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Muchas gracias, Señor Presidente

En 1981, yo tenía quince años y a punto estuve de perder la oportunidad de vivir en un país con una democracia tan particular, pero democracia, al fin y al cabo, que recién estrenábamos.

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En 1981, yo tenía quince años y a punto estuve de perder la oportunidad de vivir en un país con una democracia tan particular, pero democracia, al fin y al cabo, que recién estrenábamos. En febrero de ese mismo año, un grupo de tarados-salvapatrias asaltó el Congreso de los Diputados, queriéndonos salvar de una amenaza que solo existía en sus anquilosadas y podridas mentes.

Recuerdo que aquel día, cuando regresé del colegio, vi en la única cadena de televisión que, por aquel entonces, emitía en nuestro país, las imágenes de unos rebeldes uniformados que intentaban en balde derribar al Teniente General Manuel Gutiérrez Mellado. En medio de aquella dantesca escena me sorprendió ver al, hasta ese momento, Presidente del Gobierno, Adolfo Suárez González, increpando a aquella banda de descerebrados, los cuales estuvieron en un tris de descerrajarle dos tiros, algo que a buen seguro también quisieron hacer con el Teniente General.

Aquella imagen, la de un político capaz de colocarse de frente y sin nada que lo protegiera ante la demencia, y las balas, de quienes tanto daño han hecho a nuestro país, aún hoy permanece indeleble en mi mente, al igual que todos aquellos duros y, casi diría, tragicómicos momentos.

Con el paso de los años, y mi querencia hacia cualquier tema relacionado con la historia contemporánea, me fui dando cuenta de cuán enorme era la deuda que mi generación tenía para con Adolfo Suárez, quien fue capaz de olvidar las tan cacareadas dos Españas y logró que todo el mundo se sentara en una mesa a dialogar.

Lejos quedan aquellos momentos en donde personas de ideologías antagónicas cerraban pactos, buscaban uniones y enterraban hachas de guerra centenarias, con tal de abrir la puerta a la modernidad.

Sin embargo, el consenso que definió los primeros años de la democracia se convirtió en una suerte de acoso y derribo para quien, unos años antes, había logrado que quienes habían vivido en la clandestinidad pudieran expresarse libremente.

Tras lograr cercenar una carrera política que siempre funcionó mejor en situaciones límite que en el día a día, los muchos detractores del hasta entonces Presidente del Gobierno se frotaron las manos pensando que su tiempo había llegado y a lo pasado, tabula rasa.

No obstante, los años han acabado por dejar claro que sin la aportación, el trabajo, y la capacidad de consenso demostrada por Adolfo Suárez, hoy en día los hooligans que tenemos en política hubieran terminado sus días cultivando nabos, en vez de estar soltando grandes palabros en el Parlamento español.

Ahora, y como suele ser habitual, es muy fácil rasgarse las vestiduras y decir que Adolfo Suárez González fue un gran hombre y un personaje capital en la Transición Española, eso sí, con la boca pequeña. Otra cosa muy distinta es aceptar de los mismos que lo lapidaron, políticamente hablando, esa retórica, vacía, torticera, mentirosa e hipócrita. Mejor que quienes le hicieron la vida imposible se callen, no muestren su semblante miserable y nos dejen a los demás recordar a Adolfo Suárez González como se merece.

Ya sé que mi país es un país de mierda. Aunque mejor diría que es un país de mierdas, que aúpa a todos los miserables, a todos esos hooligans de tercera categoría que responden como perros de Pavlov ante los dictados de los inmovilistas de siempre. Aún así, hay momentos en los que prefiero quedarme con mis buenos recuerdos y agradecer a una persona lo que hizo por todos nosotros.

¡Muchas gracias, Señor Presidente!

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