La industria de harinas de pescado arrasa la fuente de proteínas del Atlántico oriental

Piragua en la costa oeste de Cabo Blanco

Unos miles de piraguas o cayucos se agolpan en el puerto de Nuadhibou (Mauritania). Son embarcaciones alargadas de pesca artesanal que pueden medir más de 12 metros, pero se han difundido sus imágenes por las redes sociales con el falso mensaje o bulo de que se trata de “pateras de inmigrantes preparadas para invadir las Islas Canarias”, cuando son el medio de vida de los pescadores del llamado banco pesquero canario-sahariano, uno de los más productivos del planeta gracias a la corriente fría de las Islas Canarias que produce afloramientos de aguas profundas muy ricos en nutrientes para una gran diversidad de pesca, principalmente cefalópodos. En pocos años, esta actividad ha entrado en declive a causa de la industrialización y la explotación intensiva de la pesca por flotas de otros continentes.

Los mauritanos -y su costa- no son por el momento un foco migratorio. Sin embargo, de continuar el expolio intensivo que realizan en esta zona del caladero sahariano, principalmente flotas de pesca de China y Turquía, estamos ante una grave amenaza para el futuro a corto plazo de uno de los caladeros más ricos del mundo, en el litoral del Sahara occidental y Mauritania. La producción de harina y aceite de pescado, un alimento fundamental para abastecer la acuicultura y el mercado alimentario de los países de Asia y Europa, según señala José Manuel Vergara Martín, biólogo doctor en Acuicultura, está acabando con las fuentes de proteína de la población africana y empobrecerá a los propios mauritanos, senegaleses y gambianos.

Las exportaciones mauritanas de pesca durante 2019 fueron de 248 toneladas, el doble que en 2014, lo que generó ingresos por 572 millones de euros, según el Gobierno mauritano. El sector pesquero emplea a 40.000 personas -la población es de 4,4 millones- y genera una quinta parte de los ingresos del Estado. El país tiene 700 kilómetros de costa en el Atlántico. Los destinos de las exportaciones de la pesca son principalmente España, Rusia, Costa de Marfil y Japón, mientras que los productos pesqueros procesados, como harinas de pescado, aceites y conservas, son destinados a Turquía, China y Grecia. La acuicultura turca y griega de doradas y lubinas invade los mercados de los países europeos. Pero las consecuencias negativas de esta actividad quedan en África del oeste, tanto para la seguridad alimentaria como para la sostenibilidad de los recursos pesqueros. Además de afectar a la biodiversidad marina de la zona en su conjunto, destacando que en esta costa se localiza la mayor colonia del pinnípedo más raro y escaso del mundo, la foca monje.

Aunque en el caso de Mauritania la actividad es legal, con acuerdos y licencias, también se actúa de forma ilegal en las zonas oficialmente declaradas protegidas (Areas Marinas Protegidas, AMP).

Las flotas arrasan con todo lo que hay en el agua y en los fondos con el uso de redes de arrastre de decenas de kilómetros de extensión capaces de absorber una veintena de aviones Boeing 747, convirtiendo la vida marina en desperdicios que suponen el 35% de las capturas mundiales. Lejos de respetar a la gran cantidad de mano de obra que sobrevive de la pesca artesanal en la costa atlántica de África, la pesca industrial apenas necesita mano de obra y deja los caladeros empobrecidos o arruinados para los pescadores artesanales.

Las fábricas de harina de pescado se nutren de alrededor del 20% del pescado de captura salvaje del mundo que se tritura para producir harina, añade Vergara Martín, lo que resta una fuente de proteína en un continente con graves carencias alimentarias. En Mauritania, estas industrias se localizan en la Bahía de Cansado, alrededor de la zona portuaria de Nouadhibou, en el margen Este de la península de Cabo Blanco (antiguo cementerio de barcos). Actualmente es el escenario de las maniobras de numerosos pesqueros turcos y grandes cerqueros, que han abandonado el Mar Negro y el Mediterráneo por el colapso de su pesquería. También está la flota china, cuyas naves surcan las olas trazando estelas en forma de V, en busca de las sardinellas (sardinella aurita) para la industria de la harina de pescado, mientras en la costa los mauritanos viven de la pesca del pulpo y langosta, principalmente. Pero la industria, bastante rentable, se realiza en el interior de fábricas de altos muros y un hedor insoportable que hace casi irrespirable el aire de la ciudad. Una maquinaria que transforma toneladas y toneladas de sardinella redonda, dieta fundamental del resto de especies pesqueras de la zona y que se reproduce a millones en la corriente de las Canarias. Los operarios, meten el pescado en un conducto donde se separa el líquido y la masa que se convierte en harina, un polvo rico en nutrientes que mueve un negocio de 140.000 millones de euros al año, por el consumo humano y el de la industria de la acuicultura.

La incesante demanda de China ha provocado una fuerte presión en la zona, donde las empresas asiáticas, como Sunrise y Hong Dong, levantan nuevas plantas en las costas de Mauritania y de sus vecinos del sur, Senegal y Gambia, creando un complejo fortificado, con viviendas para sus trabajadores y hasta una seguridad propia que controla el acceso. Son mini ciudades chinas.

Turcos, chinos y también europeos realizan una explotación intensiva para alimentar las ya más de 50 fábricas que se han levantado en las inmediaciones de Nouadhibou. La flota pesquera europea no realiza capturas para las fábricas, aunque también están sobreexplotando el caladero. Pero Europa es un gran consumidor de las harinas de pescado para la acuicultura o la alimentación de granjas de cerdo y aves, explica Vergara Martín. La flota turca sustituyó a los buques de las exrepúblicas soviéticas y no respetan la zona exclusiva sin pesca impuesta por Marruecos, dentro de la cual se localiza la colonia de foca monje. Pero sus capturas están destinadas, en un buen porcentaje, a las fábricas mayoritariamente chinas.

Se extiende la fiebre por la sardinella y con ella la progresiva desaparición de un componente básico de la dieta para la gente de la zona. Los pescadores tradicionales y los oceanógrafos consideran que esta presión sobre los recursos es insoportable y calculan que podrían desaparecer las reservas en cuatro o cinco años, lo que dejará sin trabajo y sin alimento a las poblaciones de dichos países.

Al mismo tiempo, la sardinella lucha por su supervivencia. Los satélites muestran que las aguas al norte de Senegal y Mauritania se están calentando más deprisa que las de ninguna otra zona del cinturón ecuatorial denominado Zona de Convergencia Intertropical. Expertos del Instituto de Investigación para el Desarrollo, organismo francés, señala que desde 1995 el aumento de las temperaturas ha empujado a la sardinella unos 300 kilómetros hacia el norte, la primera prueba de que hay una diáspora de especies marinas que huyen hacia los polos o mayores profundidades a medida que las aguas se calientan. La magnitud de esta migración masiva empequeñece a cualquiera de las que tienen lugar en tierra.

Las comunidades costeras de África occidental figuran entre las poblaciones más vulnerables a los efectos del cambio climático. La subida del nivel del mar y el empeoramiento de las condiciones meteorológicas ha vuelto la pesca aún más arriesgada. Las sequías y las precipitaciones irregulares en el Sahel empujan a los agricultores y ganaderos nómadas a emigrar a la costa para alimentar a sus familias.

El informe de Greenpeace titulado Pescado desviado: seguridad alimentaria amenazada por la industria de la harina y el aceite de pescado en África occidental, plantea serias preocupaciones sobre el auge de esta industria en Mauritania, Senegal y en Gambia. Las tres especies de pescado que se utilizan para la elaboración de aceite y harina, esenciales para la seguridad alimentaria en estos países, ya están sobreexplotadas.

La organización ecologista pide a los gobiernos de los países de África occidental que pongan fin a la industria de la harina y el aceite de pescado. Para Greenpeace el problema ha llegado a un punto crítico: “el pescado se desvía del plato de la población en beneficio de las granjas de pescado, porcino o avícola de mercados distantes. Los productos pesqueros, que en el pasado beneficiaron a pescadores artesanales y procesadoras, permitieron alimentar a las familias más pobres; ahora se exportan para la alimentación de granjas ganaderas. No tiene sentido”.

El panorama internacional es desolador. En el Océano Pacífico está la industria de Perú que es, con diferencia, el mayor exportador del mundo de harinas de pescado, que manufactura a partir de sus inmensos bancos de boquerones, anchoveta (Engraulins ringens). El problema en esta zona se llama El Niño, fenómeno atmosférico que altera el mecanismo de surgencia (ascenso de masas profundas de agua) que los abastece de nutrientes, lo que produce enormes pérdidas económicas. En la última década, el cambio climático ha aumentado la frecuencia de El Niño y sus consecuencias, lo cual provoca la subida del precio de la harina de pescado, según Vergara Martín.

Estamos ante un mercado totalmente globalizado y programado: los fabricantes de piensos compran al proveedor con un año o más de antelación las harinas y aceites.

Tenemos una creciente industria que opera con medios esquilmadores muy dañinos e insostenibles para los ecosistemas y para la población de los países que vive de estos recursos pesqueros, con lo que ven desaparecer su medio de subsistencia y se verán obligados a la diáspora hacia países donde puedan tener la esperanza de alimentarse.

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