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Ni las montañas submarinas se salvan: cómo el plástico contamina los refugios para la biodiversidad del Mediterráneo

Un buceador en el acantilado submarino Palm Mar Wall, en la costa sur de Tenerife.

Andrés Actis

29 de mayo de 2026 22:31 h

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Para explicar su descubrimiento científico, Jorge Blanco, investigador de la Facultad de Ciencias del Mar y Ambientales de la Universidad de Cádiz, pide imaginar un océano libre de plásticos que empieza a recibir cientos de miles de polímeros introducidos por el ser humano. Primero, por tierra. A través, por ejemplo, de la basura en las playas. Luego, desde dentro del agua, mediante sustancias procedentes de la pesca, el transporte de mercancías o los cruceros turísticos. En ese escenario –el actual–, el plástico viaja, se hunde y tarda solo cinco años en alcanzar todas las montañas submarinas de la península ibérica, oasis de biodiversidad que, hasta hace poco se pensaban a salvo de esta contaminación.  

Los montes submarinos fueron en algún momento volcanes. Se formaron tras una actividad volcánica y se quedaron sumergidos bajo el océano. Aunque en su día eran vistos como una molestia para la navegación, la comunidad científica ha descubierto que son puntos de alta biodiversidad. Las empinadas laderas de las montañas submarinas transportan nutrientes desde las profundidades del fondo marino hacia la superficie iluminada por el sol, proporcionando a la vida marina alimentos muy nutritivos.

Se calcula que en aguas españolas hay alrededor de 150 montañas submarinas que superan los 100 metros de altura. Blanco, integrante de Oceana, la mayor organización internacional dedicada a la conservación de los océanos, explica que su lejanía de la costa y profundidad ha hecho que hasta hace muy poco fuesen unas completas desconocidas. Empezaron a estudiarse a fondo a principios de este siglo.

El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco) ha incorporado en los últimos años a estos ecosistemas a las Áreas Marinas Protegidas (AMPs). Por ejemplo, entre 2022 y 2025, el Gobierno sumó a esta protección a montes submarinos ubicados al norte de Lanzarote, en Mallorca y en Alicante. Ahora, gracias al trabajo de Blanco y su equipo, otros científicos de la Universidad de Cádiz y de Newcastle (Reino Unido), se sabe que estas montañas, incluso las más alejadas de las costas, están recibiendo un flujo incesante de plásticos.

Reproducción de la distribución de la concentración de plástico en las montañas marinas.

“Nuestro análisis es el más completo que existe sobre la dispersión del plástico en aguas de España y Portugal, ya que modela plástico flotante y no flotante, procedente tanto de tierra como de actividades marinas. Por ello, es muy preocupante comprobar la rapidez con la que el plástico llega a las montañas submarinas, que son oasis de biodiversidad en el océano”, resume sobre la importancia de esta investigación.

Un nuevo modelo computacional

Blanco y sus colegas pudieron modelizar la contaminación plástica de las montañas submarinas gracias a un trabajo previo: la creación de un modelo computacional para predecir los recorridos de distintos tipos de plástico que se hunden en los océanos. El invento, patentado por Oceana, está permitiendo completar una radiografía parcial, que hasta ahora solo rastreaba el viaje de los plásticos flotantes.

La mayoría del plástico que llega a los océanos, explica el investigador, se termina hundiendo. Sin embargo, por limitaciones tecnológicas, se tiene poca constancia de dónde se quedaba. “Las islas de plásticos que tanto conmocionan, como las del Pacífico, imágenes que dan la vuelta al mundo, representan un porcentaje mínimo de la contaminación plástica en los océanos. Para la mayoría de la gente el gran problema es el plástico flotante porque es lo que vemos, pero en realidad la mayor parte del plástico está en los fondos. Y hasta ahora el rastreo que podíamos hacer vía modelos computacionales era de los que estaban flotando”, revela.

Con esta nueva herramienta, Blanco hizo una primera prueba en el Atlántico Norte y en el Mediterráneo para determinar el recorrido de los plásticos más comunes: tereftalato de polietileno (PET), polietileno de baja densidad (PEBD), nylon y materiales empleados en botellas, bolsas, envases y redes de pesca.

“Más allá de la cantidad, que es mucha, como ya se sabía, lo que más nos ha sorprendido son las zonas de concentración y cómo los plásticos llegan a áreas de alta importancia biológica. Las montañas submarinas actúan como reservorios de biología. Hay muchísimas especies endémicas de montañas submarinas que al final están interactuando con todo este plástico que estamos lanzando a los mares”, resalta. Ahora, Blanco y su equipo están trabajando en un sistema que permita rastrear todos los plásticos flotantes del mundo.

La lupa en 77 montañas submarinas de la península ibérica

En esta primera simulación, analizaron 77 montañas submarinas en torno a España y Portugal. Descubrieron que, partiendo de unas condiciones libres de plástico, los polímeros de origen terrestre, que llegan al mar desde las costas, alcanzan en menos de cinco años las bases de 43 de estas cumbres, como el banco de Galicia y el Banco de Gorringe, situados a 200 y 300 kilómetros de la costa.

Al simular únicamente los plásticos de origen terrestre, las otras cimas parecían estar libres de plásticos, tal como señalaban anteriores estudios. Sin embargo, cuando se añaden los plásticos de origen marino, como el nylon de redes de pesca, el impacto es aún mayor: todas las montañas submarinas en aguas ibéricas presentan contaminación.

“Nuestro estudio muestra que las elevaciones marinas, al igual que cañones y escarpes, son áreas de gran biodiversidad al tiempo que trampas de plástico, por lo que numerosas especies resultan dañadas”, advierte Blanco. Y agrega: “Todavía no sabemos muy bien las consecuencias de que estas especies estén viviendo con plástico. Sí sabemos que muchas de las especies que interactúan con el plástico son especies comerciales que terminamos comiéndonos”.

La investigación también demuestra que las aguas ibéricas no son simples receptoras de basura marina de terceros países, sino que España y Portugal son parte tanto del problema como de la solución. El trabajo estima que los plásticos importados que llegan al fondo del mar son apenas el 1,13% del total.

“Estudios como este demuestran que la contaminación por plástico es capaz de alcanzar prácticamente cualquier parte de los océanos, haciendo por lo tanto necesaria una reducción en el consumo y una mejor gestión de los residuos”, concluye Blanco.

¿La mayor importancia de esta investigación? Poder ayudar a las administraciones en la toma de decisiones, responde Blanco. Explica que una vez que el plástico llega a los fondos es “muy difícil” de recuperar. “Es muy caro bajar un robot para recuperar plástico. Es inviable económicamente. Lo que se pretende con esta modelización de zonas de concentración es evitar que el plástico llegue al mar. Eso no es caro ni imposible. Pero necesitamos un golpe de timón”, sintetiza.

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