ENRALE
Chupitos con el crítico literario
ENRALE
04.12.2025. Vicisitudes del archivo: la conversación se interrumpe, faltan cartas, hay palabras ilegibles que, de repente, por la tensión dramática de lo que se dicen entre ellos, se vuelven puntos ciegos que demandan una intervención restauradora. Y he aquí que ocurre una de las prestaciones que hacen de esta edición de Miguel Pérez Alvarado del epistolario de Alonso Quesada y Luis Doreste Silva (Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 2025) algo más original y fascinante que un simple inventario documental para historiadores. Me refiero a su intervención en los silencios del archivo, la interpolación de una voz que no es la del editor y tampoco la de los corresponsales, sino una que habla desde los márgenes de la transcripción y la anotación, voz que restaura y traduce, es decir, que produce un texto nuevo, vuelto hacia sí mismo con una tensión irónica. ¿No comparten procedimiento esta forma de intervenir y la de Cairasco en su traducción de la Jerusalén liberada de Tasso? Es curioso que en ambos casos, la intervención se haga desde el lugar donde se instalan y funcionan los dispositivos de la anotación, la transcripción y la traducción. De algún modo, ambas intervenciones cuestionan el sujeto y el espacio de la enunciación literaria. ¿Tienen sujeto las notas? ¿Quién habla en la traducción? ¿De quién es la voz que reemplaza lo ilegible por lo recreado? En la tensión entre el archivo y sus márgenes, ¿desde qué lado se configura el sentido del documento? Quizá sea esta una de las formas que la literatura canaria tiene de hacer su diferencia; mediante las tecnologías textuales (la nota, la digresión, el anexo, la interpolación, la traducción) que desmitifican las nociones de sujeto y centro inherentes a la tradición.
09.12.2025. Cierta crítica literaria en Canarias me recuerda a esos parientes mayores que esconden la botella de moscatel y el surtido cuétara bajo llave. Todo lo raciona este pariente educado en la escasez, al que uno visita por compromiso. Su saber es un secreto guardado en un aparador. Aunque lo que sabe quizá no merezca tanto celo. O tal vez el celo sea su saber. O tal vez en el reparto de lo sensible le tocó un bonito aparador con llave. Es una crítica que no critica nada, a la que asustan la polémica y destrozar los libros. En vez de sancocharlos como si fueran bebés, según el primer punto del decálogo de Benjamin, los plastifica antes del primer día de clase, los lee con una atención ardiente y metida para adentro, una concentración de cabalista, como al bisbisear por primera vez el impronunciable nombre de Yahvé en hebreo. Luego el crítico canario los guarda en el aparador mitológico, junto al vino perretoso y los bollos que añurgan. Para este crítico, la literatura canaria ha estado siempre relajada, retozando en un lugar ameno, gozando, como Dácil, del alegre sitio y de su capitanía consorte. No hay antagonismo, ni trauma, ni historia, ni ideología. Solo mitos anfibios que van tan ricamente por el Atlántico y por Europa deseando que les pregunten en alguna parte la contraseña. Como dijo Nicanor Parra, así pasa la gloria del mundo, sin gloria, sin mundo, sin un miserable sándwich de mortadela. La unidad de medida de esta crítica literaria es el chupito sobre una mesa rústica cubierta de hule. Si ha estudiado un archivo, te lo da a catar y corre a echar el fechillo. Si llega el primero a un corpus, le cuesta hasta ponerte una tapa de chochos y un botellín. Si encuentra un inédito, lo esconde en cachos por la casa. En su glosa hay una oscuridad fatalista. Más que desmontar el texto, te lo resume con sombras chinescas. Antes que soltar a los perros del lenguaje, el crítico los arrulla en la mitología de un paisajismo para senderistas federados. Se masca en el aire cuando estamos frente a frente, sentados en la mesa de hule, qué tú preferirías estar en otra parte y el crítico preferiría que no hubieses venido, oh Bartleby, oh humanidad.
10.12.2025. En un ensayo sobre el secreto (“Callaban las cosas en tanto secreto”, incluido en Canariedades, Tamaimos, 2023), Pablo Estévez describe el malgareo, una tradición que se seguía El Hierro y consistía en que vecinos de un pueblo, escondidos en las cumbres, pregonaban con voz de falsete los secretos de una persona, después de sacrificar un animal “cuyas partes ofrecían junto con los secretos revelados”, en un “rito ruidoso, carnavalesco” que “constituía a los jóvenes como defensores de los valores de la comunidad”. Lo más extraño es que la revelación del secreto, pregonado a los cuatro vientos, no alteraba el orden social, “como si el secreto no dejara de funcionar al ser revelado”. Y se pregunta: “¿Qué puede significar un conocimiento que niega el conocimiento?”. Esta resistencia del secreto se ejemplifica incluso en un ilustrado como Viera. Su burla de los mitos anteriores a su ciencia desencadena una nueva acometida del secreto, que sale reforzado de su propio sacrificio: Viera y Clavijo, ahora, “mitificando a unos guanches cuasi divinos, aún más misteriosos” que los de las crónicas. “Y así la Ilustración no puede nunca finalizar su misión: la modernidad nunca es alcanzada”.
15.12.2025. Leo lo que acabo de escribir y me suena por dentro a la voz de otro. Me da mucho asco, porque ese otro no es mío, aunque lo conozco. Leerme con su voz hace que todo adquiera su sello. Es asqueroso, ya no puedo leer mentalmente este párrafo sin escuchar al otro leyéndolo. De todas las voces que podían leerme, que sea precisamente la suya es lo más repulsivo de todo. Claro que quiero una voz mental cuando leo lo que escribo. ¿Quién no? Te lees a ti mismo para escucharla: una voz mental neutra, como si fueras tu lector del futuro leyéndote, como si lo sorprendieras en un aeropuerto o en algún otro lugar neutro del futuro leyendo lo que acabas de escribir, un lector o lectora de la posteridad esperando a embarcar, que levanta la cabeza, se quita las gafas (tu lector del futuro tiene presbicia y una catarata incipiente) y pierde la mirada más allá de las pistas, más allá de la tienda duty free y del Burger King. A menudo pienso en ese lector mío leyéndome esto ahora mismo tan póstumamente. Tenemos nuestros ratos de intimidad en el multiverso. Le dejo leer con su voz lo que acabo de escribir. Me doy la primicia de su lectura de mí, de su voz leyéndome. Como cuando levantamos la sábana para escuchar y oler en primicia lo flatulento. Uno se escucha y se huele con parsimonia. Uno no se enfada con lo podrido por dentro. Lo que a uno le encochina es encontrarse al otro bajo la sábana. Tropezártelo ahí, asqueado de leer esto tan suyo con mi voz. ¿Ves? Yo jamás lo diría así.
17.12.2025. Un texto que nunca acabas de escribir. Uno que, a medida que lo escribes, te lleva a desvíos que son como agujeros de gusano que se tragan la luz y te transportan a un nuevo comienzo. Uno en el que cada palabra necesita una nota a pie de página para tener sentido. En el que cada nota lleva a otras notas aclaratorias, en una ramificación infinita de un árbol que no tuviera tronco ni raíz. Uno en el que no hay hilo, ni principio, ni final, en el que todo son notas de notas. Un texto incapaz de la primera palabra y de la última. Uno que comienza en sus márgenes y en sus afueras, en otro texto, del que es una simple glosa. Uno en blanco.
19.12.2025. “Si se usaba el papel de calco correctamente, se obtenían dos copias del mismo documento. La hoja blanca de arriba tenía la caligrafía y la tinta original, la hoja blanca de abajo era una copia de todos los trazos y puntos. En lo que no había reparado en aquella época es que en el papel negro había una tercera copia de todo lo que se había escrito. El papel negro estaba marcado con la caligrafía original. Negro sobre negro, pleno de significado, pero conformado por la ausencia. El papel negro era un registro fantasmal. Negro sobre negro, secretamente sensible” (Teju Cole, Papel negro. Escribir en tiempos de oscuridad, Acantilado, 2025).