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Cosicosas, otras dudas, Beatriz, y la gallina

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Hubo un ser al que le cabía el Estado en la cabeza: eso le dijo Felipe (González) y se lo creyó. El ser era Fragabarne, que se negaba a reconocer la galleguidad de mi apellido. Se lo contaba el sábado a Beatriz, ovetense y abogada, experta en Javier Marías –que ya es ser experta- pero no me creyó, se fue a cenar o a no sé qué y me olvidó en una calle de Argüelles para siempre jamás, que diría Guillermo Brown.

Al de Villalba le cabía el Estado y algunos estados más. Llegó a decir, nadie quiere recordarlo, que las autonomías deberían asumir todas las competencias menos exteriores y defensa. Qué pena que nadie le hiciera caso, ni Felipe (González), ni (Aznar) López. “Eso precisa un anaglifo”, me dice el ectoplasma de Durruti vuelto a estos lares. Estoy con él aunque nunca añoré tanto como ahora a Pepín Bello y a toda su cuadrilla. Extraordinario estar en la Residencia de Estudiantes y no llorar. “¿Sabias que Zenobia Camprubí nació en Malgrat de Mar?”, me dijo la rubia al final de una clase. No, no lo sabía y así me fue. También se lo conté a Beatriz sin Dante, y lo anotó en su libreta que no llevaba. Con su pedrolo de Sargadelos, lucido sin ostentación pero con soledad en la mano, me señaló unas sillas y varios libros. Compré ambos y estoy a la espera de un encargo patrio.

Como dirían los rolling estones, “dame cobijo”, de una vez, digo yo, pero no hay remanso. El día empieza de nuevo con exigencias y no me propongo emular a los clásicos. Ni citarlos. Estoy de vuelta con Machado y renovado con Hernández. Casi bruno con Serrat, y un poco dolido con los amantes y los enamoramientos. “Así resultas de inquietante” me dice Durruti en una construcción difícil. “Poco de mí hay en eso” podría decirle, mas no. Te espero en el paraíso se titula uno de mis cuentos más notables, y eso que el paraíso era un bar. No sé si ella me espera en algún sitio pero yo sí y en cualquier parte, que escribió Pedro Salinas, un gran olvidado, quizás porque su hijo le usurpó la posteridad resabiada.

En los callejones, y más en Argüelles, hace frío, como en la canción de Vega o de otro, no lo sé. Hay tiempos dulces y tiempos para preguntarse qué hacemos aquí, y este es uno de ellos: es gratis insultar, es gratis recibir insultos, es gratis enamorarse en las esquinas y olvidarse en la siguiente. Pasa siempre: cuando te crees un fauno eres una piedra, colofón de anaglifos, estertor de una vida sin colmar y repleto de una chica compacta de las Tablas. Será posible.

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