Comiendo de la dudosa luz del día
Hay autores que casi lo único que tienen son buenos o bonitos títulos. Por ejemplo, Ortega y Gasset, con la habilidad de no responder casi nunca a los contenidos del libro: a eso le llaman hoy, los cursis, gestión de expectativas. Un pionero en ese hacer fue Cela, de cuya novela La colmena se cumplen setenta y cinco años. Pero este artículo no va de ese señor, hoy olvidado en exceso, ni por el título que da pista de su primer libro, un poemario. Va de la miseria: tampoco.
La hija de un compañero filósofo y barcelonés, desfiló el día 12 al frente de un batallón de infantería por el paseo del Prado de Madrid. Ya es coronela, o algo así. Mi compañero, y amigo, lloró de emoción y de tristeza, no es la primera vez, todavía se pregunta qué hizo mal para que sus fueros rebeldes de los ochentas dieran lugar a tal metáfora de la revolución.
Tampoco estaba en la ecuación que se fuera Xose Manuel Beiras. Ni en la ecuación de estos días ni en la del conocimiento discontinuo que padecemos. Se fue, sin más. Se merecía bastante pero de sus tempestades los medios solo reflejan procacidades y griterío.
Con tristeza también, y mucha, Irene y Marta, fundadoras de diversos empeños de izquierdas de este país, en Galiza y en Catalunya. Entienden demasiado bien lo que está pasando para garantizar un estrepitoso fracaso. Para que no falte de nada, se nos pone enfermo León, el Papa, que había resultado simpático en su visita a España: que sea leve. Porque seguro que alguien debe estar frotándose las manos y preparando sustituto.
Y me dice Irene que no me espante con las afirmaciones patrióticas relativas a Ceuta, y a Melilla: no hay otra forma de hacer tonterías de ese tipo.
Si no fuera por el calor sofocante, estaríamos deseando otro verano. Le propondría una jornada particular, de baño, en Doniños (Coruña), con el biquini verde de hace dos temporadas o con el nuevo de esta, azul y blanco, de una prestigiosa marca francesa, a juego con chancletas, sombrilla, pañuelo y bañador masculino. Me lo empaquetaron sin dificultad y con primor, en una hermosa tienda de la rambla de Catalunya barcelonesa, no diré el número porque me localizarán seguro todavía en ella: es para quedarse.
Si no es Doniños será Carnota, más ventosa. Me dice una persona que por qué llevo semanas citando playas gallegas. No tengo explicación, va con el aire del tiempo y el espíritu y el alma de la historia, muy trastocadas en estas fechas y dignas de rehabilitación por un Hegel cualquiera. Ánimo.
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