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DESMONTANDO LA FALTA DE DEONTOLOGIA PROFESIONAL DE NUESTRA SOCIEDAD: RICHARD JEWELL

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Está claro que William Randolph Hearst Sr. no era el único que entendía el periodismo más como una herramienta para lograr una notoriedad -que, luego, le aupara, por ejemplo, hasta el despacho oval de la Casa Blanca- que como un servicio público, pero pocos han llevado el sensacionalismo hasta las cotas de desvergüenza mostrada por quien sirviera de inspiración al gran Orson Wells para crear al personaje central de su película Citizen Kane (1941), Charles Foster Kane.

Ignoro si todos aquellos que se vieron involucrados en un suceso tan deplorable, moralmente cuestionable y éticamente censurable como lo fueron los hechos que rodearon a las FALSAS ACUSACIONES a las que debió hacer frente Richard Allensworth Jewell (1962-2007) tras los sucesos del 27 de julio del año 1996, conocían la figura y las acciones del magnate periodístico, pero, de una forma o de otra, todos los implicados en el caso le rindieron un más que merecido homenaje al creador del “ yellow kid journalism”.

Richard Jewell se convirtió, con el paso del tiempo, en un epítome de los que significa una acusación falsa y de las consecuencias que rodean las acciones que ignoran el código deontológico que han prometido respetar cuando desempeñan un determinado trabajo, cargo u ocupación. Salvo por muy gloriosas y honrosas excepciones, una amplia mayoría de las personas que se vieron involucradas en el caso, en especial las fuerzas seguridad, con el Buró Federal de Investigación al frente y lo más granado de los medios de comunicación de masas de los Estados Unidos de América, pisotearon los derechos más elementales del guardia de seguridad que fue capital para que la bomba que estalló en Centennial Olympic Park no acabara con la vida de más personas.

Poco importó los medios, el procedimiento y el tratamiento dispensado para con quien solamente quería cumplir con su deber y casi pierde la vida en el empeño. Ni siquiera los agentes de FBI asignados al caso supieron y/ o quisieron ver las torticeras mentiras que se escondían, por ejemplo, tras las oportunistas declaraciones del director del Piedmont College, justo después de que Richard Jewell apareciera retratado en los medios, horas después del atentado, como un héroe.

Aquella bomba había puesto en solfa la seguridad de la nación, justo cuando todos sus habitantes se disponían a disfrutar de la celebración de los juegos Olímpicos que la ciudad de Atlanta albergaba y cualquier otra consideración que no fuera la de presentarle a la nación a un culpable resultaba una cuestión baladí. Por añadidura, Richard Jewell ofrecía un cuadro ideal para poder explicar las razones por las que, una persona como él, se había transmutado en un frío y metódico asesino, incapaz de medir la vileza de sus actos.

Su perfil, convenientemente alterado según iban pasando los días, lo presentaba como un hombre solitario, que vivía en casa de su madre, coleccionista de armas y obsesionado con la ley y el orden. Nadie reparó en su exceso de celo para, precisamente, aplicar la ley -una razón que explica las mentiras vertidas por los responsables del recinto universitario donde Richard Jewell trabajó. Ni en su afán por seguir las reglas dictadas por las mismas fuerzas del orden que, ahora, lo hostigaban. En aquellos instantes, todo el mundo tenía la mirada puesta en el Buró Federal de Investigación y en unos medios que daban la sensación de saber lo que estaban haciendo. Incluso, los presentadores “estrellas”, ésos que alaban y demonizan a un invitado en tan sólo treinta minutos, parecía que tenían todas las respuestas… Después quedó claro lo contrario. El mismo clima de histeria que se desató décadas antes con la “caza de brujas” y las listas negras, empapó las redacciones, los artículos y las tertulias, dentro y fuera del escenario principal del suceso.

Tuvo que ser un abogado carente del protagonismo que suelen demandar los leguleyos en los Estados Unidos de América, Watson Bryant, quien terminara por demoler toda aquella charada, no sin antes sacarle los colores a buena parte de sus implicados. Ambos personajes se habían conocido una década atrás y, desde el principio, se entendieron y, lo más importante, se respetaron como personas, algo que raramente se consigue en esta vida. De ahí que cuando, pocas horas después del estallido de una bomba, alguien le ofreciera al guarda de seguridad la posibilidad de escribir un libro, éste llamara al abogado.

Tampoco sé si Watson Bryant pudo tan siquiera imaginar la pesadilla en la que estaba a punto de verse inmerso su cliente, pero, con la ley y la Constitución de su país en la mano, el abogado fue diezmando las mentiras, las insinuaciones y las bravatas de quienes pretendían convertir a su cliente en el chivo expiatorio de un sistema que todavía tuvo que pasar por un trauma como el del 11 de septiembre del año 2001 para saber cómo funcionaba el mundo en el que vivían.

Si por lo menos los supuestos representantes de los medios de comunicación hubieran seguido las más mínimas normas de su profesión -aquéllas que, por ejemplo, mandaron al banquillo al presidente de los Estados Unidos de América Richard Milhous Nixon, merced al tesón y la deontología profesional de quienes trabajaban en el Washington Post- las cosas hubieran sucedido de manera bien distinta. Visto el suceso con la perspectiva que dan los años, y sin perder de vista el magnífico artículo de Marie Brenner American Tragedy: The Ballad of Richard Jewell publicado, éste, en la revista Vanity Fair (febrero del año 1997) queda bastante claro que importó más el linchamiento social y el zarandear a un personaje con tantas aristas mediáticas como era Richard Jewell.

De haberse comportado de otra manera, todos los implicados, debo añadir, habrían sido conscientes de que era imposible para una persona recorrer el espacio físico que había entre el teléfono que, en su momento, sí que utilizó el verdadero culpable y el escenario donde luego detonó la bomba en el espacio de tiempo que medió entre ambos sucesos. Quienes lo hicieron, se dieron cuenta de un hecho que luego todos terminaron por admitir: Richard Jewell NO pudo llamar por teléfono y, luego, volver a donde estaba la bomba para esperar hasta que ésta detonara, dando así la sensación de ser el héroe que, en realidad, no era.

Esto, sumado a esa enfermiza competitividad de los medios por lograr el titular que les ayude a tener que sacar una segunda edición y el afán de las distintas agencias gubernamentales por lograr demostrarle a las demás quién es la que manda resultó una combinación demasiado explosiva, incluso para una sociedad donde todo se centrifuga, trivializa, expone y luego se sustituye por el siguiente argumento de discusión.

Poco importa cuáles y de qué maneras los medios, locales y nacionales, obtuvieron sus fuentes de información. Lo que quedó claro es que no las corroboraron convenientemente y que las fuerzas de seguridad tampoco supieron mantener la boca cerrada cuando de lo que se trataba era de encontrar al verdadero responsable de la tragedia y no a alguien que podría encajar con alguno de los perfiles psicológicos tan del gusto de los investigadores. Es más, en el artículo de Marie Brenner, un especialista en la materia llega a comentar que se inventaron perfiles para poderlos adecuar a la personalidad del sospechoso, ante la dificultad de hacerlo según los estándares existentes hasta el momento…

El día en el que, finalmente, Richard Jewell fue exonerado de cualquier tipo de sospecha por parte de los representantes del gobierno de su país, muchos medios entonaron el “mea culpa”, hecho que poco sirvió para reparar el daño infligido los meses anteriores, cuando fue “condenado mediáticamente”.

Entiendo, después de todo lo expresado, que la última película dirigida por Clint Eastwood, basada en el mencionado artículo de Marie Brenner, no haya sido del agrado del público norteamericano. Y esto no tiene que ver con las acusaciones que vierte la película para con el comportamiento de sus protagonistas, sino porque a nadie le gusta que le digan que lo que ha hecho no está bien. Así de claro.

Está claro que William Randolph Hearst Sr. no era el único que entendía el periodismo más como una herramienta para lograr una notoriedad -que, luego, le aupara, por ejemplo, hasta el despacho oval de la Casa Blanca- que como un servicio público, pero pocos han llevado el sensacionalismo hasta las cotas de desvergüenza mostrada por quien sirviera de inspiración al gran Orson Wells para crear al personaje central de su película Citizen Kane (1941), Charles Foster Kane.

Ignoro si todos aquellos que se vieron involucrados en un suceso tan deplorable, moralmente cuestionable y éticamente censurable como lo fueron los hechos que rodearon a las FALSAS ACUSACIONES a las que debió hacer frente Richard Allensworth Jewell (1962-2007) tras los sucesos del 27 de julio del año 1996, conocían la figura y las acciones del magnate periodístico, pero, de una forma o de otra, todos los implicados en el caso le rindieron un más que merecido homenaje al creador del “ yellow kid journalism”.