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México en el corazón

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Como las noticias son peores cada día, como las previsiones son cada vez más catastróficas, como la policía ha vuelto a dar leña como en los tiempos del Invicto, como los señores de la banca no quieren bajarse los sueldos ni tampoco aceptar la dación en pago de los pobres diablos que les han entregado el piso y encima tendrán que seguir pagando la hipoteca, a lo mejor todos podríamos hacernos el harakiri. Pero algunos nos negaremos.

Dado que colaboro en periódicos digitales de México, he conseguido que mi blog literario sea casi más seguido allá que acá. Solo una vez estuve en ese gran país, tenía 22 años y era el prodigioso viaje fin de carrera para mi promoción de periodismo. Venezuela, México y Nueva York, en 1972. Recorrí la capital federal de la mano de buenos republicanos que todavía soñaban con la milagrosa caída de Franco, admiré los museos donde el dios Tlaloc seguía propiciando la lluvia, recorrí el paseo de la Reforma, me extasié ante los mármoles del Palacio de Bellas Artes. Y las pirámides de Teotihuacán, y la nobleza de aquella buena gente, pobre pero orgullosa. He visitado más de 40 países, pero en pocos sitios he visto tanta belleza como en aquel país turbulento y hermoso.

América Latina me sigue mostrando sus venas abiertas, las catástrofes cotidianas, las prisiones en llamas, los asesinatos de mujeres en la frontera norte de México, el arriesgado cruce de los hambrientos que aspiran a llegar al norte, los secuestros y los ajusticiamientos en medio de la calle, el narcopoder y las corrupciones cotidianas. Europa se hunde porque algunos aspiran a seguir sacando tajada de la desgracia de las mayorías, América Latina se debate en sus convulsiones. ¿Y el nuevo orden mundial que refunde un capitalismo de rostro humano, para cuándo? ¿Acaso lo traerá el señor Obama si lo reeligen en noviembre?

Cada vez que contemplo las desgracias de México recuerdo aquella frase: qué desgracia estar tan cerca de Estados Unidos y tan lejos de Dios. Y, sin embargo, tenemos que ponernos en pie y luchar contra los molinos igual que hizo el loco Don Quijote.

Luis León Barreto

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