San Martín: el vino nuevo en La Palma y su tradición europea
La fiesta de San Martín de Tours (11 de noviembre), santo de origen panonio, constituye en La Palma, como en gran parte de Europa, el rito de paso entre la cosecha y el invierno. No es una fiesta religiosa al uso, sino una fiesta pagana y popular que celebra la llegada del vino nuevo. Su conmemoración marcaba, en tiempos pasados, el pago de renta del diezmo de los parrales, arrendamientos agrarios de la viña, envío de limosnas de vino a monasterios y parroquias, etc. Es una de las distinguidas fiestas de bisagra del calendario agrario europeo, un rito de paso colectivo que marca el final de un ciclo y el inicio de otro.
La naturaleza entra en letargo. Se acaba la cosecha, se cierran los campos. La comunidad necesita ritualizar esa muerte temporal para asegurar el renacimiento. No es casual que en toda Europa central y atlántica San Martín coincida prácticamente con las fiestas de los Finados.
San Martín es una festividad paneuropea de transición otoño-invierno, y se inscribe en una koiné festiva europea denominada Martinmas. Lo más importante es el paralelismo vitivinícola: toda Europa celebra el vino nuevo a mediados de noviembre. Así, en el norte de Europa se celebra como Martinstag: en Alemania y Austria los niños desfilan con farolillos recordando el hecho en que Martín de Tours, soldado romano, compartió su capa con un mendigo. En Francia es la fête de la Saint-Martin, el caso más famoso es el Beaujolais Nouveau, que se celebra el tercer jueves de noviembre, y en el sur de Europa coincide con el Magusto, gallego-portugués, en Italia con la Festa di San Martino o en Cataluña con la castanyada: castañas, fuego y vino nuevo. La misma tradición se da el día de San Andrés en Tenerife, con el arrastre de tablas y cacharros.
Su representación plástica más célebre es El vino de la fiesta de San Martín, de Pieter Bruegel el Viejo, conservado en el Museo Nacional del Prado, desde 2010. Aunque la escena es flamenca, la etnografía es idéntica a la palmera: en el centro, un gran tonel rojo elevado sobre un andamio del que bebe una multitud de casi cien figuras en una bacanal campesina; al margen derecho, casi inadvertido, San Martín a caballo partiendo su capa.
La literatura europea ha mantenido vivo el doble motivo de San Martín como santo de la caridad y del vino. El refranero castellano lo codifica: «A todo cerdo le llega su San Martín», aludiendo a la matanza otoñal que coincidía con la cata del mosto, y al proverbio italiano: «A San Martino ogni mosto diventa vino (por San Martín todo mosto es buen vino)», y que también Miguel de Cervantes lo recoge en El Quijote al hablar de las matanzas de noviembre.
La tradición, introducida en La Palma por colonos portugueses, de la isla de Madeira, en el siglo XVI, según documenta la historiografía local, consiste en la Jura de la Pipa: la perforación ritual del barril para estrenar el vino nuevo, es acompañada de castañas asadas, carne de cochino, queso y parrandas. En Madeira se celebra igual: el São Martinho el 11 de noviembre, con magusto, castañas asadas, jeropiga, água-pé y el estreno del vino.
La tradición oral palmera, recogida por Antonio Carballo, dice que «las parras de malvasía llegan a La Palma procedentes de la vecina isla de Madeira en torno al año 1500». Lo confirma la documentación: el primer contrato con la grafía malvasía, en La Palma, es de 1555, ante el escribano Domingo Pérez, publicado por Luis Agustín Hernández Martín, donde se arrienda «un pedazo de tierra de viña de valmasia que en la viña está». El vocabulario lo delata: en La Palma llamamos vidueños a lo que en Madeira llaman castas. Son las mismas: malvasía, gual, verdello, bastardo blanco, bastardo negro.
Así, la pequeña Jura de la Pipa palmera no es una costumbre folclórica aislada: es la versión atlántica y volcánica de un rito europeo milenario, no es una costumbre folclórica aislada, sino la pervivencia atlántica de la fiesta que Bruegel pintó en Flandes hace cinco siglos: el momento en que, acabado el trabajo del campo, la comunidad celebra la transformación del mosto en vino y, a través del gesto de San Martín, recuerda que la abundancia debe ser compartida. El vino no es alcohol, es sangre simbólica de la tierra que, al ser bebida colectivamente, transforma una crisis ecológica —la llegada del invierno— en un acto de cohesión social.