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El error de Cardona

SE REFUERZA EN EL PP; CAE ANTIPÁTICO A LOS DEMÁS

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No es la primera vez que el alcalde de Las Palmas de Gran Canaria se lanza al frondoso mundo de las extravagancias a ofrecerse sin que nadie le haya dado vela en el entierro. O peor aún, a meterse en berenjenales sin tantear primero el terreno que pisa. Lo hizo no hace mucho cuando ofreció la península de La Isleta como enclave para la planta regasificadora que los municipios del Sureste de Gran Canaria no quieren en el puerto de Arinaga por la peligrosidad que entraña una instalación así a tan poca distancia de núcleos poblados. Los isleteros se le echaron encima de inmediato, por no relatar la imposibilidad material de que, por las mismas razones de seguridad, esa planta pueda estar dentro de una ciudad. El alcalde parece muy entusiasmado con el proyecto de acuario que el presidente de la Autoridad Portuaria, Luis Ibarra, ha conseguido para la ciudad en su confluencia con el Puerto, y en medio de ese entusiasmo ya ha creído que comparte competencias dentro del recinto y en las aguas jurisdiccionales. Hay que alegrarse de esa confluencia de criterios y de decisiones, y aplaudir que un acuario de esa categoría sustituya otro ensoñador proyecto del mismo Ayuntamiento que él preside: el de la Gran Marina (Singapur en chiquitito) que quiso impulsar con el éxito de todos conocido la ex alcaldesa Pepa Luzardo, de su mismo partido y, por lo que se ve, aventajada alumna de la misma escuela de ocurrencias. Pero con su innecesario y oportunista ofrecimiento a Repsol, Juan José Cardona va a conseguir un efecto indeseable: que los ciudadanos de Lanzarote y de Fuerteventura, que ya tienen interiorizado un profundo sentimiento de rechazo hacia el centralismo de la isla capitalina, y que en su mayoría son contrarios al petróleo, confirmen sus presagios de que no hay solidaridad para con ellos. Eso sí, Cardona ha quedado como un campeón ante los suyos, que estarán creyéndose ahora mismo que si Repsol instala sus bases en la Luz habrá sido gracias a la audacia de este alcalde. Una de las más celebradas cualidades de un delantero es colocarse delante de la puerta sigilosamente, jugando sin balón, burlando al defensor, y marcar a placer como premio al trabajo previo bien hecho. El oportunismo barato sólo conduce a goles sin gloria.

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