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Mensaje en una botella

Mensaje en una botella.
21 de enero de 2026 20:35 h

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A veces ocurren gestos extraordinarios en la más rígida cotidianidad. Y digo ocurren porque no se anuncian: corren hacia nosotros, galopan a nuestro encuentro, como una señal. Creo que era una mañana de sábado, o puede que fuera domingo. De lo que sí estoy segura es de que era junio. La noche anterior había celebrado mi cumpleaños en un local del centro y en mi cuerpo ya solo quedaba ese silencio sordo y resacoso del rímel corrido, mientras que en mi cabeza reverberaba con furia la vuelta al café de la mañana, a ese preparar la semana de reuniones y compromisos varios, a la compra en el supermercado más cercano.

Levanté la persiana y salí al balcón, esa breve tajada de cielo que muchos de nosotros veneramos en el confinamiento y que yo llené de carnosas para cuidar, como quien cuida una coartada, para engatusar el encierro al que nos sometieron. Allí, en el suelo y bajo el sol, como un organismo tenso y erguido, había un libro. Era un libro anciano, a punto de desmembrarse. Tenía una gomilla negra alrededor, una gomilla exactamente igual a las que usaba mi hija para recogerse el pelo en dos trenzas. No me extrañé, pues. Me recreé en aquel lazo como si fuera una faja o una pajarita y en ese discurrir por no querer reconocer lo insólito, acusé en silencio a algún profesor excéntrico o a uno de aquellos experimentos habituales que mi hija ponía en práctica con el ánimo, precisamente, de hundir sus manos en la existencia de las cosas. Me acuclillé para observarlo más de cerca: “La culpa ajena”, de la escritora francesa Henri Ardel, editada en 1941. No la conocía. Pero lo sorprendente, lo que ensombreció la extrañeza de encontrarte un libro en tu balcón como si fuera una maceta más era que la culpa, la culpa ajena, estaba boca abajo.

Recordé entonces aquel cuadro de Mondrian que estuvo colgado al revés durante 77 años sin nadie saberlo. Toda una vida patas arriba porque, al parecer, no tenía una firma que ayudara a determinar el sentido de las líneas verticales y horizontales de los colores primarios. Así que la obra “New York City 1”, casualmente también de 1941, se quedó del revés durante muchas décadas. Y ya luego no se pudo enderezar.

Googleé el título: “la novela gira en torno a una idea central: cómo una persona puede cargar con una culpa que no le pertenece”. El libro no lo puso mi hija. Supusimos entonces que alguien –no sabemos quién, no sabemos cuándo, no sabemos para qué– lo lanzó desde la calle y aterrizó, erguido boca abajo y envuelto en una gomilla, junto a mi cactus más lustroso. Al abrirlo comprobé que, en la página de cortesía, en letras manuscritas, alguien había escrito una sola palabra: Desierto.

Qué obsesión, pensé entonces, la de querer ver en todo hecho mínimamente extraordinario una metáfora, leer siempre más de lo que ocurre, forzar el símbolo, exigir una historia escondida. Y como siempre hago, comencé a hurgar en el sentido de aquella imputación: alguien lanzando a mi balcón con evidente pericia –o peor aún, encaramándose en él– las culpas ajenas y que pudiera ser que por eso apareciera boca abajo.

Sorprende que alguien, a estas alturas, se tome la molestia de buscar la calle que figura en un libro, recorra la ciudad y elija, precisamente, mi balcón. Un balcón lleno de carnosas y de cactus donde lanzar una culpa

Abandoné el ejemplar en uno de los muebles del salón y seguí con mi vida. Hasta que, a la semana siguiente, esta vez en la puerta de mi casa, encontré otro libro: Geografía Universal, 1935. A este lo palpé con más cautela, no sé bien si anhelando encontrar la respuesta a las muchas preguntas que llevaba rumiando o con ese resquemor de estar a punto de activar el detonador de algo más grande. Y lo era.

Su página de cortesía contenía una petición: “Si este libro se perdiera como puede suceder, le ruego a quien se lo encuentre que lo sepa devolver en el domicilio, calle Equis, nº 29. Sevilla, 30-3-1940”.

Y una dedicatoria: “Siempre que veas este sincero párrafo acuérdate de tu buena compañera de clase Maruchi”.

La calle Equis es la mía. En el número 29, donde antes hubo una casa, ahora hay un bloque de pisos. La casa de esta historia ya no existe, la borró el tiempo. Sorprende que alguien, a estas alturas, se tome la molestia de buscar la calle que figura en un libro, recorra la ciudad y elija, precisamente, mi balcón. Un balcón lleno de carnosas y de cactus donde lanzar una culpa.

Recordé que desde chica, cada vez que iba al mar, fantaseaba con encontrarme una botella, y dentro, un mensaje escrito por otro, un trozo de vida a millas de distancia. Pero aquel milagro –quizás por trasnochado– nunca sucedió. Sigo yendo al mar con ese ardor infantil, no crean, mirándolo con esperanza por ver si en algún momento arde el prodigio. 

Me digo cada mañana que tengo que buscar al dueño de estos ejemplares. Lo pienso sin mucho detenimiento, como aquel día en el que salí al balcón con una camiseta larga y mis trenzas exudando los efluvios de la fiesta por cumplir años

Ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven —escribió Leila Guerriero en su monumental libro “Zona de obras”— es una forma de trabajo y, creo, un talento de unos pocos privilegiados como ella. Pero también es, pienso ahora, una forma de exaltación. Aquellos dos libros que cayeron del cielo doméstico de mi balcón parasitaron mi sueño infantil y ya no miro igual el suelo, ni los felpudos, ni las macetas.

Me digo cada mañana que tengo que buscar al dueño de estos ejemplares. Lo pienso sin mucho detenimiento, como aquel día en el que salí al balcón con una camiseta larga y mis trenzas exudando los efluvios de la fiesta por cumplir años.

En días como hoy, en semanas como esta donde ante la tragedia se alzan voces diciendo “Ah, yo ya sabía” o “Yo ya lo dije”, –o sea, ver en lo que todos miran lo que no todos ven– me pregunto cuántos mensajes se murieron en esas botellas que no alcancé a vislumbrar en mi vida, que no alcanzamos, o cuántos libros tuvieron que llover antes de que yo viera la culpa ajena. Cuántos mensajes murieron antes de que pensara, imaginara, creara a Maruchi. Si la conocen, pídanle que me escriba. Tengo un libro que devolverle.

Porque la respuesta a todas estas preguntas siempre es la misma. Pero es una verdad huérfana.

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