El Decreto Canarias y el cuento de la vieja majadera
Mi abuela Marusa, cuando fui niño, me sentaba encima de sus acolchadas y tiernas posaderas para contarme los tradicionales cuentos infantiles con las que pasábamos interminables e inolvidables ratos y relatos en aquellas embrumadas tardes de la la Villa de Valverde en las que no se podía salir de casa.
Había uno de esos cuentos que me fascinaba de manera especial, sobre todo porque me hacía reír por su sencillo y repetitivo contenido. Era el cuento de la vieja majadera que siempre empezaba y seguía por: “¿Quieres que te cuente el cuento de la vieja majadera?”, y así sucesivamente hasta que le decía: ¡para ya!
Abuela Marusa fue una mujer muy adelantada a los tiempos que le tocó vivir. Crió a sus cuatro hijos, incluida mi madre, con los pocos recursos que le aportaba una humilde recova en la que vendía ultramarinos. Estaba situada en los bajos de la casa que hoy es de los herederos de Fernando Zamora el Rubio y Lola Galán, en la calle de la Balaustrada. La recuerdo como una mujer trabajadora, luchadora, constante y generosa, pero sobre todo con el coraje de no decaer, y con la intuición y experiencia de distinguir el bien del mal, o la verdad del engaño.
Posiblemente aquel cuento matraquilla de la vieja majadera era una manera de exteriorizar su modo de vida o sus sentimientos, o mejor, hacernos finalmente enfadar con aquel relato repetitivo para que nos diéramos cuenta de que en la vida no todo eran risas y fiestas.
Todo esta introducción viene a cuento del famoso Decreto Canarias, que más que una realidad a lograr es como aquel cuento de la vieja majadera que llevo oyendo desde hace casi casi cuatro décadas en las que mi trabajo ha estado relacionado con la Administración Pública. Por lo tanto, para alguien que ha vivido con conocimiento de causa la realidad de la isla de El Hierro, su desarrollo, sus carencias y penurias; resulta gracioso que, como suele ocurrir en todas las precampañas electorales, se acuerden ahora y de nuevo de las islas “menores”, (no las nombro periféricas porque sé que este calificativo les molesta más a quienes nos gobiernan): no se cortan ofreciendo una serie de batería de acciones con el objeto de sacarnos del aislamiento y con ello lograr esa rimbombante frase con la que nos entretienen ahora, la de la “cohesión territorial”.
Los herreños hacemos honor, con orgullo, de nuestro símbolo botánico, la sabina. El tiempo nos ha moldeado, nos ha enraizado a la tierra. La sabina no necesita a estas alturas lluvias milagrosas que nunca caen, pertenece a una especie autóctona caracterizada por la supervivencia, y espero que no la cataloguen, como la tunera, invasora, después de haber matado tanta hambre en Canarias. Tampoco la sabina necesita cuidados especiales, han sido los años, los alisios y el silencio de La Dehesa los que la han hecho crecer, reproducirse y morir. Por lo tanto, ya estamos acostumbrados a sobrevivir con lo poco que hemos contado.
De verdad, los que nos ofrecen este pack descuento de medidas, proporcionalmente tan excepcionales como utópicas, que van desde las bonificaciones fiscales del 60%, pasando por el abaratamiento del transporte de mercancías, línea aérea OSP entre El Hierro y La Palma, rutas marítimas para las Islas Verdes, será por lo que ha llovido ahora, porque en verano son las islas del secano y de las crisis hídricas… ¿son conocedores del abandono al que nos ha sometido los gobiernos central y el autonómico durante décadas, por no trasladarme a la época de “Isla Adoptiva”, cuando Franco así nos bautizó para distinguirnos, logrando que no llegaran ni las perras de Madrid ni de Canarias?
El Hierro demandó mucho para llegar hasta aquí, y siempre fue la cenicienta de Canarias, resignada a esperar a la hada madrina que la sacara de la oscura habitación, la maquillara y la vistiera con las mejores indumentarias para lucirla en todo su esplendor. Ahora, parece que a un año y algo para las elecciones, a los herreños nos quieren sacar a bailar como si El Hierro fuera la isla princesa más bella del Universo.
Faltaría más que rechazara una oferta tan ventajosa como que me descuenten un 60% del IRPF en mi declaración de la renta; que me facilitaran desplazarme directamente a La Palma sin pasar por Tenerife para ir a ver a mi familia; que cuando me mandaran un paquete de Tenerife no me costara 15 euros sino la mitad o menos..., pero ese cuento de la vieja majadera después de cuarenta años es repetitivo, es cansino, es una milonga, es una tomadura de pelo más a la ciudadanía y es una oda inconsistente a la insularidad compasiva a la que tanto nos hemos acostumbrado.
Y mis reflexiones no deben verse como una crítica en exclusiva a los partidos que gobiernan actualmente, también otros que gobernaron y están hoy en la oposición nos contaron el mismo cuento de la vieja majadera. Sin renunciar a las atrayentes prebendas del Decreto Canarias, la realidad es que El Hierro, desde mi punto de vista, tiene otras prioridades. Falta de suelo residencial, comercial e industrial para desarrollarse y ausencia de vivienda pública, con lo cual a la escasez del suelo se une a su encarecimiento y el alto precio de los alquileres. También la imposibilidad de crecimiento de una isla, la cual no nos engañemos, contiene las dos eses de sostenible y sostenida, una contradicción si aspiramos a ser un territorio autosuficiente.
A fecha de hoy nuestros hijos e hijas se nos marchan a estudiar y no vuelven, y eso supone un presupuesto extra para todas las familias. Algunas no pueden afrontar los estudios superiores por falta de ayudas públicas, residencias de estudiantes y encarecimiento de los alquileres de los pisos universitarios. Vemos un panorama desolador que, junto a la infraestructura educativa caduca y obsoleta, nos da a veces ganas de decir “cierra la puerta al salir” que ya nos vamos nosotros también.
Sería muy largo y cansino, como el cuento de la vieja majadera, relatar el plan de necesidades actuales y futuras de El Hierro, pero créanme que El Hierro precisa no de discursos virtuales en redes sino soluciones reales a sus carencias. Esta isla no necesita maquillajes ni piropos, sino atención, acción y solución a sus problemas cotidianos. A veces parece que somos moneda de cambio, me explico: se proponen para que alguien diga no y así seguir con sus peleas partidarias y partidistas.
El cuento de la vieja majadera, junto a la foto o vídeo de rigor, se ha convertido en una rutina inconsistente y poco creíble de la política en general, y entre ellas en la del “modo canario”. Bromas aparte y siempre las justas, los decretos, como el de Canarias, pueden ser la ilusión, nunca la solución a los problemas actuales de El Hierro.