La histeria colectiva
Por poco que sea, unas mínimas normas siempre son necesarias. Y son necesarias más por orden mental interno que por ética colectiva. Por ejemplo, ¿por qué hacemos la cama, tras su recomendable ventilación, si en menos de doce o dieciséis horas vamos a volver a desarmarla? o ¿por qué nos esmeramos en lavar nuestro coche por fuera si minutos después será ahumado por la contaminación circundante, si no antes un amable pájaro defeca sobre la chapa impoluta? Pues porque, aunque parezca increíble, el orden reduce el estrés, te da sensación de bienestar y mejora tu productividad. En el ámbito económico, como sucede en otros lugares de nuestras vidas, el orden ofrece garantías y seguridad a la hora de tomar decisiones. De lo contrario es muy probable, por no decir que es un suceso seguro, que terminas por evitar situaciones de penumbra en donde no se tenga claro, ya sea el procedimiento, o el resultado esperado. En otros términos, solo se aceptaría una situación de anomia si el resultado superara con creces los riesgos que se adoptan. En este sentido, hay que tener en cuenta que apostar por una sociedad sin reglas se puede romper la fina línea que separa el orden de la anarquía. Ahora bien, si tan pernicioso es la ausencia total de normas, el inmiscuirse en todos los órdenes de la vida es igual de perjudicial.
Asumiendo que el desarrollo económico y social debe estar sujeto a cierto grado de regulación con la finalidad de ocasionar reducciones en los costes de transacción, esta situación implica otro tipo de inconvenientes, tanto en materia de exceso de preceptos como de su interpretación. Y he aquí el centro de la cuestión como es la claridad interpretativa de las situaciones: si desde un inicio tengo claro los costes y los beneficios, la decisión es plena. Ahora bien, si en mitad del partido me cambian las reglas, se accede a una situación en donde se degradan o eliminando, incluso, por parte de las personas integrantes de una comunidad su respeto. En definitiva, se corre el riesgo de tener la sensación de vivir en medio de una situación carente de leyes, momento en que las funciones sociales se van disociando, sin que entre ellas se establezcan lazos suficientes para organizar al grupo y vincular a sus miembros.
¿Tenemos claro el pleno cumplimiento normativo o tenemos dudas sobre cómo se implementan las regulaciones y cómo se hacen cumplir si tenemos en cuenta que gran porcentaje de las normas existentes pueden ser interpretadas de una forma u otra diametralmente opuesta y, aun así, tener razón? Si no se posee la claridad interpretativa suficiente y se quiere solventar una vicisitud, donde aparentemente había un remedio, aparece un problema. Es decir, apostando por la seguridad jurídica se corre el riesgo de ser inmóvil porque un mal diseño de la producción normativa implica una limitación de los efectos positivos de esta. No obstante, como bien se sabe, la ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento. Sin embargo, en ocasiones, la cantidad y dificultad de la regulación normativa desarrollada y generada por el órgano competente no siempre va correlacionada con el conocimiento y comprensión por parte de la ciudadanía ni de sus instituciones, ofreciendo excesiva complejidad, lo que afectaría negativamente a la eficacia del sistema económico, provocando como arrastre un efecto negativo sobre el crecimiento y el desarrollo de la economía. Y luego vienen las situaciones de histeria colectiva cuando una persona o empresa reside cambiar de residencia porque le resulta mejor, por las razones que sea, ya sean económicas, sociales o simplemente por el clima.