Tarea para el verano

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Se acerca agosto y es tiempo de tomarse algún descanso. La primera máxima es que, para descansar, primero tienes que mostrar cansancio. Cumplido ese requisito, sigamos. El no tener que hacer nada, no significa que no hagamos nada. No es sinónimo de pasividad, donde aburrirse ya es algo y disfrutar de dicho aburrimiento merece, muchas veces, la pena. Tengamos en cuenta que, dispongas o no una ocupación permanente, la exigencia diaria te imprime un ritmo que no siempre se puede soportar. Es por esa razón por la que, en algún momento de nuestra existencia, debemos parar y respirar profundamente. Tomemos en consideración que la respiración es un trabajo muscular intenso por lo que, aparte de ganar tiempo para procesar la situación, ayuda a reducir la sensación de ahogo.

Pero más allá de llevar a cabo una función corporal inusual, ya que es a la vez involuntaria y voluntaria, debido a que la respiración se gestiona en el inconsciente, pero conscientemente podemos cambiar su frecuencia y modo, debemos generar en nuestro día a día cosas diferentes de las que usualmente hacemos. Por ejemplo, no ensimismarse en los problemas aferrándonos a un patrón repleto de insatisfacciones. Si hay algo que no te gusta, mejor no intentar cambiar la consecuencia, sino modificar la causa, no pensando que es un castigo. Más bien hay que asumir que es un merecimiento porque estar durante un periodo de tiempo prolongado en una actitud desafiante genera desgaste y, como decía Ortega y Gasset, todo esfuerzo inútil conduce a la melancolía.

Pero sigamos hablando del descanso. Este debe ser el adecuado, no tanto para rebobinar situaciones experimentadas con anterioridad, sino para aprender cómo no hacerlo la próxima vez, o cómo repetirlo con más intensidad en un futuro. Será de esta forma donde la motivación no se mezcle con la confusión. Tengamos en cuenta que la importancia del reposo es paralela a la de la activación porque una descompensación solo conduce a un agudo desgaste, con las consiguientes sensaciones negativas adscritas a este a través del desequilibrio entre esfuerzo y reposo. Cuando tenemos atascos en la fluidez del pensamiento, nuestra fuerza de voluntad está en entredicho, la imaginación ya no es lo que era o la concentración tiene menos duración que un parpadeo, es momento de parar. ¿Y cuál sería el remedio? Pues reír, bailar, cantar, leer y soñar. Soñar mucho. Estas indicaciones deberían estar bajo prescripción médica, con una posología adecuada para evitar que los excesos, aunque sea provenientes de bondades, se conviertan en algo perjudicial.

Cuando se tiene una sensación de tener la batería a punto de agotarse, el descanso es necesario y la hormona del crecimiento pasa a primer plano, eliminando células viejas a través de su reemplazo. De esa forma se previenen consecuencias negativas, que pueden impedir hacer bien nuestras tareas, desde las cotidianas a las más complejas, admitiendo que es un asunto muy personal, aunque los rasgos comunes a todas las actividades que descansan son que producen relax y proporcionan disfrute. 

Si lo que deseamos es hacer más y mejor, hay que tomar aliento. Esta crisis es una carrera de fondo, no un sprint. Necesitamos mucha capacidad de resistencia aeróbica combinada con fuerza anaeróbica. Además, cuando se está, pero no se es, mejor recordar el poema de María Elena Walsh, Viento Sur, de la mano de la música del compositor argentino Lito Vitale, “No hay túnel que dure cien años, mi vida…” a lo que se le podría añadir como cosecha propia “…ni cuerpo que lo resista.”

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