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En un lugar, al suroeste de Europa

Hay millones de quijotes desvalidos con sueños derrocados por tanto fraude de dinero y poder.

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En un lugar, al suroeste de Europa, de tradición pícara y emociones ambivalentes, los ladrones transitan por los cargos de poder con la complaciente autosuficiencia que, ocurra lo ocurra, volverán a ser elegidos, o en todo caso, no serán encarcelados por culpabilidad alguna, a lo sumo, imputados, es decir nada.  En este lugar, de antecedente quijotesco, dichos ladrones son capaces de convencer a la ciudadanía de que esos artificios capitalistas mediante los que se les roba y se les explota democráticamente, en realidad solo son meros molinos con los que se muele el grano con que dar de comer a la ciudadanía, y que de no seguir estos funcionando en la manera que ellos indican, aparecerán los grotescos y enormes gigantes y no habrá caballero andante que pueda derrotarlos.   

En un lugar, al suroeste de Europa, hay cientos de miles de Sanchos Panza que quedan anulados con sonrisas bobas por ínsulas prometidas, títeres de promesas que nunca se cumplirán, espejismos de horizontes inalcanzables que los ladrones que gobiernan se ocupan en prorrogar una y otra vez, o modificar en función de su propio interés.  Y también hay curas y amas y sobrinas y barberos y venteros, y todos sacan provecho, y dictan que es lo correcto o no correcto; y también hay cientos de millones de quijotes desvalidos con sueños derrocados por tanto fraude de dinero y poder, tanta mentira desde tanto púlpito televisado.

En un lugar, al suroeste de Europa, en el que se practica el teatro del absurdo, se exhibe una comedia donde los ladrones durante toda la función desfilan por el escenario jactándose de tener llenos sus bolsillos a costa de robar el dinero a los ciudadanos, y frente a ellos, el público, ciudadanos también, no paran de aplaudirlos y vitorearlos.   Y luego de horas en tanta excéntrica repetición y tanto aplauso y tanta penosa exhibición, el público, inconsciente de que sus bolsillos van vaciándose y el tiempo cada vez más hipotecado en satisfacer con aplausos a tan grotescos actores, acabarán por volver mañana, hipotecar más tiempo, concebir más aplausos, dejarse vaciar más los bolsillos.

De este lugar, al suroeste de Europa, a veces dan ganas de salirse, desocupar tanta mentira y tanta ridiculez, dejar a ese público cegato y títere bajo la seducción de tanto ladrón que prolifera por el escenario.

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