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La tela de araña de la Justicia

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Por mucho que se esfuerce la nueva juez, por mucho que se esfuerce la Fiscalía , lo más probable es que la instrucción del caso Unión, en el mejor de los casos, se eternice. Son 30.000 folios con decenas de tramas sin apenas nexo común. El caso, efectivamente, se va a ir diluyendo. La petición de condena, para los que lleguen a juicio, será menor, por dilación indebida.

Algunos de los imputados probablemente sean inocentes, otros no lo serán pero será muy difícil probar su culpabilidad, otros ya han confesado y otros estarán dando gracias de que sólo se les haya cogido por una minucia después de una vida entera dedicada a la honorabilidad distraída. Muchos culpables, que se han estado aprovechando del dinero público y de su posición privilegiada en la sociedad para hacer negocios, y que están acostumbrados a hacer, simple y llanamente, lo que les da la gana sin que nadie les tosa, no van a tardar en sacar pecho y acabarán apareciendo como víctimas de una Guardia Civil teledirigida, una Fiscalía al servicio del poder, de un juez caprichoso o de una justicia politizada. Pues sí, claro que la justicia está politizada. Algunos de ellos lo saben de primera mano.

La Administración de Justicia debe dar garantías a los acusados para que se puedan defender, pero también protección a las víctimas, y en este caso la parte más débil es el interés general. Estamos hablando de delitos dentro de la Administración pública, y el Poder Judicial ha puesto, hasta la fecha, más excusas que interés, para aportar todos los medios que se merece una investigación de este calado, con el juez anterior o con el que sea.

El magistrado del Tribunal Supremo, José Antonio Martín Pallín, compara la Justicia con una tela de araña, que atrapa a las moscas pero deja pasar a los elefantes. Desde que empezó la operación Unión y cuando se fue conociendo la basura que refleja el sumario, las moscas y mosquitos de Lanzarote y de Canarias, las que no están ebrias de autocomplacencia, están escandalizadas y ven una oportunidad de que se ponga freno de algún modo a la corrupción generalizada, que algunos paguen por ello y que disuada los que vengan detrás. A los elefantes sólo se les ha escuchado hacer ruido, quejarse de desproporción en las detenciones, del uso del helicóptero, de una denuncia política, de una persecución, del daño a la imagen? Ante la imposibilidad de alegar que todo es una invención, que la basura no es basura, se opta por alzar la voz para reconocer que, si vivimos en un vertedero, todos contribuimos a echar mierda. Y que siga la fiesta, como si acabar con la corrupción sólo fuera competencia de la Justicia.

Cada uno va dejando caer sus migajas: unos aportan su silencio cómplice y su apatía; otros denuncian al denunciante; otros ponen zancadillas al juez y a la investigación; otros berrean contra los que hacen su trabajo; otros, a veces los mismos, con la misión de denunciar públicamente, callan o manipulan por cobardía, por dinero, por mantener su posición o por puro odio; otros intercambian acuerdos por favores políticos y muchos miran y se tapan la nariz. Y todos satisfechos porque su montón de basura es más pequeño, está más compacto o no huele tan mal como el del vecino.

*Periodista

Artículo publicado en Diario de Lanzarote

Saúl García*

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