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La policía de La Palma

Nunca pensé que diría esto. Pero lo digo. La Policía Nacional de mi isla es una muestra más de que los ciudadanos tienen a veces lo que necesitan: buenos vigilantes y mejores personas responsables de su seguridad y su protección.

Yo vivo en una ciudad pequeña, de calles pequeñas y empedradas. La ciudad se llama Santa Cruz de La Palma. La ciudad tiene casas de colores, plazas, una iglesia grande, un muelle con barcos también muy grandes, quizá demasiado grandes, un puerto con barcas de pesca, pescadores y mucha más gente que va y viene del mar a las calles y de las calles al mar. Así de sencillo. Al final de la ciudad hay un barranco y poco antes de llegar a él hay una alameda sin álamos, una tienda de dulces y más abajo una comisaría con las ventanas pintadas de rojo. Hace pocos días fui a poner una denuncia. La gravedad del asunto me hacía sentir mal, apesadumbrada y triste. Siempre esa tristeza mía que a nadie cuento y arrastro por dentro. Pues bien, llegué a la comisaría y entré. Me senté en un sillón y esperé. No había nadie en el pasillo, sólo unos carteles sobre violencia de género, paneles informativos delante de las distintas puertas y un silencio raro, ese que uno teme cuando entra en un hospital, un ministerio y cualquier otro lugar donde los ciudadanos de a pie se sobrecogen y piensan que nada bueno puede ocurrirles detrás de sus muros.

Me dicen que pase. Entro en una sala rectangular. Un policía entorna las contraventanas para evitar el sol que entra a raudales. Luego se sienta y me sonríe. Me sonríen los dos. El más joven y otro que está de pie, alto y corpulento. Me siento en una silla delante del policía parapetado detrás de un ordenador y comienzo a declarar. El policía muy rubio, muy serio y muy joven comienza a escribir en su ordenador. El otro policía de paisano va y viene de una mesa a otra escuchando mis palabras. Escucha lo que digo y aclara al más joven la situación por la que estoy allí. Parece que lo sabe. Me mira y vuelve a sonreír. De pronto, noto algo. Sé que me están ayudando. Sé que me oyen de verdad, que por primera vez en treinta y siete años alguien me escucha de verdad; que aquello no es un trámite más. Reconozco en sus tonos de voz el interés y la preocupación. El más joven me mira de vez en cuando como si me pidiera excusas por el interrogatorio; como si algo le conmoviera por dentro; como si tuviera el temor de herirme al hacerme algunas preguntas. Y una, educada a fuerza de prejuicios, informaciones o experiencias negativas con la policía en general, siente que se le derrumban los esquemas.

La brutalidad, la desconsideración, la agresividad que hemos juzgado durante años se ha ido por aquellas ventanas entreabiertas por donde entra el sol a pedazos sobre expedientes y cuartillas que están esparcidas por las distintas mesas de una pequeña sala de la comisaría de una ciudad pequeña de una isla misteriosa situada más al oeste que cualquier otra isla del mundo y que en ese momento navega solitaria mar adentro. En esa sala hay una mujer sentada delante de dos policías hablando del dolor y la desesperanza con el alma abierta de par en par. Y ellos la escuchan con respeto, con la paciencia y el afecto que el dolor necesita. Tres veces he declarado en una comisaría. Una en Madrid, año 1958. Puerta del Sol. Cuando acabaron de interrogarme me invitaron a café con leche y unos churros. Siempre lo he contado como si yo fuera una heroína salvada de las garras feroces de la injusticia por algún ángel benefactor. La segunda vez fue en Chamartín, Madrid de nuevo, año 1983. No me hicieron caso; no tomaron nota y me trataron con cierta displicencia y mucha incredulidad. Vomité al llegar a casa y juré no volver a decir nada sobre el tema y menos en una comisaría. Esta ha sido la tercera. Día 5 de enero, víspera de Reyes, en la isla de La Palma. Y al terminar el interrogatorio salí a la calle con la sensación de haber sido atendida con mimo y cuidado.

Nunca pensé que diría esto. Pero lo digo. La Policía Nacional de mi isla es una muestra más de que los ciudadanos tienen a veces lo que necesitan: buenos vigilantes y mejores personas responsables de su seguridad y su protección. Ellos, en mi caso, tienen un nombre: se llamaban Isidro el más joven y Carmelo el inspector. Y como colofón añadiré que a los dos días recibí una llamada del Comisario Jefe, José Luis Gutiérrez Redondo, para preguntarme si todo había ido bien y me deseaba suerte en el Ministerio de Justicia a donde iba dirigida la denuncia y a donde habían enviado la documentación requerida.

Desde aquí, desde esta Calle de Atrás desde la que se me permite opinar sobre lo divino y lo humano, quiero hacer llegar mi agradecimiento más sincero a todos ellos. 

Elsa López

11 de enero de 2020

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