Un paseo por la batalla de Madrid: desde las viejas trincheras de la Guerra Civil hasta unas rojigualdas que aún dividen
– ¿Alguien sabe quién mató a Durruti?
El grupo, de unas 20 personas, se lo piensa unos segundos. Los menos tímidos arrancan la primera ronda de respuestas. ¿Fueron las tropas franquistas? No está tan claro. ¿Tal vez los comunistas, enemistados con anarquistas como el revolucionario español? En realidad, los documentos de aquella época tampoco lo confirman. Pudo haber sido una bala perdida; había muchas por la zona. Pero la hipótesis más difundida entre historiadores o testigos apunta algo más sencillo. Tal vez, incluso menos épico. “Durruti llevaba un naranjero, un tipo de fusil antiguo que a veces se dispara por error. Lo que se cree es que, al apoyarlo en el suelo para salir de un coche, durante la batalla de Madrid, este abrió fuego y le alcanzó el pecho. A las pocas horas murió en el [hotel] Ritz, donde las milicias habían montado un hospital de sangre”.
En mitad de un descampado, con vistas al Hospital Clínico San Carlos, el guía desvela a su público cómo la historia, a veces, es más cotidiana que heroica. Todos sus personajes tenían errores, confusiones y miedos corrientes, por muy lejanos o gloriosos que nos suenen hoy. El hombre que los narra en esa mañana de mayo es Carlos Osorio. Él mismo tiene muchas vidas para contar: es escritor, pintor, historiador del arte, colaborador en Somos Madrid y guía de rutas culturales en la capital. Recientemente, decidió dejar algunas de ellas por escrito. Así es como surgió su undécimo libro sobre su ciudad: Caminando por Madrid. Recorridos guiados por su historia (Ediciones La Librería).
“Es un libro pensado para todo tipo de lectores que tengan curiosidad o interés por conocer Madrid. Nos introduciremos en su historia desde doce puntos de vista, a través de doce rutas seleccionadas, tratando de responder a las preguntas que se hace el madrileño cuando por fin tiene tiempo de conocer su ciudad. O las que se hace el viajero que viene a visitarnos sin prisa”. Con estas líneas se presenta la guía recopilatoria, que traza estos paseos con instrucciones y anotaciones sobre la historia viva que ocultan: desde su origen árabe en el siglo IX, cuando el emir Mohamed Ibn Abderramán fundó la aldea de Mayrit sobre una colina; hasta los caminos entre la Puerta del Sol y la Catedral de la Almudena donde quedó un rastro del Madrid de los Austrias.
También un recorrido único por el barrio que acogió a los grandes escritores de nuestro tiempo, el Barrio de Las Letras, en cuyas calles vivieron genios del Siglo de Oro como Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Francisco de Quevedo o su némesis, Luis de Góngora. Muchas tertulias se celebraban en las tabernas, cafés o cervecerías que hoy pasan desapercibidas. Las rutas plasmadas en el libro advierten de todo tipo de vestigios, tanto las corralas en Lavapiés como el Madrid de la caza de brujas –cuando, en tiempos de la Inquisición, las hechiceras guardaban sus artificios en la calle Alcalá–; o aquellos en los que aún queda la influencia de Carlos III, la Ilustración y las rebeliones que más marcaron a la ciudad, véase el Dos de Mayo. Otros capítulos exploran los antiguos comercios medievales, las tascas centenarias o los parques con historia, como el de El Capricho.
Del desinterés por la historia a dedicarse a ella
Cada uno de ellos viene a responder, según el autor que las recopila, a un momento o aspecto importante para el Madrid que conocemos, pero que muchas veces no sabemos de dónde viene ni cómo interpretarlo. “A mí me pasó lo mismo cuando era adolescente: la historia no me interesaba lo más mínimo”, contaría Carlos después de aquel paseo, esta vez sobre la Guerra Civil en la ciudad. Estamos a la sombra de uno de esos bares en los alrededores de Moncloa. Allí profundiza en una idea que también detalla en las primeras páginas del libro-guía.
Tenía 16 años cuando su profesor se puso enfermo. Desde la escuela enviaron a un sustituto y, para su sorpresa, lo primero que hizo nada más llegar no fue aburrirles con historias sobre reyes que se arrebatan el trono, ni guerras donde solo “moría mucha gente para quitar a otros sus tierras”. Esta vez era distinto. “Hoy nos vamos a pasear fuera en busca de la historia”, les dijo, dejándolos perplejos. Entonces salieron de clase y él les llevó a unas antiguas ruinas árabes, donde les explicó el origen del Madrid medieval y su mezcla de culturas. Mientras callejeaban, también habló de la dinastía de Habsburgo y la historia de Felipe II, quien decidió que este lugar albergaría la capital de su imperio.
Ese día cambió la visión de Carlos Osorio, hoy dedicado a replicar y complementar aquellos paseos, sobre la historia y sus personajes. Ahora busca que otros hereden la que ya es una de sus pasiones. Con Marta, al menos, lo ha conseguido. Esta mujer, también vecina de Madrid, ha acompañado al guía en muchos de estos trayectos: uno en la Quinta de los Molinos, otro por las rutas del Retiro o en el Parque de El Capricho, una de las villas aristocráticas mejor conservadas a las afueras.
Ese día cambió la visión de Carlos Osorio, hoy dedicado a replicar y complementar aquellos paseos, sobre la historia y sus personajes. Ahora busca que otros hereden la que ya es una de sus pasiones
Aquel sábado se había sumado al recorrido por las facultades históricas que sirvieron de campo de minas en la Guerra Civil, o bien fueron trincheras ocultas en las que se había librado la batalla de Madrid. Durante el alzamiento militar contra el gobierno de la Segunda República, el entonces general Francisco Franco trató (sin éxito) de tomar la capital española. Las milicias coordinadas por el sindicalista Buenaventura Durruti –cuya suerte le llevó, precisamente, a morir en aquella lucha– conformaron una de las columnas defensivas más resistentes del frente, tal y como explicó Carlos Osorio ante un público de entre 40 y 60 años, aproximadamente.
“Hubo un golpe de suerte que probablemente marcó el éxito de los republicanos”, continúa el guía. Antes del asalto, hallaron un papel donde se había dibujado el plan de ataque. La entrada estaba prevista por Legazpi, con idea de atacar desde el oeste y atravesando el actual distrito de Moncloa. “La defensa aprovechó esta pista para fortificar la zona y, el 8 de noviembre, comenzó una gran ofensiva”, detalla. En la contienda participaron brigadistas húngaros, franceses e ingleses que esos días fueron llegando al campo de batalla. Muchos murieron en los primeros bombardeos, sin apenas tener tiempo de conocer la ciudad por la que venían a luchar.
Es una de las reflexiones que lanza al público el historiador, que luego entra al recibidor de la Facultad de Medicina, a escasos metros de allí. En el acceso principal les reciben dos grandes maquetas, ambas dibujando un mapa en relieve del entorno en el que se mueven: uno de ellos, a la derecha nada más entrar, devastado y semiderruido por la guerra; el otro, a su izquierda, una vez se planteó el proyecto de reconstrucción.
Durante el camino, el guía muestra a sus acompañantes cómo el característico ladrillo visto de algunas fachadas también refleja el paso del tiempo: curiosamente, en la Facultad de Odontología se muestra más desgastado el material más reciente, usado para reconstruir aquellos lugares dañados durante la batalla de Madrid. El original, menos rojizo y más anaranjado, casi parece pulido. Luce casi nuevo respecto al que se adquirió durante la posguerra, cuando los recursos económicos eran más limitados y el material, de peor calidad.
De camino a su próximo destino, el grupo se sorprende al ver cortado su paso. Un cordón policial se ha desplegado en la Avenida de la Memoria, donde esa mañana había convocada una marcha contra el presidente del Gobierno. Los gritos de “Pedro Sánchez, hijo de puta” volvieron a sonar a la vez que las bocinas, el claxon de los coches –que esperaban a abrir el tráfico– o el runrún de los manifestantes. Habían sido llamados por una organización de extrema derecha, Sociedad Civil Española, para una protesta apoyada por Vox y el PP.
Al menos tres detenidos y siete policías heridos en los enfrentamientos al finalizar la manifestación de la extrema derecha en Madrid
— elDiario.es (@eldiarioes) May 23, 2026
La Policía ha impedido a algunos asistentes llegar hasta Moncloa, sede de la Presidencia de Gobiernohttps://t.co/kvuxcGK9HM pic.twitter.com/2HRO9tJkF2
En las imágenes del momento, captadas por Somos Madrid, se observa cómo un grupo envuelto en banderas de España o símbolos como la Cruz de Borgoña se encara con los agentes. Al poco tiempo, empezaron a corear un cántico cada vez más transversal: “¡Policía, únete! ¡Policía, únete!”. Uno de ellos sujetaba una pancarta con la cara del presidente y una sola palabra, escrita en grandes letras negras. “Vete”.
Como la situación se volvía cada vez más tensa y los efectivos desplegados aconsejaban retirarse, el grupo, que había llegado oyendo las desventuras de una guerra civil entre bandos, tuvo que cambiar su recorrido y coger por la vía larga. Se habían topado con una de las disputas que aún dividen al país.
Siguiendo el camino alternativo, una reflexión fue tomando forma. “A esto me refiero cuando hablo de que la historia se aprende en las calles: hemos venido aquí para aprender sobre la Guerra Civil y, precisamente, nos encontramos con un clima muy parecido al que había justo antes de su estallido”, considera el líder del grupo, que recuerda cómo ya desde el siglo XIX había en España “golpes de Estado, guerras y violencia azuzada a izquierda o derecha”. A su parecer, lo que nos demuestra el paso del tiempo es que “los conflictos políticos deben resolverse únicamente mediante mecanismos democráticos”, y no a través de una rabia extendida.
Su última parada fueron tres búnkeres cilíndricos construidos en hormigón, que aún se conservan el Parque del Oeste. En los inicios de la batalla, las tropas nacionales los hicieron a destiempo para preparar la línea defensiva, pensando en utilizarlos como nido en el que colocar la ametralladora y abrir fuego al enemigo. Dentro caben dos soldados, que entraban por un pequeño hueco en la parte baja. Hoy ha quedado cubierto. Uno de ellos tiene grabadas unas letras: “Zapadores, nº 7”; el séptimo grupo de los soldados que construyeron esas fortificaciones.
Allí se despide este grupo variopinto, con el deseo de volver a verse. “Al fin y al cabo, el camino de hace al andar”, concluye el guía, poco antes de marcharse.
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