'Reguetón', el prontuario vitalista de Luis León Barreto

«Nos gusta habitar en un mundo de quimeras

y así las utopías satisfacen nuestras aspiraciones».

I

Hay obras que requieren de toda una vida para ser compuestas. No hablo de libros que se han aplazado durante años por vaya uno a saber qué razones personales o profesionales de sus autores, sino de títulos que, para que adquieran la consistencia conceptual, estilística y retórica necesarias, precisan de unas condiciones que solo se pueden obtener después de haberse recorrido una larga trayectoria vital y creativa. Este es el caso de Reguetón (Mercurio Editorial, 2024); una novela que, desde su mismo enunciado, acoge con intensidad el hondo significado de la locución latina carpe diem (aprovecha el día), presente en tantas manifestaciones artísticas y literarias de Occidente desde su aparición en las Odas (I a. C.) de Horacio y referente principal de unas páginas que nos invitan a celebrar la vida —como se lee al comienzo y al final de la historia—; a sacar provecho de todos y cada uno de los instantes que dan color a nuestra existencia y que logran mitigar, aunque solo sea en parte, la espesura de las sombras que nos cubren diariamente en forma de tristeza, desdicha, incomodidades e incertidumbres: “Anímate, pues; y aunque no estés contento, lo importante es disimularlo”, nos llegará a decir el narrador. 

Reguetón, que toma del género musical la habitual actitud desenfadada y desinhibida que ofrece el estilo, es una revisión honesta, humilde, sin dogmatismos ni asperezas, de lo que son y de lo que, a juicio de la voz narrativa, deberían ser las prioridades en nuestros días. De tal manera es esto así que, se mire por donde se mire, esta larga reflexión sobre la actualidad y los acontecimientos condicionantes adquiere, a medida que se lee la obra, las formas de un grato recetario sobre cómo intentar alcanzar la felicidad, entendida como un modo de estar de acuerdo a lo que la situación personal demanda en función de las circunstancias; o, para ser más precisos y acordes a lo que señala el personaje de Anna Vilà, quizás sería más coherente utilizar la palabra “bienestar”, un vocablo que ella considera menos pretenciosa. Por eso reitera el narrador que no basta con sobrevivir, sino que hay que hacerlo en condiciones.

La novela, con esta dirección, se erige como un vademécum donde se recogen impresiones sobre la vida, pautas para analizarla y sopesar las decisiones más adecuadas para hacerla llevadera. No hay una voluntad de exigencia o mandato, sino de planteamiento y cesión a los lectores, como no puede ser de otro modo, para que sean ellos quienes opten por aquello más ajustado a su manera de interpretar el mundo. Se prescinde del dogmatismo y se opta por un muestrario de observaciones y reflexiones que promueven el debate. En este sentido, ¡qué gran novela para llevar a un club de lectura!

II

Para lograr el propósito divulgativo que, en el fondo del fondo, sostiene la voluntad compositiva del autor, este se vale de tres elementos fundamentales: el estilo narrativo, la estructura y los personajes. Quienes se acerquen a la obra detectarán con facilidad las formas que constituyen el primero: oraciones sencillas y claras, búsqueda de la precisión en la exposición de cada cuestión particular que aborda, disposición de la información de manera que sea asequible el acceso a los diversos temas que propone la voz narrativa, reiteración de asuntos y fórmulas expresivas en los capítulos que sirve para cohesionar los contenidos; desenfado en el tratamiento de los temas, alejamiento de la expresión que connote trascendentalismo, a pesar de que lo abordado está alejado de cualquier consideración de banalidad…

La novela distribuye su materia a lo largo de trece capítulos. Cada uno representa un momento concreto del narrador en el que los temas que aborda (los hay específicos —episódicos— y los hay generales, presentes en toda la obra) se exponen desde la perspectiva sincrónica en la que se halla. Por eso, creo que es un error concebir la novela como un proceso sujeto a la estructura de planteamiento, nudo y desenlace, aunque algunas subtramas internas, puntuales, sí respondan a este desarrollo: la desaparición de Silvana Estruch o el cambio de estatus de Aythami Artiles, por ejemplo. 

La evolución aquí es la del tiempo en el que se ubican las percepciones del narrador, esos pasajes de pensamiento que se han agrupado a posteriori y que se ofrecen a los lectores de un modo disperso. El narrador observa y, en función de lo que ve y oye, piensa, pero sus ideas no obedecen a un patrón estructurado. No tiene sentido que así fuera. Nosotros no actuamos así salvo en las ocasiones en las que hemos de sujetarnos a una formalidad expresiva dada la singularidad del acto comunicativo. El narrador de nuestra novela divaga, y va de un tema a otro, y se recrea en un diálogo puntual que, quizás, en su circunstancialidad, pueda parecer que carece de sustento conceptual; pero eso da igual. Está en medio de una prolongada reunión de amigos (con independencia del acontecimiento que los convoque o el canal que utilice) que representan una alegoría sobre las diferentes maneras de vivir. Él analiza sin prejuicios y sin obligaciones. Opina con profundidad sobre algún tema y, al rato, como cansado del asunto, pasa a otro.

Esto, que puede alterar nuestras nociones de lo que es la linealidad del discurso y nuestra particular zona de confort como lectores de ficción, está muy bien pensado, está hecho adrede, es una genialidad que se refuerza, en una suerte de analogía indirecta, con las ideas sobre la naturaleza que, en mayor o menor medida, a todos nos afecta: «la naturaleza es hermosa, aunque esté llena de defectos. Hay que extraer de ella tres ideas básicas: nada es perfecto, ni permanente, ni está completo». 

Asumida la naturaleza tal y como es, solo nos resta “festejar lo inexacto o inacabado”, y la voz narrativa, atenta a la posición que tiene de dominadora de la comunicación, configura sus palabras de acuerdo a sus características; de ahí que parezca que habla al golpito, cambiando de temas y entrelazando asuntos. La novela en este sentido es como la vida; y la vida, como leemos en Reguetón, “no tiene un fluir apacible, sino que se compone de una sucesión de cascadas y despeñaderos”.

Por otro lado, la variedad de cuestiones abordadas y reiteradas aconseja que estas se vayan distribuyendo de manera ordenada, pero nunca sujetas al rigor que demanda el lenguaje escrito sostenido sobre el propósito del didacticismo, sino el oral que busca compartir con el destinatario aquello que considera oportuno para el desahogo de sus inquietudes emocionales e intelectuales, y es aquí donde adquiere entidad propia una imagen del conjunto que pasa desapercibida por la distribución capitular de la obra: su condición de diario. Reguetón es, de algún modo, un gran conjunto de extractos del dietario que Cornelia la Maga —curioso personaje— le recomendó al protagonista que fuera componiendo antes de irse a dormir. Adán Khoury, la omnisciente voz narrativa en primera persona —qué genial combinación— tiene cáncer de colon y ha asumido su final teniendo presente, por una parte, unas palabras de su abuelo: «Yo tendré que irme para que otra persona como tú ocupe mi sitio y pueda ser feliz. Les pasa a los animales, a los árboles, a todos los objetos que existen, que han de finalizar su vida para que otros los reemplacen […] Es algo natural y no pasará nada. Porque tú tienes que sucederme a mí, con mis cosas buenas y con mis cosas menos buenas»; y, por la otra, el hecho de que la muerte a todos nos iguala: tan muerte es la de una niña que no ha tenido ocasión de disfrutar de la vida como la de un anciano que la ha vivido a tope. Por eso, no hay que virarle la cara: «hay que recibirla con buena predisposición. Incluso con alegría, con infinita armonía. Hay que prepararse a liberar las sombras de las malas experiencias».

La escritura supone la revisión de episodios de su vida y, sobre todo, el planteamiento, a partir de ellos, de una honda reflexión acerca de lo que es estar vivo. Es importante, en este sentido, su declaración de intenciones, que formula en estos términos: “Mantengo el estado de positividad, pues es el primer argumento en contra del monstruo. El ánimo sereno, el espíritu optimista, como me he mandado a mí mismo desde el primer momento del padecimiento. Tienes que seguir en tu línea de lucha y de empuje, solo de este modo vas a salir adelante. Nunca mires hacia atrás, el pasado no existe”; y no existe el pasado porque no se puede rehacer, como dirá el protagonista. Sí, en cambio, es posible volver a empezar; en otras palabras: se le puede y se le debe dar a la vida siempre segundas oportunidades para que sea mejor que la versión precedente. El motor que empuja esta convicción es una afirmación: “Nunca está todo definitivamente perdido”.

Estas numerosas consideraciones que se atienden en la obra se vertebran en la mayoría de los casos sobre situaciones dialógicas y ello obliga a que haya un número elevado de personajes que mantienen vínculos entre sí y que comparten el mismo rango de importancia, lo que también me resulta llamativo. Una veintena de nombres —la mayoría emparejados— configura el corpus de personajes principales de la novela, o sea, de intervinientes que están presentes a lo largo del título en mayor o menor medida. Los secundarios son muy escasos. Irrelevantes. Es normal que así sea: en esta suerte de diario, Khoury recoge lo más significativo de sus interacciones con las personas que tratan con él, un círculo reducido que, por otro lado, es descrito con suma precisión. Otro aspecto que conviene no desatender. Estas descripciones abarcan matices psicológicos y físicos. Son como un retrato del que se espera que no deje recoger el más mínimo detalle. Esta exactitud es pareja con una voluntad de hacer que el personaje no quede al albur de la interpretación de los destinatarios. Es un interés que empuja a pensar en los referentes reales que inspiraron al escritor para componer la descripción. ¿Quién en la vida de nuestro autor se parece a Anna Vilà o sirvió de modelo para trazar la personalidad de Javier Martín, por ejemplo? ¡Qué interesante pregunta detectivesca para lograr entender lo que —desde el ámbito de la autoría— hay detrás de este vademécum sobre la supervivencia!

III

El gran tema de la novela es la supervivencia. En esto será reiterativo Adán Khoury: “Lo más importante es aprender a ser un superviviente. Eso es lo que me digo a mí mismo desde hace tiempo. Hay que saber alejar las acechanzas, y pensar que el día que acaba de nacer es un regalo. La vida es un riesgo maravilloso y por eso hemos de capturar todos los momentos. Hay que saber mantenerse con dignidad”. 

Todo gira, pues, en torno al valor de la existencia, de ahí que los cumpleaños deban celebrarse como una muestra de enardecimiento de la vida; un valor que, por otro lado, no demanda ningún tipo de explicación trascendental, por eso me siento identificado con una afirmación como esta: «la vida no tiene sentido, pero no tenemos otro remedio que vivirla a fondo. Dado que somos un producto del azar, como la creación es el fruto de procesos de la Física, somos tan perfectamente prescindibles como los dinosaurios».

En torno a esta inmensa estrella que constituye la voz “supervivencia”, orbitan tres grandes planetas, tres subtemas en los que entrarían la ingente cantidad de asuntos que la voz narrativa comparte con nosotros. A saber: las relaciones y condiciones humanas, los residuos emocionales que dejó, por un lado, la pandemia y, por el otro, el volcán de La Palma. En todos, los contenidos que se abordan son universales y extrapolables a cualquier semejante nuestro que habite en cualquier rincón del mundo. Esto es así, aunque sea inevitable el empuje del ánimo hacia una visión canaria de las percepciones, quizás porque hay cabida para hablar de la inmigración americana desde lo que representa una oportunidad para una vida mejor y de las consecuencias de la conquista de las islas en el siglo XV desde la óptica de la destrucción irreversible; lo que, por otro lado, depuradas las cuestiones hasta su esencia última, no hace más que reforzar la idea de que por encima de las singularidades que nos identifican como territorio y sociedad está nuestra condición humana y todas las circunstancias que, de un modo u otro, le afectan.

¿Qué es aquello que, como humanos, a todos nos atañe por igual y que es objeto de atención por parte del diarista hasta el punto de señalarlo en la obra como pautas para una discusión compartida? Los hijos, por ejemplo: ¿conviene traerlos a este mundo? ¿Qué cabe pensar de una sociedad que parece estar más predispuesta a tener mascotas que descendientes? Si carecemos aquí de niños, ¿somos conscientes de que necesitaremos que vengan de fuera? Al hilo de su formación, ¿puede el sistema educativo, envuelto en conflictos y batallas diversas (tecnología del ocio por encima de la instructiva, bagaje escaso de valores del alumnado, etc.), cumplir con su cometido si abundan los discentes que “tienen un pobre vocabulario, destrozan la sintaxis, detestan leer, su lenguaje es brusco y simple. Se impacientan si no les dejan entrar en sus pasatiempos, y siempre contestan rápido a los mensajes de los amigos, da igual que estén cenando o que sean los momentos para estudiar?”. ¿Puede la sociedad atajar el derrame de adolescentes que optan por la vía del suicidio (segunda causa de muerte)? ¿Qué está fallando? ¿Las amistades artificiales de las redes sociales demuestran su invalidez? ¿Cuándo dejamos de aceptarnos cómo somos? ¿Estamos al albur de esos algoritmos que nos vigilan y que configuran una realidad que empuja o a salir de ella o a tentar a la suerte, como la del joven arquitecto, con un proyecto de vida espléndido, que se mata en un deportivo alquilado durante un fin de semana? ¿Qué hacemos con la autoayuda (“este negocio lo pone en marcha una legión de charlatanes que te obliga a creer que el dinero es un río que pasa a tu lado, y solo tienes que poner la mano”)? ¿Qué posición adoptar ante la violencia de género («creo que tenemos que pedir disculpas a las mujeres por nuestra forma de ser», dirá el narrador)? ¿Cómo situarnos ante temas como la prostitución y la pornografía? ¿Cómo asimilar cuanto tiene que ver con el envejecimiento del cuerpo (menopausia, declive del deseo sexual, pérdida de fuerzas…) para no ver en ello ningún impedimento y sí una oportunidad para abrir una nueva fase vital? 

De política y religión no se debe hablar, se deja caer en uno de los encuentros entre amigos sobre los que el narrador informa; pero esta recomendación se incumple: se habla de la debilidad de la democracia, de la importancia de las clases medias y de lo que es la corrupción (“hija de la prisa por triunfar”) y de cómo está implantada y normalizada; de los falsos protectores de la patria, de la desinformación y la manipulación; de la pérdida de la privacidad (drones, móviles, cámaras…), la autodeterminación de Cataluña y el modelo turístico; de la importancia de la Unión Europea; y de la condena de Canarias a ser lo que es por no ser autosuficiente ni asumir que es un espacio limitado y que no puede haber vía libre sin más para que compren el territorio en forma de viviendas; de cómo «los profesionales de la política obedecen el dictado de las grandes entidades financieras, grupos mucho más poderosos que los gobiernos de cada país»; y de la guerra (Ucrania, por ejemplo), entre otros muchos asuntos que se vuelven inevitables, por más que se tenga conciencia de lo conflictivos que pueden llegar a ser.

Uno de los pilares temáticos de la novela, o sea, de base para fundamentar juicios variados por parte del narrador en torno a la idea de la supervivencia es el COVID. Destaco el apunte que hace sobre la desesperanza y el pesimismo reinantes, y cómo la negatividad que arrastran consigo puede servir de acicate para todo lo contrario, para que emerja un amor más intenso por la vida. El personaje de Silvana sirve de ejemplo para plantear los límites de la esperanza. Podía haber sucumbido a esa vida doméstica que no le aportaba nada, pero la pandemia y su ocupación como médica le hizo plantearse una alternativa, una segunda oportunidad. La mujer dubitativa al final asume las riendas de su vida. De ahí su desaparición y consecuente distancia del grupo de amigos que configura el entorno del narrador.

De la enfermedad global se derivan, además, otras reflexiones igual de interesantes. Me ceñiré a dos: por un lado, las consecuencias que puede traer consigo el uso de estupefacientes como minimizadores del dolor (tanto físico como psicológico): “Las urgencias psiquiátricas se han disparado, igual que los trastornos alimentarios. Quizá cuando esto acabe, habrá un repunte en el consumo de las drogas y el alcohol”. El dolor no es una opción y los narcóticos lo alejan, ¿la conclusión del silogismo es la conveniencia de las sustancias aplacadoras? Por el otro, la constatación de que hay males crónicos en el corazón de nuestra especie que, hagamos lo que hagamos o suceda lo que suceda, jamás podrán ser eliminados: “Hemos superado epidemias exterminadoras, pero no conseguimos erradicar el hambre ni la guerra”.

Otro pilar temático de Reguetón es el volcán de Tajogaite. La apelación constante a la montaña palmera se proyecta sobre dos líneas de pensamiento: la que implica verla como una entidad dañadora (lo arrasa todo); la que permite que se visualice como entidad dañada (el mar, un entorno más fuerte, aplacará su voracidad). He aquí la relatividad del poder. Siempre habrá algo que esté por encima; y ese algo, de un modo u otro, se llama la vida, la naturaleza, cuanto nos rodea, que siempre pujará por renacer y que siempre lo hará de un modo bello y hermosamente perturbador a pesar de la violencia, la destrucción y la muerte que siembra. 

En la fortaleza lírica que en ocasiones atesoran las metáforas, la existencia adquiere las formas de un malpaís, un terreno en el que «hay que moverse con cuidado para vencer ese mar encrespado e infecundo de basaltos; hay que ganarle la batalla, aunque sea a pico y pala; hay que roturarlo; hay que traer tierra vegetal de la cumbre para así poder plantar sobre el volcán. De este modo, la vida triunfa una vez más sobre la aniquilación, sobre las babas del diablo, que son las lavas».

La imagen del volcán también se convierte en la de una elección. Hay que establecer prioridades, como en la vida misma. No se puede tener todo, no se puede llevar consigo todo. ¿Qué cargar antes de que la lava arrase con aquello que, contra nuestra voluntad, dejará en breve de pertenecernos y, al mismo tiempo, de existir? ¿Qué merece ser abandonado para siempre? Considero estremecedora por su intensidad la analogía que establece la voz narrativa con el Vesubio: “Y cuando dentro de doscientos años los arqueólogos encuentren los restos de las casas, los caminos de acceso, las tuberías que distribuían el agua y los estanques redondos, las huertas de frutales y las mejores plataneras del territorio, las fincas que pudieron sorribar sobre las lavas, descubrirán los televisores de plasma, los cargadores de los móviles, las fotos chamuscadas de la primera comunión, los robots de limpieza y los de cocina, los ventiladores y las neveras, tantas cosas que se convirtieron en fósiles”.

El amor a la vida que se promueve en las páginas de Reguetón se configura sobre la asunción de la efimeridad del placer. Acabado el estímulo del disfrute, todo vuelve a la rutina, a ese andar parsimonioso de los días que se busca alterar como sea con el siguiente subidón de goce, y así sucesivamente. Nos acostumbramos a los deleites conscientes de que solo serán instantes y que, tras el puntual gusto, volveremos a sumergirnos en la insatisfacción y en la necesidad de hallar nuevos estímulos: “Esto hace que la gratificación de nuestros impulsos se asemeje a la imagen de una rata que corre en una rueda sin que pueda parar», nos dirá el narrador, quien trata de convencerse y convencernos de la importancia de disfrutar de lo que ya se tiene cuando afirma que «es mejor olvidar la posibilidad de que el próximo producto nos haga más felices, pues la respuesta no se encuentra ahí”, en esa suerte de bipolaridad compuesta en sus extremos por los estados eufóricos y depresivos.

IV

No les miento porque no tengo motivos para hacerlo: Reguetón no es un libro cómodo, quizás porque no se sujeta a patrón alguno de desarrollo más allá del contemplativo. En todo caso, es un libro que se acomoda, que se adhiere a nosotros si dejamos que fluya y nos liberamos de los prejuicios. Si buscamos una historia en sentido estricto, no la hallaremos; si dejamos que las palabras de la voz narrativa nos busquen, entonces la experiencia lectora será alucinante porque Reguetón se nos mostrará como una extensa sinfonía compuesta por trece movimientos —tantos como capítulos— que, a su vez, son en sí mismo otras tantas sinfonías integradas por escenas y secuencias repletas de axiomas, sentencias, observaciones e impresiones que remueven el ánimo, agitan el intelecto y producen una sensación deliciosa que solo puedo identificar de una manera: embobamiento.

En este vademécum liberador y hedonista, la voz de Adán Khoury sirve para testamentar en su dietario su inmenso amor a la vida, a pesar de todas sus contrariedades; y su deseo de seguir reunido, como sea, donde sea, con el pequeño y variopinto círculo con el que se ha conjurado para dejar a un lado, hasta donde sea posible, la lúgubre e irremediable verdad de la muerte: «Lo siento, Cicerón: esta gente no quiere pensar todavía en la vejez, sino que pretenden alejar la pesadilla de la partida, apurar cada gota del licor. Quieren vivir a fondo, conocer a fondo, para que cuando llegue la guadaña nos encuentre vacíos. Y la Parca es esa dama que a todos iguala, nos corta la respiración en el último minuto y nos hace partir desnudos sin que te acompañen los títulos universitarios, ni los depósitos bancarios, ni las mejores fotos del álbum de los recuerdos».