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La cabra y el baifo

2 de septiembre de 2026 13:06 h (Hora canaria)

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La cabra es la mejor amiga del hombre, y de la mujer. Diría que de la humanidad entera. Es pequeña, suave, peluda, tan blanda por fuera que dan ganas de comérsela. No muerde ni ladra, ni caga ni mea en las calles, lo hace en su espacio alpendre. Es tan discreta que no entra en los supermercados ni en casa con las patas sucias. Es muy respetuosa y conoce sus límites. Sus dueños también. Por eso y por mucho más, es una mascota ideal, la puedes poner en la azotea o en el balcón, porque solares ya no quedan. En la azotea en que nací había cabras que nos daban leche. Era un bicho cercano y necesario, sus funciones estaban muy claras. Es cierto que algunas veces se comían la ropa y los periódicos y cartones, y dicen los entendidos (Juambi) que es muy temosa, un poco incordia y envidiosa. Pero salvando eso, rentaba mucho. Hoy no se venden puñados de alfalfa en las tiendas, y el pienso está muy caro, sin embargo, el precio del queso y su carne compensan. Es verdad que erosiona mucho el terreno, pero en su defensa he de decir que la cabra es una persona cariñosa, calentita, seria y honesta, sabe escuchar y no molesta al vecindario. Sus hijos, los baifos, son muy educados, aunque brincan de vez en cuando, propio de su tierna, muy tierna edad.

En navidad, era tradición canaria comer baifo, hasta que cayó en desuso porque aparecieron los supermercados con sus neveras y langostinos congelados de diverso tallaje que ganaron muchos adeptos. La televisión nos mostró lo que comían otros pueblos y decidimos, cual imbéciles, que lo de fuera era más elegante, más distintivo, menos rústico. Luego vino el cóctel de gambas. Tal fue el descrédito de nuestros animalitos que hasta un militar nos quitó el nombre de Puerto Cabras, y hoy nadie es capaz de restituirlo. Cobardes. Tan canarios que son para unas cosas y tan cobardes para otras. Por cierto, la Legión no tiene cabra, sino carnero. En fin, tanto fue el desuso que hasta la palabra baifo quedó en el ostracismo. Por eso, quienes nos partimos la cara defendiendo nuestras palabras para nombrar nuestras cosas, hoy, tenemos que agradecerle a Quevedo, el cantante, la popularidad entre el piberío de este concepto-guanchismo superviviente.

El fracaso global promueve el kilómetro cero, pero ello comporta aceptar las condiciones de su producción y elaboración, sus residuos y sus olores. El ganado caprino desprende olores de kilómetro cero y su aroma se transforma, con el paso del tiempo, en identidad impregnada. Y aunque eso ya gusta menos a los grupos refinados, tendrán que embriagarse del mismo. Los olores del campo no proceden solo de las flores. Sobre todo, cuando el tiempo cambia de sur y transporta cálidamente el aroma del estiércol de cabras, machos y baifos de la ladera y lo esparce por toda la vega.

Es tan entrañable y llamativo su inigualable olor, que estoy convencido de que algún día algún colono blanco, de esos que llaman residentes y que pagan por pasear cabras y susurrarle a la oreja, comercializará una colonia de cabra. Y dirá que tiene unas propiedades mágicas que te transportan al pleistoceno prehispánico, al verdadero tiempo auténtico que la intrépida curiosidad turística ansía. Esta colonia de cabra incorporará un valor añadido de diseño ecopijo, medio extravagante y estrafalario, con un toque autóctono pero bohemio desenfadado para atraparte en verano. También dirá que la colonia de cabra la inventó él, pero no es cierto; la tengo patentada yo. Y pelearé en los tribunales por su denominación de origen. Se llamará eau de cologne de chèvre.