Al día siguiente de la convocatoria, electoral
Desde la punta del noroeste: no hay ex que supere un mal paso, ex de lo que sea, normalmente de la vida: ella se va a presentar, él también, no pienso votarles porque uso mis auriculares Apple último modelo, regalo de mi Hijo, que me aíslan del mundo y de sus pompas. Incluso en el tren, cuando para en ese falsa finisterrae que es Santiago, y sube la turbamulta. Ahí escuché algo tenebroso de una peregrina atractiva: “me siento tan sola que tengo miedo de mí misma.”
Me había apostado unos pesos con mi cojo de preferencia, Alonso Alonso, a que no, a que no a las elecciones anticipadas o anticipaditas. Perdí, con lo cual tengo que volver para pagar y para que Goretti nos haga unas tortillas de patata –sin cebolla, por supuesto- con un buen Mencía escanciado en tazas de barro. Eso suele ocurrir en el bario de Elviña, no sé llegar muy bien. En mi ciudad, me sacas de la Vella y de Pescadería, mi barrio, y solo llego a la plaza de Vigo. Cuando Ella leía esto casi anticipadamente no había sorpresas con las elecciones, ni con los turistas de sobreoferta, estaban apañados. Se sentía una privilegiada, y lo era hasta que lo menosprecio porque no había más euros. Es triste que la vida se cambien por un plato de lentejas.
En el tren sobran, todos sobramos. Hay un entrenador con pinta de jugador de fútbol italiano, o de entrenador, da igual, acabará pegándonos.
Maldigo la sobreoferta humana, detestable, demasiado humana, detestable, cuando revierte en pasajeros, han dejado la tranquilidad en el andén, junto a la vieja caseta del jefe de estación. Por eso tenía y tiene razón Alonso Alonso: a la calle que ya es hora, nos animó la noche del sábado, cuando abandonamos los salones del Hotel Finisterre de Coruña, los últimos de Filipinas, los últimos de la promoción del colegio marista que estaba en el centro, sí, cerquita de mi casa y de la de Esperón Portela, desde donde veíamos pasar a muchas futuras y bellas mujeres, alguna ahora en decadencia, como supe ese mismo día.
Alonso Alonso tiene razón, desde que, muy pequeñito, se hacía cargo de su hermano Fernando en las piscinas de la Hípica. Un Sánchez imberbe quiere recuperar lo irrecuperable: la ilusión, pero a los nietos y nietas, no les van a dejar votar. Y en el mientrastanto, algunos ex, cómo no, tocando las campanas ante los peligros que acechan, a la puñetera y anacrónica monarquía, a la imperfecta democracia, a la guerra en la que nos metió un tal López sin que nadie nos hubiera llamado: es el único de aquellas acémilas de las Azores que sigue sin reconocer su culpa. Es lo maléfico de los ex, lo mefistofélico de las ex: nunca avisan hasta que sobreviene la catástrofe, su catástrofe.
Ahora, desde este tren, estoy en la Lanzada, la playa infinita, con la baronesa de Segurilla de toples, y Mayte tampoco. Como dice Michi Panero al final de El desencanto, esa película en la que se dicen tantas cosas, casi todas las cosas, pero en el comisionado de los cincuenta años de expresos europeos todavía no se han enterado, “!éramos tan felices¡” pero no nos dábamos cuenta, le faltó decir.
Con el convencimiento de una derrota, y el maltrago de una esperanza, estoy dispuesto a combatir contra los mesetarios molinos de la ultraderecha. Hasta el 29 de noviembre. Una autopista para la peor nochebuena.
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