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El entusiasmo, etcétera

Un beduino tras una nube de confeti en la Cabalgata de Sevilla del pasado lunes.
7 de enero de 2026 21:36 h

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A los Reyes Magos, desde bien pequeñita, siempre les pedí cosas insólitas. Sobre todo, desde que una tarde me contaron que tres magos de Oriente, después de llevarle incienso, mirra y oro al niño Jesús, dejaban sus regalos en cada salón de cada casa de cada niño mientras dormíamos. Eso sí, me dijeron, como sois tantos, tantísimos, los padres debemos contribuir y ayudarles.

Mis cartas a los Reyes eran extrañas y comedidas. Al principio –creía yo– para poner a prueba esa magia de la que todos hablaban y en la que yo no terminaba de confiar. ¿Regalos para todos los niños? ¿Con la ayuda de los padres? Luego, para probarme a mí misma: ¿Cómo saber que de verdad deseo algo, que lo necesito? ¿Cómo saber de dónde viene el entusiasmo que yo veía en los niños de los anuncios, pero que a mí apenas me rozaba? ¿De dónde la certeza de que ansiaba más una muñeca que otra, más un bolso que otro, más un libro que otro, una experiencia más que otra, etcétera?

Este primer amago de introspección que a todos nos ha supuesto la carta a los Reyes me llevó un año a desear, muy bajito y sin apenas un bamboleo de labios: Queridos Reyes Magos, este año necesito dejar de ser fea. Tendría once años y era la más escuchimizada y desgarbada de la clase. La más plana y velluda. La más gafotas. La más patosa y distante. La de los dientes torcidos y con el mapa de España en una de las paletas. Me sentía un cliché para ellos y deseaba dejar de serlo. En mi diario tengo páginas repletas de un “Que sí, que soy fea. Y qué”, que no era sino un atrevimiento tembloroso y poco honesto, un desafío más que a la niña que era entonces, a la mujer en la que quería convertirme.

A los trece me encerraba los fines de semana porque me propuse escribir una novela corta. Cuando llegaron las navidades, mi carta a los Reyes Magos estaba repleta de chucherías insustanciales que fueran fáciles de encontrar: un cinturón, unos calcetines, la colonia de don Algodón. Etcétera. Seguía sintiéndome fea. La verdadera carta, la que no entregaba a nadie y contenía el entusiasmo primigenio, decía: Quiero aprender a escribir. El deseo como pregunta luminosa, no como posesión. Hace unos años, por fin, publiqué una novela que saldaba una deuda pendiente: Una niña fea deseaba tanto una muñeca por Reyes que cuando finalmente se la trajeron corrió entusiasmada a darle un baño amoroso en un lebrillo sin reparar en que la muñeca era de cartón piedra. Se le deshizo en el agua poco a poco la misma mañana de Reyes –dime: ¿por qué tienes que ser de cartón? –, entrenándose de esta forma en la frustración.

Es más fácil desear que querer. El deseo vuela libre. El querer, sin embargo, nos alienta a renunciar al ahora por aquello que está por venir. Y es más fácil querer que entusiasmarse.

Nunca les di a mis hijos un catálogo de juguetes para que “circularan” (así llamaban ellos a señalar con un círculo rojo) los objetos de su deseo precisamente por la misma razón: porque es más fácil desear que querer y querer que entusiasmarse. Sí los animé, en cambio, a que escribieran su carta a los Reyes para que bucearan en su deseo y de paso educaran la frustración de las primeras renuncias

Al año siguiente le gusté por primera vez a un chico y creí reventar de alegría, pero fue una alegría baldía porque ese querer dejar de ser algo obedecía a imposiciones externas. También terminé mi primera novelita. La guardé en un cajón, vendada de típex. Apenas recuerdo la trama, pero a diferencia del deseo anterior, este entusiasmo me sigue acompañando cada vez que me siento a escribir.

Hubo otras navidades en las que pedí ser artista; hacer vibrar con zapatos de bailaora el suelo. No fue un deseo sino un quiero y por eso, aunque mal, he bailado alegrías y bulerías sudando entusiasmo. Otro año pedí una hermana. No llegó. Luego ser invisible. Al siguiente poder volar. Los entusiasmos navideños son muñones, miembros fantasmas que florecen en la falta pero cuya semilla arraiga en nosotros regalándonos sus frutos maduros.

Nunca les di a mis hijos un catálogo de juguetes para que “circularan” (así llamaban ellos a señalar con un círculo rojo) los objetos de su deseo precisamente por la misma razón: porque es más fácil desear que querer y querer que entusiasmarse. Sí los animé, en cambio, a que escribieran su carta a los Reyes para que bucearan en su deseo y de paso educaran la frustración de las primeras renuncias.

Recién inaugurado el nuevo año, en una tasca portuguesa compartida con amigos, escucho restos de la conversación de la mesa contigua. Tres parejas comparten su experiencia con la moda de los elfos traviesos, esos pequeños espías de Papá Noel que hacen trastadas cada noche desde el 1 al 24 de diciembre para aliñar los amaneceres de los más pequeños.

Se me atragantó el bacalao con nata y tuve que dejarlo a medias. Recordé que hace un par de años deseé por Reyes liberarme de esa imposición de terminarlo todo para, a cambio, mecer los pies sobre los proyectos dejados a medias debido a la pérdida de entusiasmo.

Desde entonces estoy aprendiendo a dejar los libros a medias. Conversaciones a medias. Discusiones inútiles a medias. Odios a medias. No es desinterés ni aburrimiento. No creo. Es por entusiasmo, ese fuego tímido e interno que lucha por ser incendio. 

Por entusiasmo también hago listas: Esperar el último episodio de “Stranger Things” para verlo con mi hija adereza el entusiasmo. Inventar trastadistas diarias para un elfo inventado mata el entusiasmo. Los calendarios de adviento adormecen el entusiasmo. Cultivar un tiempo sin tiempo despierta el entusiasmo. Decir te quiero, abrazar con los ojos, pasear de la mano, pule el entusiasmo. Visitar países inventados solivianta el entusiasmo. Escuchar El Kanka hace bailar al entusiasmo. Contener la respiración durante años lo ventila. Escuchar que tu hijo ha vuelto a cantar al entrar en la ducha después de un dolor enorme baña el entusiasmo. Sentarse en la cubeta a esperar a que broten las amapolas, hace florecer el entusiasmo. Dejarse llevar por el vértigo del día a día, por la urgencia de la bestia, lo hiere. Leer a Lorrie Moore, a Lispector, a Marguerite Duras, a Leila Guerriero, lo resucita.

Este año, siguiendo mi tradición de deseos inusuales, les había pedido a los Reyes ganas, muchas ganas. Después lo taché y escribí: Hambre. Mucha hambre. Eso quiero yo. Hambre de paseos; hambre de no aguantar tanto; hambre de risa

No por nada el entusiasmo viene del griego, que significa tener un dios dentro, una posesión divina que culmina en el arrebato, un temblor que nace dentro y no fuera, un río interior desbocado donde nadan los tres éxtasis del tiempo que somos: pasado, presente y futuro.

Este año, siguiendo mi tradición de deseos inusuales, les había pedido a los Reyes ganas, muchas ganas. Después lo taché y escribí: Hambre. Mucha hambre. Eso quiero yo.

Hambre de paseos; hambre de no aguantar tanto; hambre de risa. De golpear la tarima bailando por bulerías. Hambre de cantar y que me canten; de abrir los ojos por la mañana y saltar de la cama sin que me pesen los entusiasmos perdidos. También hambre de leer y de no poder resistir luego las ganas de escribir, escribir lo que sea, cuentos, quizás una novela, escribirme a mí misma, escribirle a mis ganas para soliviantarlas. Hambre de salir a correr, de volar en bicicleta y de levantarme un día a las diez. Hambre de salir a bailar con mi pareja, de hacer el amor, mucho, de perderme, mucho.

Estas ganas que ahora pido y ansío han caminado conmigo siempre. No había otra forma. Lo he sabido cuando me he acercado al árbol y he abierto el resultado de mi cribado de mama: Bi-Rads 2. 

Nadie nos avisa de que la muerte empieza muchas veces ahí: en la pérdida del entusiasmo, a golpe de tarjeta. Por eso a los Reyes Magos, desde bien pequeñita, siempre les he pedido cosas extrañas. Este año, que mi revisión de mama me diera una nueva libertad provisional. Ha sido un Bi-Rads 2. Y es aquí, en el sótano de mis ganas, donde dormitan todos los entusiasmos que aún no he vivido y que no son sino cartas de Reyes no escritas.

Queridos Reyes Magos: Los Reyes no existen. Es la soberanía del entusiasmo sembrado de un largo etcétera.

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