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Cien años de la muerte de Galdós, genio de la creación literaria

Dibujo de Galdós yaciente, realizado por el escultor Victorio Macho

Dibujo de Galdós yaciente, realizado por el escultor Victorio Macho

Antes del alba del día 4 de enero de 1920, cuando aún eran las 3:30 del comienzo  aquella nueva jornada, el cuerpo de Don Benito herido de muerte por la enfermedad de la uremia y otras patologías, agonizaba en su lecho de expiración hasta su muerte. Contaba con una edad de 76 años, e indudablemente, de haber tenido la dicha de desarrollar una existencia plena de gozos por disfrutar de las artes de la escritura por él concebidas que tanto deseó, y para la que tuvo el privilegio de nacer dotado (como también lo estuvo para las artes plásticas, otra de las virtudes conque nació). Junto al lecho obituario presenciaron el amargo tránsito su hija María y su esposo, su hermana, su sobrino José Hurtado de Mendoza, su médico de cabecera Gregorio Marañón, y su dilecto amigo y último ayudante, el escritor grancanario Rafael Mesa y López. Más otros de los amigos intelectuales que querían al noble escritor canario, quienes esperaban el triste desenlace.     

Días antes del fallecimiento del ilustre inventor de fábulas que las transmitió por la escritura impresa, se acercó a la vivienda de la calle Hilarión Eslava, 5, en el madrileño barrio de Argüelles, el cura párroco de aquel distrito para ofrecerle el sacramento de la confesión y decir una misa por su alma en su propio aposento. Hecho al que se negaron él y su sobrino, según relató Rafael Mesa. Su hija María, no obstante, le sugirió encarecidamente que se confesara, por precaución y debido las agónicas dolencias que padecía su delicada salud. Ante esta insistente petición contestó Don Benito -aún con un halo de vida y cordura-, señalando al Cristo del crucifijo de color negro que colgaba sobre la cabecera de su cama: “¡Este es mi único confesor; con él confesaré, con él me estoy confesando hace tiempo!” 

Informada la triste noticia a sus inseparables amigos de admiración y tertulias, Ramón Pérez de Ayala, los hermanos Álvarez Quintero, el escultor y dilecto amigo Victorio Macho, Emiliano Ramírez Ángel, Leopoldo Alas Clarín, su afectiva amiga Emilia Pardo Bazán, etc.; a los medios de comunicación y a los representantes de la sociedad política. Presto acudieron a la casa mortuoria varios personajes, el ministro de Instrucción Pública, el político catalán Alejandro Lerroux, etc. Y mediante la llamada expresa del citado médico y amigo de Galdós -en mutua admiración- Gregorio Marañón (como lo había sido su padre, también galeno), lo hizo exprofeso a varios artistas escultores para que le confeccionaran una mascarilla de su rostro indolente en cuerpo presente. Entre ellos, su entrañable amigo el escultor Victorio Macho, quien llamaba cariñosamente “abuelo” a Galdós, del que hizo un magistral retrato de su cabeza postrada sobre la almohada del lecho mortuorio; además de otros artistas escultores. 

Cabeza de Galdós. Escultura en bronce. Autor: Teo Mesa

Cabeza de Galdós. Escultura en bronce. Autor: Teo Mesa

El cuerpo del finado literato quedó instalado, desde la mañana del día 4 en el Patio de Cristales del Ayuntamiento de Madrid. A rendirle su último afecto y devota admiración al que fuera muy destacado escritor, noble, honesto y defensor de las causas perdidas de la sociedad marginada; y un elocuente historiador, mediante sus novelas de ficción e historia de España, acudieron, se cuenta, unas 30.000 personas. Los teatros no ofrecieron función esa noche en duelo y homenaje a uno de sus mentores de las tablas escénicas. La prensa escrita de Madrid, de toda España y de su isla natal publicaron semblanzas biográficas. 

El día 5 el cortejo del féretro estaba presidido por la guardia municipal que con el uniforme de gala rodeaba todo el ataúd, y este iba cubierto con una enorme bandera española que lo cubría en su casi totalidad. Asistieron en representación de sus respectivos organismos, Centros Universitarios, Academia de la Lengua, Ateneo de Madrid, intelectuales y amigos personales. El Senado celebró una sesión extraordinaria para mostrar sus condolencias por el que fuera diputado por Madrid en 1907, y por Las Palmas en 1914, en ambos plebiscito por el partido republicano; y por el ilustre escritor de talla nacional. No hubo representación oficial. El sepelio fue costeado por el Estado, ante las carencias económicas de pobreza en la que vivió el maestro escritor en sus últimos años. Fue sepultado, por expreso deseo del finado, en el panteón familiar del cementerio de La Almudena en un modesto sepulcro.

En los paisanos de su ciudad natal y de la isla se esperaba la dolorida noticia de la pronta parca, debido al agravamiento de su salud. La polifacética Josefina de la Torre publicó un afligido poema A Don Benito, escrito el mismo día que murió. El poeta modernista Rafael Romero, Alonso Quesada, manifiesta su tristeza con El duelo de la ciudad natal, publicado en Barcelona el día 8 de febrero. "El recuerdo de Galdós ha pasado sobre la ciudad, tristemente. Es día de Reyes. Los Reyes nos trajeron este dolor, pero luego todo fue silencio indiferente. El dolor duró lo que dura la alegría de los niños este día pastoral".

La Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, en sesión pública del 4 de enero de 1920, manifiesta sus condolencias. A continuación el propio presidente propone que se levante la sesión en señal de duelo, hace que se le remita un telegrama al señor Alvarado, presidente efectivo de la Diputación en Madrid, para que represente a la sociedad en el entierro; y otro telegrama, igualmente a don Salvador Manrique de Lara para que en nombre de este ente social y cultural adquiera una corona para ser colocada en el féretro.

El Gabinete Literario reúne a su junta directiva en sesión extraordinaria para expresar sus pesares y quiere estar representado en el sepelio por Jerónimo Megías (médico canario en Madrid), y hacerlo presente con una corona en honor del admirado escritor y conterráneo, y socio de mérito. Hace extensible su pésame a la familia enviando un telegrama al mencionado sobrino.

La Junta Directiva de la Sociedad Fomento y Turismo de Las Palmas de Gran Canaria se reunió el día 7 de enero en sesión extraordinaria bajo la presidencia don Carlos Navarro Ruiz, y en ella figuraba entre otros, el poeta modernista Tomás Morales (que conoció y tuvo amistad con Galdós en su casa de Madrid. Después de unas palabras de afecto sentimiento por el significado escritor, en uno de los acuerdos adoptados figura en el 5º: “Impulsar la idea de que se le erija un monumento a la mayor brevedad, dentro de este año, si fuese posible.” Escultura que ideó y realizó Victorio Macho y se inauguró diez años más tarde, en 1930.

El grupo teatral Los Doce de la capital grancanaria le encargó a los hermanos Álvarez Quintero la representación de este grupo en el entierro. De este recibió un acuse de recibo el día 6: “Muy honrado con la representación de esa sociedad en el entierro del inolvidable  Galdós, significamos a su familia el gran sentimiento de Vdes. y les enviamos cordiales gracias en nombre de ella y en el nuestro. Gloria perdurable al español insigne.” Álvarez Quintero. 

El Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria fue informado por el escritor Rafael Mesa. Este organismo envía un telegrama que expone: “La Ciudad reclama el cadáver de Galdós. Hable con Matos, represente especialmente en entierro la ciudad de Las Palmas y si aquél no puede, que se ponga de acuerdo para que vean la personalidad que la represente. Ponga una corona de flores con dedicatoria que diga: Al ilustre Galdós, Las Palmas su ciudad natal”.   

El primer edil del consistorio de la ciudad expresó: “Don Benito Pérez Galdós, el maestro Galdós, el insigne escritor, el canario eminente y extraordinario ha desaparecido del mundo de los vivos. Pero su espíritu superior, libre ya de la materia corpórea, vivirá eternamente, no sólo entre las generaciones de literatos y de hombres cultos que gustaron de la cálida emoción de sus páginas inmortales, sino también, en esta tierra de Las Palmas, su cuna, y en este pueblo que le ha admirado y respetado como una de sus más legítimas y grandes glorias. Descolló en España y en el mundo entero, y fue como la palmera isleña que sobresale magnífica sobre todas las frondosidades de la tierra. La Nación está de duelo; lo está, principalmente, esta Ciudad, por la muerte del glorioso Maestro”.  

El Cabildo de Gran Canaria, por su presidente, articula sentidos elogios ensalzando las grandes dotes del genial escritor, en un imborrable recuerdo a la memoria del sempiterno escritor canario hace constar que: “El dolor de Gran Canaria, su patria natal, lo comparten todos los pueblos que hablan la lengua castellana asegurando que no sólo pertenece a la nación española sino también a toda la raza, y con su muerte adquirirá más relieve la figura de Don Benito, teniendo reservado en la literatura un lugar preferente con Lope de Vega, Calderón y Cervantes; sus novelas han sido un gran estímulo patriótico y sus dramas han conmovido a la sociedad entera. El Cabildo debe condolerse, orgullecido, por haber sido un canario quien puso tan alto el nombre de Las Palmas”. 

El ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife hace ondear la bandera del ayuntamiento a media asta durante todo el día 4. Y emite un telegrama al diputado tinerfeño en las Cortes, Félix Benítez de Lugo, para que actúe en su representación: “Ruégole encarecidamente que en nombre de esta Alcaldía y del Ayuntamiento dé el pésame a la familia del insigne novelista Hijo de Canarias Benito Pérez Galdós haciéndole presente lo mucho que en este país se ha sentido su muerte. Encarézcole también que con igual representación concurra a su entierro”.

Con la muerte del escritor canario (que ya lo habían asesinado anteriormente una parte intolerante de la sociedad, en la que fue defenestrado hasta cuasi antes de la década de los sesenta del pasado siglo, quienes incluso, fueron tan  ladinos y perversos que hicieron lo indecible para que no se le otorgara el Premio Nobel), se ponía el epílogo a otro de las grandes maestros escritores de la lengua española. En las dogmáticas palabras escritas de Antonio Machado en su admiración a la obra del escritor, se resume: “No es solo Galdós el más fecundo de los novelistas españoles, es además el más fuerte, el más creador, el más original entre los maestros de su tiempo”. 

El escritor, que se haría en su fecunda madurez en Madrid, tuvo su natalidad en Las Palmas de Gran Canaria (1843), y en esta urbe se fraguó su personalidad, su mente, su cultura básica, costumbrismo social isleño, y desde la misma isla -y en plena juventud- ya se planteó su futuro en la intelectualidad de las letras. Ese sería su apreciable devenir forjado en su espíritu para las artes literarias hasta entrado en los 18 años (1862), en que partió en barco -en los que se mareaba malsanamente- en la larga travesía oceánica de tres días de navegación hasta llegar a Cádiz. 

En la complaciente gran ciudad descubrió el joven Benito un inesperado nuevo mundo para un lozano mozo que procedía de una isla periférica, anclada en el Atlántico, de espaldas aún al mundo de la evolutiva cultura, las formas de vivir en la modernidad, las gentes y la novedosa industria de aquel tiempo. Aquella gran capital, con todas sus virtudes y carencias, constituyó para el neófito provinciano llegado de ultramar, su gran musa, la cual sería aderezada con los dones de la sensibilidad artística de su privativa singularidad y el diferencial talento de los genios.

Después de las primeras incursiones periodísticas en la prensa El Ómnibus de Las Palmas, con su columna satírica Mi criado Bartolo y yo, continuó en Madrid en el rotativo La Nación, Revista de España, El Debate, La Prensa (Buenos Aires) en los cuales desarrolló críticas artísticas: plástica y música, y artículos variados y políticos. El vivir en la capital del reino deambulando por todo el Madrid de su época, fueron la inspiración que necesitaba para dar fundamento escrito a sus obras novelísticas (31 piezas), teatrales (25 títulos), cuentos (24 leyendas) y los Episodios Nacionales (46 tomos). Comenzó su primera novela La Fontana de Oro (1870), con gran éxito de crítica -y dinero prestado para su publicación por una familiar-; la primera obra teatral Quien mal hace bien no espere (1861); y el primer Episodio Nacionales, con el magno Trafalgar, en 1873.  

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