Espacio de opinión de Canarias Ahora
El mono que imita
Todo lo que existe (animales, plantas, minerales, células…) resulta de la imitación de modelos, patrones o referentes, efímeros o eternos. También nos hacemos personas imitando; imitando lo que admiramos o tiene prestigio. Todos aspiramos a ser los mejores del mundo y tener las cosas que más se consideran: ser los más guapos, los más inteligentes, los más graciosos y los más exitosos y tener la mejor pareja, la mejor profesión, la mejor casa, el mejor coche... Por eso deseamos e imitamos lo que consideramos más hermoso, más divertido, más poderoso, más inteligente o más ingenioso. Así, el niño aprende a ser persona y se socializa imitando el comportamiento de los padres y los hermanos en casa, del maestro en la escuela o de los amigos carismáticos en la calle. El joven aprende el oficio a que aspira imitando al oficial que lo tutela en el taller. El aspirante a escritor aprende a escribir imitando a los grandes poetas o a los grandes narradores. El artista aprende a pintar, tallar o danzar imitando a los grandes pintores, escultores o bailarines. Y los hablantes aprenden a hablar imitando a los que consideran mejores hablistas de su comunidad, no sólo en las palabras que usan para referirse al mundo que los rodea, sino también en su pronunciación, tono y melodía. Imitamos la forma de hablar del otro para integrarnos en su mundo social.
Imitar es absolutamente fundamental para que haya equilibrio, armonía y orden. La grandeza de un país está en función del número de modelos científicos, artísticos, literarios o morales que tenga. Y eso, aunque muchos imitados piensen que el imitador les arrebata su “personalidad”. “Papá, Ana me está remedando”, se quejaba mi hija María cuando era niña, sin caer en la cuenta de que su hermana Ana la “remedaba”, no porque quisiera robarle su yo, sino porque la admiraba. O aunque, como nos enseñó Freud, muchos imitadores terminen odiando, negando o “matando” al imitado, sea este padre, maestro o modelo literario o artístico, para reafirmarse y madurar. Muerte lógica y necesaria, porque sólo matando al padre se puede progresar. Lo que es inmoral, perverso y contra natura es devorar a los hijos por temor a que nos devoren ellos a nosotros, como hizo Saturno. El padre revive y se perpetúa en el tiempo cuando lo devora el hijo y se termina muriendo del todo cuando es él el que devora a este, que es el “porvenir de sus huesos y de su amor”, como decía el poeta.
No cabe ninguna duda: el ser humano es un mono imitador. La dialéctica entre maestro (o imitado) y discípulo (o imitador) ha sido y es fundamental para el funcionamiento del mundo. Cuanto más respeto y admiración se profese a maestros, padres, artistas o científicos más grandes y ricas serán las sociedades humanas. Por eso es perversa la mala fama que tienen la imitación y el aprendizaje que de ella se deriva en el mundo moderno, en que el mocoso más inmaduro, ávido de originalidad, va por la vida dando lecciones de lo divino y lo humano al resto de la humanidad, ignorando que sólo después de hacerse con la tradición (es decir, imitando el saber que han creado aquellos que nos precedieron) puede serse original. La originalidad, la verdadera originalidad, no es otra cosa que ampliación de la tradición; o ruptura con ella. De ahí la famosa frase de Eugenio D’Ors de que “lo que no es tradición es plagio”. “No investiguen; estudien”, recuerdo que recomendaba el sabio profesor de Literatura Románica de la Universidad de La Laguna Alberto Giordano a aquellos de sus discípulos que querían ser investigadores antes de haber sido estudiantes, poniendo la carreta delante de los bueyes.
Dicho esto, hay que reconocer, que no todas las cosas que se consideran prestigiosas tienen prestigio verdadero. En realidad, existen dos tipos de prestigios radicalmente distintos: prestigio objetivo y prestigio subjetivo. El prestigio objetivo es “la pública estima de alguien o algo fruto de sus méritos”, como dice la Real Academia. Es el que atesoran las grandes obras literarias, artísticas, sociales, científicas o morales. Todo el mundo está de acuerdo en que la obra literaria de un Homero o un Dante, la pictórica de un Velázquez o un Picasso, la filosófica de un Platón o un Kant, la científica de un Einstein o un Severo Ochoa y la social, política o moral de un Martin Luther King o un Mahatma Gandhi son objetivamente ejemplares o prestigiosas y que, por tanto, merecen ser reconocidas e imitadas por todos. Por el contrario, el prestigio subjetivo es la pública estima de alguien o algo basada en “el engaño, la ilusión o la apariencia con que los prestidigitadores emboban o embaucan al pueblo”, como también dice la citada Academia. No es fruto del mérito inherente a la obra o a la persona de que se trata, sino fruto del capricho, la conveniencia o el interés que una persona o grupo social determinado tiene en ellas.
Es lo que ocurre con el prestigio que suele atribuírsele habitualmente a la forma de hablar de la burguesía (que no hay que confundir ni con la lengua estándar ni con la lengua escrita), presentada siempre como modelo que todos deben imitar si quieren que se les entienda y que no se rompa el idioma. Se trata de una superchería de las clases medias y altas para controlar al pueblo llano. Engañados por este falso prestigio, han caído los canarios no sólo en esa servil imitación puntual de tales o cuales rasgos (“vosotros” en lugar de “ustedes”, “cereza” en lugar de “seresa”, “autobús” en lugar de “guagua”, “canicas”, en lugar de “boliches”, “peonza” en lugar de “trompo”) del habla estándar, sino también en esa patética imitación del habla castellana que traen a las Islas tras pasar una temporada en la Península, realizando el servicio militar, estudiante o lo que sea.
También me viene a la memoria el infame acento mejicano-tejano con que nos deleitó José María Aznar en la famosa reunión de las Azores del año 2003. ¿Por qué cae la gente en esta lamentable degradación? ¿A qué se debe estos serviles remedos? Pues simplemente a un engaño; a un engaño propiciado por un sistema educativo y un estado social perversos. He aquí un ejemplo de hasta dónde puede llegar el falso prestigio; la imitación basada en un prestigio postizo o subjetivo. Porque, hablando en serio, ¿por qué es más prestigiosa el habla de la burguesía que la del pueblo llano? ¿En qué méritos objetivos se basa esa excelencia? En ninguno. El habla de la burguesía no es mejor que la del pueblo llano, sino distinta, porque responde a necesidades expresivas diferentes. Al contrario de lo que suponen los puristas, lo que realmente impediría comunicarse con claridad a pastores, pescadores, marineros o artesanos entre ellos es la forma de hablar de la burguesía, que tiene unos referentes, unas aspiraciones, unas claves y unos fines bastante alejados de los populares. Las hablas populares son formas de hablar adaptadas a las necesidades expresivas del pueblo llano y, por tanto, las que satisfacen sus necesidades expresivas. ¿Para qué necesitan los pastores, los agricultores, los pescadores o los artesanos conocer la jerga de los empleados de la banca, la política, el derecho o el mercado, si su relación con el sistema financiero es nula, porque su cuenta corriente no da para especulaciones mercantiles, su actividad política se limita a votar de forma pasiva cuando los convocan a hacerlo, no suelen tener problemas con la justicia y su trabajo se reduce a su pequeño predio, sea en el campo o en la mar? Sólo cuando aspira a convertirse en burgués tiene sentido que aprenda el campesino la manera de hablar de la burguesía; no mientras sea campesino. Otra cosa es la lengua escrita, que es una forma de expresión que debemos aprender todos, imitando a los grandes escritores del idioma, no a los leguleyos ni a los burócratas de la lingüística, y respetando nuestras naturales formas de hablar. En buena ley, tan legítimos son en la lengua escrita los magua, maresía y jeito del pueblo canario llano como los desconsuelo, humedad marina y habilidad de las clases medias españolas, porque todos ellos tienen el mismo tipo de prestigio objetivo: el prestigio objetivo de permitir entenderse a los seres humanos. Y ello, independientemente de que los segundos gocen de mayor extensión de uso que los primeros.