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El fenómeno Quevedo

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Lo de Quevedo no es solo el éxito de un artista canario, sino algo bastante más profundo que trasciende a su música. Con el artista ha nacido un fenómeno cultural que está reconfigurando cómo se mira —y cómo se muestra— Canarias al mundo.

El Baifo ha conseguido plantar una bandera cultural, situando a Canarias en un espacio de visibilidad que históricamente no ha tenido dentro del relato dominante.

De repente, gran parte de la clase política canaria —sin distinción de colores e ideologías— se ha alineado en torno a su figura. No es de extrañar: cuando aparece alguien con alcance global que conecta con identidad y orgullo colectivo, muchos intentan subirse a ese baifo. Pero conviene no confundir el reconocimiento legítimo con la apropiación oportunista de su éxito.

Lo verdaderamente llamativo es lo que ha logrado con apenas 24 años. No se trata solo de triunfar en la industria musical, sino de hacerlo sin diluir su origen. Al contrario: lo ha reforzado.

En su último trabajo, El Baifo, las referencias a Canarias ya no son guiños puntuales, sino una parte central del discurso: desde el propio concepto del álbum —incluido el título— hasta sus letras.

Esa identidad también se traslada a lo visual y lo simbólico. Canarias no es un decorado en su carrera, es parte de su narrativa personal: tatuajes con motivos canarios, referencias culturales, elementos tradicionales reinterpretados… Todo apunta a una construcción consciente de identidad.

Su paso de hace unas noches por el late ight de David Broncano refuerza esa idea. Lejos de caer en el folclore superficial, muestra una canariedad natural, incluso irreverente, tratada con respeto pero sin rigidez. Esa combinación —orgullo sin solemnidad— es probablemente una de las claves de su conexión con el público joven.

Pero hay otro elemento interesante: la forma en que normaliza lo canario fuera de Canarias. No lo traduce ni lo explica constantemente; lo muestra tal cual es, confiando en que el público lo entienda o, al menos, se interese. Ese gesto, que puede parecer pequeño, es en realidad poderoso: desplaza el centro y obliga a mirar hacia las islas sin filtros ni simplificaciones.

También abre una puerta generacional. Muchos jóvenes canarios pueden verse reflejados sin necesidad de encajar en moldes externos. Y eso tiene un efecto contagio: cuando alguien consigue éxito sin renunciar a su identidad, legitima a otros para hacer lo mismo.

Ahora bien, aquí es donde entra la parte menos cómoda: esto no debería quedarse en la celebración de un caso aislado. Quevedo demuestra que hay talento y relato, pero un solo artista no construye una industria cultural sólida. Si de verdad existe ese filón, pasa por apoyar a más creadores, generar estructura y evitar convertir este momento en simple marketing institucional.

Reducir lo de Quevedo a un éxito musical es quedarse corto. Lo interesante está en todo lo que hay alrededor.

Señores, un chance.