Espacio de opinión de Canarias Ahora
¿Existe la gente normal?
Esta pregunta puede parecer incómoda, extraña, inoportuna, innecesaria o sencillamente incontestable categóricamente hablando. Dependiendo a quién preguntes y también de los argumentos que la acompañen, la respuesta será o no afirmativa.
Mi respuesta como responsable NEAE (Necesidades Específicas de Apoyo Educativo) de las AMPA es la siguiente:
Sí, claro que sí, existe la gente normal si entendemos por normal a aquellas personas que son capaces de asimilar conocimientos y habilidades dentro de un sistema “normalizado” para personas clasificadas como “neurotípicas”. Este es un sistema de enseñanza y metodologías didácticas preestablecido, diseñado para aprender los mismos contenidos y de la misma manera, dentro de grupos clasificados por edad. Es como si hiciéramos una tanda de galletas, bizcochos, tornillos o bloques de hormigón. Todas las personas son iguales porque están dentro del mismo rango de edad.
Ya hemos marcado el espacio, los límites y las personas que están dentro de esos límites, que son las normales. Este sistema, por cierto, es el que lleva aplicándose hace siglos.
No, claro que no. Existe la gente normal; existen las personas capaces de aprender, asumir conocimientos y habilidades de una forma aceptable (quiere decir que son capaces de superar un sistema de evaluación con al menos un 5 sobre 10) en el sistema descrito anteriormente.
Bastaría con cambiar esos límites y un montón de personas que no están dentro de esa normalidad lo estarían y viceversa.
Para entender y atender todas las demandas que exige la formación, en este momento en que parece que la evolución tecnológica no va a la par del desarrollo humano en valores, se requiere de un esfuerzo emocional, casi espiritual, para que las personas individualmente y luego colectivamente podamos ser conscientes de que no todas las personas aprendemos de la misma manera, ni con los mismos métodos y mucho menos al mismo tiempo.
Supongamos que todo el mundo o al menos una amplia mayoría lográramos ser conscientes del valor que tiene cada persona y de que hay que ayudar más o de otra manera a quien más lo necesita (principio de equidad). Podríamos diseñar sistemas de enseñanza y aprendizaje creados a medida para cada persona, desarrollando al máximo sus potencialidades y sus capacidades. Parece un deseo pueril o una carta a los Reyes Magos, pero es posible aplicando la tecnología (que ya existe) y empleando los recursos necesarios para que nadie quede por detrás, excluido fuera de la sociedad o sin oportunidades.
Que este deseo se haga realidad sólo depende de vencer la mayor de las discapacidades que parece nos afecta: la nula empatía, el individualismo, el egoísmo y la avaricia.
Con demasiada frecuencia, la visión de los que tienen responsabilidades para gobernar y administrar lo público es limitada. Se olvidan de que la educación y la formación son la mejor de las inversiones para construir una sociedad llena de valores positivos que favorezcan el sustento, la autoestima y libertades individual y colectiva.
Impulsemos desde las familias que se lleve a cabo una reinvención/actualización de los sistemas formativos y educativos, para que en la formación y la educación de nuestros hijos e hijas existan verdaderas oportunidades de inclusión y desarrollo personal.