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La inteligencia artificial puede ayudar a que la administración no pierda conocimiento cuando cambian los equipos

Cada administración pública acumula durante años una enorme cantidad de conocimiento práctico. No siempre está en una norma, en una base de datos o en un manual. Muchas veces vive en correos antiguos, expedientes anteriores, criterios que se han repetido, informes internos, conversaciones de equipo y decisiones que alguien recuerda porque estuvo allí.

Ese conocimiento es fundamental para que la administración funcione. Permite saber por qué una convocatoria se redactó de una forma determinada, qué problemas aparecieron en un procedimiento anterior, qué dudas suelen tener las personas interesadas o qué pasos conviene revisar antes de poner en marcha un nuevo expediente.

El problema aparece cuando ese conocimiento depende demasiado de personas concretas. Cuando cambia un equipo, se jubila una persona con experiencia o se reorganiza un servicio, una parte de esa memoria puede perderse. La administración sigue teniendo archivos, expedientes y documentos, pero no siempre conserva con facilidad el contexto que ayuda a interpretarlos.

Ahí la inteligencia artificial puede tener un papel muy útil, siempre que se utilice con criterio. No se trata de sustituir la experiencia de los equipos públicos, sino de ayudar a ordenarla, encontrarla y convertirla en aprendizaje compartido.

Una herramienta de IA bien diseñada podría ayudar a localizar antecedentes, resumir expedientes anteriores, detectar criterios repetidos, recuperar preguntas frecuentes, comparar versiones de documentos o preparar una primera síntesis de lo que ya se sabe sobre un asunto. También podría facilitar que una persona nueva en un equipo entienda más rápido cómo se ha trabajado hasta ahora.

La clave está en no confundir memoria institucional con automatización sin control. La inteligencia artificial puede buscar, relacionar y resumir información, pero la interpretación final debe seguir estando en manos de profesionales públicos. Son ellos quienes conocen el contexto, los límites jurídicos, las prioridades del servicio y las consecuencias reales de cada decisión.

También es importante que esta memoria se construya de forma ordenada. No basta con conectar una herramienta a una carpeta llena de documentos. Hace falta decidir qué fuentes son válidas, qué información puede utilizarse, cómo se protege la confidencialidad, quién revisa las respuestas y qué criterios se aplican para evitar errores.

Bien planteada, la inteligencia artificial puede convertir años de trabajo administrativo en una base de conocimiento más útil para los equipos. Puede reducir la dependencia de recuerdos individuales, evitar que se repitan errores ya conocidos y ayudar a que cada nuevo proyecto empiece con más contexto.

La innovación pública no consiste solo en incorporar herramientas nuevas. También consiste en cuidar mejor el conocimiento que ya existe dentro de la administración. Porque una administración que recuerda mejor puede trabajar mejor, explicar mejor y servir mejor a la ciudadanía.