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El artista canario Félix J. Reyes expone su obra en el Museo Pablo Gargallo de Zaragoza

Todas sus obras tienen su origen en una motivación que ha sacudido su exquisita sensibilidad, pasión del artista que vive todos los avatares del hombre y su circunstancia en cada momento vivencial.

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Félix J. Reyes Arencibia es un escultor nacido en Valleseco (1941). Pueblo lluvioso y humedad ambiental, frío y de verdor constante, de la isla de Gran Canaria (en contrasentido con su denominación). Sus primeros andares en el arte escultórico lo hicieron en los tempraneros 13 años, bajo las directrices pedagógicas del regio escultor Abraham Cárdenes, (a quien los coetáneos de esa época deben muchísimo, por su arte y la pasión inoculada por la escultura), en las Academias Municipales de Las Palmas de Gran Canaria. Posteriormente decide ampliar sus estudios en Madrid, en la Escuela Superior de Bellas Artes.

Obtenido el título acreditativo para impartir clases, se trasladó a la Escuela de Artes y Oficios de la capital riojana.

En Logroño, junto a su mujer, la madrileña Rosa Castellot, también artista de actividad continuada –y profesora de arte de la misma Escuela–, fundan su hogar y estudio-taller definitivamente en 1966. Logroño los acoge como propios hijos de la Rioja, por ello, Reyes es uno de los artistas que cuenta con un buen número de obras escultóricas públicas en las calles, donde tiene instaladas sus creaciones en la capital urbana logroñesa. Merecido fue el reconocimiento hecho por el Gobierno Autónomo de la Rioja, al concederla la máxima distinción en Bellas Artes.  El artista Reyes, de adopción riojana, es una persona que solo su presencia, denota bondad y generosidad, y al hablar con él transmite su bonhomía interna, sin jactancia ni alharacas injustificadas.

Acoge parte de sus obras la colección de arte contemporáneo del magno Museo Würth La Rioja, en el que está representado con obras en los jardines del moderno edificio, con las piezas: Conversación, compuesta de tres bronces que representan a tres féminas en ameno coloquio. Laberinto. Adquirida por este museo. Es una simbología de los gentíos en las riadas humanas que pueblan las grandes ciudades. Todas absorbidas por sus prisas y sus asuntos, se ensimisman en sus corazas individuales, pululan sin tener en cuenta a los ‘otros objetos’ que a su lado caminan en la misma deriva. Ante tanta muchedumbre emergen, incuestionablemente: la soledad, desconfianza, autoprotección y aislamiento del individuo, que en esa masa humana se encuentra inmerso. La gran obra, se conforma en una multitud de imágenes de madera de pino realizadas en talla directa, representando a múltiples personas anónimas, vagantes, sin nombres ni identidades conocidas, y por ello, han sido concebidas por grupos que caminan y se dejan arrastrar por sus diligencias y quehaceres, en la composición general. La idea plástica ha sido la creación por el artista, a partir de un prisma básico, en el que ha modelado analíticamente solo la parte superior, en la que se definen las formas humanoides que dan sentido y concepción a esta original creación escultórica de titánica elaboración.

Hace algunos días ha inaugurado en el Museo zaragozano Pablo Gargallo (del 26 de septiembre al 11 de enero de 2015), una retrospectiva de los últimos cincuenta años de su fecunda labor escultórica. Labor que no ha interrumpido en ningún momento de su agraciada vida dedicada a su gran pasión: la escultura. Esta es su gran excusa para vivir su vida placentera. La muestra recoge una selección de obras, desde las primigenias creaciones en el año 1960 hasta la actualidad. En todo ese dilatado espacio temporal, se denotan las distintas etapas creadoras, estilísticas, expresivas y técnicas, que el escultor ha experimentado. Pero en toda esa lógica evolución y de evidente progreso plástico a través del curtido oficio, ha quedado inmanente su ego sensitivo, el cual no ha sido –ni puede ser alterado–, porque surge de la personalidad interna de su idiolecto estético: mente, corazón y mano; o sea, talento, expresión anímica y oficio. Únicos e inmutables en su propio sentir y que son eternos en su ser.       

A lo largo de estos cinco decenios presentados en la muestra retrospectiva, se subraya que el arte de Reyes, sus propuestas por estar en consonancia con la modernidad, en aptitud y propuestas temáticas –o abstractas, sin temas–. Ese formulismo de encontrarse presto y dispuesto para readaptarse a las nuevas prácticas y lenguajes artísticos de su contemporaneidad, que se denota en el talento del original creador que es Reyes Arencibia, en uno de los principios fundamentales del arte: renovarse constantemente y superar la obra anterior; o bien, encontrar una nueva estética y maneras de hacer renovadas, que supere o mejore la precedente. Por este loable propósito en los planteamientos artísticos, no dudó en abandonar el academicismo en el que fue formado en su primera época de noviciado, adscribiéndose, persuadido en sus preceptos, en la libertad conceptual que ya había sido instaurada en las primeras vanguardias en el viejo París. Los proyectos, en su arte tan personal, habían adquirido nuevos retos expresivos y estéticos, acordes con el vanguardismo que sentía, y del momento vivido.

En ese sapere aude (atrévete a saber) puesto en praxis por Félix J. Reyes fue y es, su constante, como en casi todos de los artistas en general que se exijan asimismo revolucionar sus prácticas artísticas. No obstante, esas variantes evolutivas en sus obras, no quedan al albur de los vaivenes de modas al uso, por una continuidad impostada a ejemplos y tendencias ajenas. Todo su arte es controlado bajo los estrictos criterios de su personalidad estética, de su sentir interno en las expresiones artísticas inapelables.   

Félix J. Reyes es un humanista de pensamiento y obra. Su plectro estético se corresponde con la de un hombre humano, de pensamiento íntegro y compromiso con sus congéneres. Y con ello, ser buena persona, queda inserto también en su plástica. Esa bondad se deduce y queda intrínseca en sus piezas: formas melosas, curvas sinuosas, con texturas aterciopeladas, sin rugosidades estridentes rechazables al tacto ni visualmente. Es más, todas sus piezas carecen de ángulos y agudas aristas cortantes o agresivas. Las curvilíneas son las dominantes. En su conjunto, las formas anatómicas se funden en masas volumétricas que les dan un característico estilo personal, en la que los miembros físicos apenas se definen, quedando envueltos y fundidos en un contiguo corpóreo. En ellas, nos insinúa el escultor algunas formas y volúmenes que nos inducen a saber si se trata de una figura de mujer (como preferentemente representa en sus significados temas) o de hombre.

Las obras de Reyes invitan a ser tocadas, acariciadas sensualmente, a palparlas en sus formas. Porque en general la escultura es un arte para contemplar y tocarlas acariciándolas sensualmente. Es el arte del invidente, que se palpa para conocerla y apreciarla.   

El ser humano ha sido en su dilatado ejercicio escultural en sus fructíferas creaciones su leit motiv, su argumento fundamental, en el que encuentra la estimulación que va a inspirar sus temáticas humanistas y humanas, y por las que expresa las preocupaciones y emociones que la vida le ofrece día a día. El artista desnuda su perceptiva mente en sus creaciones conceptuales. Y desnuda también sus piezas, con la intención de que queden más igualadas entre todas, humanas y sencillas, y en la búsqueda de su pasional anatomía representativa, en la mayoría de sus piezas. Morfología que tanto influyó en su primer periodo formativo, y que asimismo, gusta plasmar al artista por su estética física humana, y que tan bellamente quedan en sus obras). Y junto a estos cuerpos desnudos, con sus sugerentes anatomías, y muy expresivos para el contexto figurado, se argumentan sus mensajes plásticos.

Todas las obras de Félix J. Reyes tienen su origen en una motivación que ha sacudido su exquisita sensibilidad, pasión del artista que vive todos los avatares del hombre y su circunstancia en cada momento vivencial. Éstas, por tanto, no se inician por simple casualidad o mero encuentro, o en la búsqueda de una complaciente estética. Y bajo esa instigación inoculada en su sentimiento, son representadas según sus dialécticas y formas de ver y entender el arte de la escultura y su fruición estética.
Lugar de encuentro y Mi barrio. Está compuesta por varias obras de madera de pino, modeladas en talla directa, ideadas las esculturas en distintas poses: acostadas y en movimientos, sedentes y andantes, en conversatorios o simplemente contemplativas, compendian el número de diecisiete piezas, todas de tamaño natural. Todas las figuras están concebidas en vivaces y dinámicas aptitudes humanas, sencillas y sin portes de poses arrogantes en los subjetivados retratos de sus conciudadanos. Hecho que define la sencillez y nobleza personal del artista, y así representa a sus idealizados hijos putativos escultóricos, carentes de ralea social. Forman en su conjunto, remembranzas de su pasado remoto, de un tiempo de niñez y juventud en su barrio capitalino grancanario. Cada una de las figuras representadas tiene su memoria y nombre de la persona esculpida.
Solidaridad. Es otro de los proyectos nacidos de un triste acontecimiento social, que como a tantos, nos llenó de rabia la demencial crueldad humana. Como artistas debía dejar plasmado este malhecho, denunciar y manifestar así sus iras contenidas a través del arte. El significado de este ingente número de piezas escultóricas lo substancia en la gran manifestación de rechazo y protesta contra los artífices de la barbarie gratuita. La inaudita idea artística tiene su raíz en viejas remembranzas de tiempos pasados de su niñez. Ha sido representada por tres mil piezas en pequeños tamaños y cientos de formas anatómicas humanas y diferentes portes: formas, movimientos, silencios, dolencias, etc. Todas ellas modeladas bajo las directrices del estilo, que es ya patrón en su quehacer artístico y que le define autónomamente en sus creaciones escultóricas. En el contexto expresado, cada una se manifiesta y desfila bajo un paraguas y su individual anatomía dada y su movimiento corporal.
El Camino. Se trata de una figurada referencia a la existencia humana, desde que tiene su natalidad hasta el tiempo de su transir tiene todo `El Camino’ que atravesar. Es una obra a modo de moderna instalación conceptualista, cuyos componentes expresan su proclama: una escalera que sube hacia la existencia vital; una plataforma o alargado plano en forma angulada, que debe ‘caminar’, en el que simboliza el devenir de la subsistencia del ser humano; y culmina, con la bajada por una serie de peldaños, hacia la extinción biológica. En este mensaje Félix J. Reyes, nos quiere recordar la esencia de la vida a través de su dialéctica plástica, de la inevitable caducidad de nuestras regaladas y efímeras vidas, que pronto o tarde, llegará la parca y la transformación de la materia. Aunque siempre nos quedará el arte. En esta representación, el creador-escultor, como hábito en su arte, lo materializa con una serie o grupo de esculturas –ahora de formatos pequeños–, y bajo las características de su madurado estilo. Las figuras han sido talladas en madera y cromadas, y se conjugan con unos hierros acerados que les sirve de soporte al conjunto del medio centenar de piezas humanizadas.

Junto a estas esculturas descritas, se presentan también en el Museo Pablo Gargallo, otras obras de su dilatada confección, en todos los tamaños y materias plásticas, en las que tanto ha elaborado Reyes, que durante ese medio centenar de años de creación y labor directa (que aún continúa en la pasional brega del arte): Soka-tira, Abrazo eterno, Retrato de Rosa Castellot, Dama de Valleseco, Juan, Mujer sentada, Parto, Una vida, etc., etc. Félix J. Reyes, es uno de los artistas de prestigioso reconocimiento en los cenáculos de las artes de vanguardia de nuestro país. De ello, es prueba esta digna muestra.

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