La vieja pregunta
A media mañana, en una empaquetadora de plátanos de La Palma, el ritmo es mecánico: selección por calibre, cintas, etiquetas. Y, al lado, una pila de cajas con un destino menos claro. Es el plátano de “pica” —la fruta que no se comercializa para evitar sobreoferta o porque no cumple los estándares—, el viejo dilema del sector canario.
Durante décadas, la “pica” ha sido la válvula de escape del sistema platanero. Cuando sobran kilos, se retira fruta para que los precios no se hundan. El mecanismo funciona, pero genera polémica: decenas de millones de kilos se eliminan cada año. Parte se dona a bancos de alimentos, otra se convierte en pienso o compost… y otra simplemente se descarta.
La pregunta de fondo siempre ha sido la misma: ¿qué hacer con esa fruta que no llega al mercado?
Una apuesta hacia Oriente Medio
El Cabildo de La Palma cree tener una respuesta: abrir nuevos mercados internacionales. El foco está puesto en el Golfo Pérsico, donde se concentran países con alto poder adquisitivo, cadenas de distribución modernas y un consumo de alimentos que depende en más de un 90% de las importaciones.
El plan tiene dos pilares claros:
- Transformar el plátano de pica en productos con valor añadido, especialmente snacks liofilizados.
- Aprovechar canales de comercialización en Oriente Medio, desde ferias hasta distribuidores especializados, con el objetivo de colocar allí no solo plátano, sino también quesos ahumados y fruta tropical transformada.
Y, como guiño inevitable, algún lote de vino volcánico canario que podría viajar exclusivamente a los hoteles internacionales y a las zonas duty free de los aeropuertos, porque en los lineales del Golfo, la botella sería un imposible legal.
El horizonte suena atractivo: ver rodajas crujientes de plátano palmero en Dubái, Doha o Yeda. Pero las incógnitas abundan: el coste energético de la liofilización, la doble logística (isla → Península → Golfo), la competencia de proveedores más cercanos y la irregularidad del suministro de pica.
Por qué Oriente Medio
La elección del destino no es casual. El Golfo Pérsico importa casi toda su comida. Sus cadenas hoteleras, restaurantes “gourmet” y aeropuertos trabajan con catálogos globales en busca de productos diferenciados.
En teoría, La Palma encaja:
- Quesos ahumados con denominación de origen.
- Fruta tropical de clima suave.
- Plátano liofilizado, con potencial como snack saludable y duradero.
El reto no es la demanda, sino llegar con un precio competitivo y un suministro regular.
Qué significa liofilizar
La liofilización es una técnica que seca la fruta en frío. Primero se congela, luego se baja la presión y el agua se evapora sin pasar por el estado líquido. El resultado: rodajas crujientes, sabrosas y estables durante meses.
Es un proceso ideal para snacks, pero también muy caro. Requiere mucha electricidad y ciclos largos de trabajo. En un contexto de precios eléctricos volátiles, el riesgo es evidente: cuanto más suba la luz, menos rentable será el producto.
A esto se añade la logística: el plátano viajaría desde La Palma hasta la Península para ser procesado, y después, ya transformado, hasta Oriente Medio. Es decir, dos viajes por cada kilo, lo que encarece el producto y alarga los tiempos de entrega.
La doble logística
Cada eslabón suma céntimos al kilo final: barco, camión, manipulación, procesado, envasado y de nuevo transporte marítimo. Frente a competidores como mango filipino, dátiles saudíes o banana chips asiáticas, el plátano palmero carga con una mochila pesada.
Además, implica stocks altos, menos flexibilidad y más riesgo de pérdidas si la demanda no es estable.
La incógnita del suministro
El sistema de pica no garantiza un flujo constante. Algunas semanas hay retiradas masivas, otras apenas unos miles de kilos. Para mantener un suministro estable a los distribuidores, podría ser necesario recurrir también a plátanos de calidad baja que hoy llegan al mercado de fruta fresca.
Paradójicamente, esto podría ayudar a mejorar los precios del resto de la fruta, al retirarla de la oferta principal. Pero también supondría redibujar el sistema actual.
El precedente del Frutín
El entusiasmo actual recuerda inevitablemente a un intento anterior: Frutín.
En 2011, el Cabildo inauguró en El Paso una planta para transformar excedentes de plátano en pulpa y deshidratados. Se invirtieron más de 1,2 millones de euros, se compró maquinaria y se hicieron pruebas exitosas en 2013.
Pero el proyecto se atascó. Las Organizaciones de Productores de Plátano no quisieron asumir la gestión, el Cabildo no encontró socio privado y la planta quedó parada. La maquinaria, sin uso, se deterioró con los años. La prensa local lo bautizó como “la historia interminable”.
La lección fue clara: no basta con invertir en equipos; hacen falta gestión, gobernanza y mercados asegurados.
Qué puede salir bien
En un escenario optimista, el plátano de pica encuentra una segunda vida. Convertido en snack liofilizado, se abre paso en Dubái como producto exótico y saludable. No viaja solo: lo acompañan quesos ahumados y packs regalo que cuentan la historia de una isla volcánica.
(El vino, si acaso, haría escala únicamente en los aeropuertos y hoteles para turistas, donde sí se permite levantar una copa; en el resto de los lineales no tendría cabida).
Llegan contratos con mínimos de compra que aseguran estabilidad y volumen. Parte del procesado regresa a la isla, con energías renovables que reducen costes y generan empleo local. La marca “La Palma” se consolida como sinónimo de calidad.
El resultado: menos desperdicio, más ingresos y más empleo.
Qué puede salir mal
Los riesgos también son claros:
- Que el precio final quede muy por encima de lo que el mercado está dispuesto a pagar.
- Que no se logren contratos estables y solo haya pedidos puntuales.
- Que todo quede encerrado en la liofilización, sin explorar tecnologías más baratas como el secado al aire o la osmodeshidratación.
- Que las Organizaciones de Productores de Plátano decidan mantenerse al margen, como ocurrió con Frutín.
Sin apoyo del sector, cualquier iniciativa corre el riesgo de quedarse sin gestor y paralizarse.
La competencia de Oriente Medio: ¿con quién nos medimos?
Un aspecto clave, a menudo olvidado, es que Oriente Medio también produce plátanos. Aunque no son líderes mundiales como Ecuador, Colombia o Filipinas, varios países de la región han desarrollado plantaciones que abastecen a sus mercados internos.
- Egipto es el mayor productor de la zona, con alrededor de 1,3 millones de toneladas anuales. Sus plátanos, cultivados en el valle del Nilo, se consumen casi íntegramente en el mercado interno, aunque parte llega a países vecinos.
- Arabia Saudí produce en torno a 30.000 toneladas al año, principalmente en plantaciones del suroeste (Jizan).
- Omán y Yemen también cuentan con producciones, aunque más modestas, destinadas casi en su totalidad al consumo local.
¿Y Canarias? La producción ronda 400.000 toneladas al año, pero con un modelo muy regulado y orientado al mercado europeo.
La comparación es reveladora:
- Canarias produce menos que Egipto, pero con estándares de calidad y certificación mucho más altos.
- Arabia Saudí, Omán o Yemen producen volúmenes reducidos, insuficientes para cubrir su propia demanda.
- El Golfo importa masivamente bananas de Ecuador, Filipinas o la India, a precios muy competitivos.
La pregunta es: ¿puede Canarias competir allí?
La respuesta depende de la estrategia. En precio, no. Egipto o la India siempre tendrán ventaja. Pero en segmentos “gourmet” o diferenciados, sí. La clave no es sustituir a las bananas que llenan los supermercados, sino colocarse en los nichos de alto valor: hoteles, aerolíneas, duty free, tiendas especializadas.
En esos espacios, la historia de La Palma —volcanes, clima único, tradición agrícola— puede marcar la diferencia frente a la simple banana anónima.
La transparencia pendiente
Los expertos insisten en que la única forma de medir el éxito es con indicadores claros y públicos. No bastará con fotos en ferias: habrá que mostrar cuántos contratos se cierran, qué volumen se vende, a qué países llega la fruta y cuántos empleos se generan en la isla.
De no hacerse, la operación corre el riesgo de quedar atrapada en la opacidad: un proyecto del que solo se conozcan titulares.
El desenlace, dentro de dos años
El Cabildo ha fijado un horizonte de 24 meses. El objetivo es que, al cabo de ese tiempo, pueda mostrarse una curva de aprendizaje clara: contratos firmes, ventas estables y márgenes suficientes.
Si el proyecto logra consolidar canales sólidos en dos o tres países del Golfo, con empleo local en alguna fase del procesado, podrá considerarse un éxito. Incluso si durante el camino se detectan ajustes necesarios, la experiencia servirá para orientar mejor las estrategias: optar por procesados más sencillos, explorar mercados más cercanos o diversificar productos.
En cualquier caso, el proceso permitirá aprender, corregir y avanzar.
Epílogo
A media mañana, en una empaquetadora de plátanos de La Palma, el ritmo es mecánico: selección, cintas, etiquetas. Y, al lado, una pila de cajas con un destino menos claro. Es el plátano de “pica”, el viejo dilema del sector canario.
La incógnita es si, esta vez, la historia tendrá un final diferente: si de esas cajas saldrá un simple residuo… o el inicio de una ruta que lleve el nombre de La Palma hasta Dubái.
Claves de la comparación para la tabla.
- Egipto es el gigante regional: produce más del triple que Canarias, aunque su fruta rara vez sale al mercado global por destinarse casi toda al consumo interno.
- Arabia Saudí, Omán y Yemen tienen producciones pequeñas, insuficientes para abastecer a su propia población.
- Canarias produce menos que Egipto, pero con un sello de calidad diferenciador y con certificaciones que le permiten acceder a mercados más exigentes.
- El Golfo Pérsico se abastece sobre todo con bananas importadas de Ecuador, India o Filipinas, mucho más baratas y abundantes.
Conclusión: Canarias no puede competir en precio con Egipto o India, pero sí en segmentos de valor añadido (snacks saludables, productos gourmet, aerolíneas, hoteles y duty free), donde cuenta más la historia y la marca que los kilos.