo. Todavía no había despegado del todo la punta del pie que dejaba atrás cuando entre las chispas saltonas de aquella madera en llamas, a medio metro del suelo, observó que ella, Julia, estaba abrazada a otro, envuelta en una manta, juntos los cachetes y los ojos cerrados. 

Siempre había sido un tipo racional que solo se permitía ser posibilista en la noche de San Juan. Los últimos años había saltado la hoguera pidiendo deseos sencillos que, de alguna manera, se le terminaban por cumplir. Así que, ya con los dos pies en el aire y sobrevolando la hoguera, concluyó que, con esa estadística, seria un derroche gastar un deseo en algo que sabes que no se va a cumplir.  

Disponía de poco tiempo hasta el aterrizaje y con la curva de altura ya descendiendo se dió cuenta de que su impulso, esta vez, no había sido suficiente para sobrepasar toda la hoguera y la posibilidad de aterrizar sobre el fuego era cada vez más real. 

Lo tuvo fácil. Cambió todos los besos que no volvería a darle a ella por un aterrizaje en seco. Ese era su nuevo y urgente deseo. 

Aquel cambio debió llegar tarde a los hados del destino encargados de estos menesteres y, muy a su pesar, dió con sus huesos justo al final de la hoguera, con el fuego ardiendo en sus zapatos y parte baja del pantalón. 

Entre la carcajada de los presentes y su propio pánico alcanzó a ver cómo fue ella la primera en abalanzarse sobre sus pantalones en llamas. Los apagó con su manta de un plumazo mientras el chico que iba con ella lo agarraba por las axilas y lo arrastraba separándolo del fuego. 

Entre el susto y la mirada encendida de Julia, con el fuego ardiendo en sus pupilas, se quedó sin palabras mientras ella le presentaba a su hermano, su salvador, y poniéndole su mano detrás del cuello, lo miró a los ojos y le dijo: “no vuelvas a darme estos sustos”… y lo besó. 

Una vez más… deseo concedido. 

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