Donde hay forma, hay alma
De las primeras palabras que incluyó mi hija en su embrionario repertorio fue “teta”. La pronunciaba con famélica angustia mucho antes de que supiera pronunciar “agua”, “pan” o “mamá”. No le guardo ninguna inquina. Recuerdo llegar exhausta de la oficina tras mi incorporación y oír su grito de guerra (¡teta!); soltar la bici y oír su grito de guerra (¡teta!); desprenderme del bolso, deshacerme de los zapatos y escuchar su reclamo continuo para que me sentara junto al vaso de agua fresca que ya mi pareja me tenía preparado. Entonces trepaba hasta alcanzar la palabra misma.
Cuando su mundo se amplió y con él su vocabulario, empleaba esa misma urgencia para pedir agua, pan o cualquier otra cosa. Y entonces comenzó la cantinela del “¿Cómo se piden las cosas?” o “¿Qué se dice?”, abanderando el Por favor y el Gracias como muletas necesarias para enseñar a los niños a caminar en sociedad. Pertenezco a una generación que creció con el Gracias, con el Buenos días al entrar en algún sitio, con el Por favor o con el Perdón. Un lujo educativo que otorgaba formas y respeto hacia el otro, ya fuera en la vida pública o en la privada.
Luego vinieron el no hablar con la boca llena, los codos fuera de la mesa, lavarse las manos antes de comer, no tirar papeles al suelo y otras fruslerías del estilo que muchos de nosotros echamos ahora en falta y de los que yo me cansé. Hace unos días, una conocida me contaba que su jefa, CEO de no sé qué empresa pública andaluza, vino a amonestarla en público por algo que podía haber hecho en privado. Consideraba la directiva que mi compañera no estaba sentada como una señorita y así se lo recriminó, en el patio del colegio.
Me digo que no debe de ser tan complicado extrapolar esas cuatro normas básicas de cortesía que la mayoría aprendimos de niños al entorno laboral. Y no hablo de sentarse como una señorita, que vayan ustedes a saber de qué contorsión se trataba, sino del por favor y el gracias.
El liderazgo sin forma —el que no cuida el tono, el tiempo, la palabra, el gesto mínimo— es también un liderazgo sin alma. Forma es llegar a tiempo a una reunión y no quince minutos tarde sin dar una sucinta explicación. Forma es escuchar lo que la otra persona tiene que aportar. Forma es responder un correo, aunque sea con un breve acuse de recibo. Forma es dar las gracias. Es decir: forma es reconocer la existencia de la otra persona como merecedora de nuestro respeto y no la continua ostentación de la superioridad
Recibo un email. No tiene encabezado ni asunto. Tampoco un buenos días que enmarque la orden, un gracias o por favor. Me viene a la cabeza el libro que estoy releyendo estos días: “Donde hay forma hay alma”, susurró Fernando Pessoa en su tratado sobre el desasosiego y pienso que desde luego, en el ámbito laboral, la forma no es mera estética, sino que también es ética.
El liderazgo sin forma —el que no cuida el tono, el tiempo, la palabra, el gesto mínimo— es también un liderazgo sin alma. Forma es llegar a tiempo a una reunión y no quince minutos tarde sin dar una sucinta explicación. Forma es escuchar lo que la otra persona tiene que aportar. Forma es responder un correo, aunque sea con un breve acuse de recibo. Forma es dar las gracias. Es decir: forma es reconocer la existencia de la otra persona como merecedora de nuestro respeto y no la continua ostentación de la superioridad.
Atesoro en la bandeja de entrada de mi experiencia profesional correos electrónicos sin un saludo, sin un por favor ni un gracias y, no pocas veces, con un lenguaje descortés; algunas conversaciones a gritos y, en definitiva, malos modos maquillados de exigencia en el desempeño del trabajo.
Por más que no queramos verlo, la forma en que un directivo convoca a una reunión, da una orden, escribe un correo, responde al teléfono, se dirige a su equipo o hace la compra, dice más de él que todos los cum laude que amontone.
En esto, como en tantas otras cosas, se confunden churras con merinas y hay quien entiende que el liderazgo debe ser autoridad, prepotencia y un desprecio constante por los otros. Por suerte, también he tenido jefes (y jefas) que me han dado la sincera enhorabuena por algún logro fuera del ámbito profesional o me han tendido la mano cuando la vida me puso piedrecitas, desamueblando con su cortesía esos días de estrés y ansiedad.
A menudo el hostigamiento comienza con la lluvia fina del silencio. La mayoría de las víctimas de acoso laboral coinciden en que todo comienza con un vacío: de palabras, de escucha, de gestos.
Mi hijo, al que también educamos en ese agradecimiento y buenas maneras, sabe diferenciar con apenas diecinueve años a un buen directivo de uno pésimo.Y claro que no se trata de aquella expresión que Oscar Wilde puso en boca de uno de sus personajes: Manners before morals (maneras antes que morales) y que apuntaba a la hipocresía de las clases altas. No hablo de anteponer las maneras fingidas al aseo moral, pero desde luego desvelan una actitud de fondo cada vez más necesaria.
No es cuestión de cuna. He conocido CEOs que sabían diferenciar con los ojos cerrados los cubiertos de la carne y los del pescado usando los modales como forma de segregación, pero que luego eran incapaces de notar si estaban trinchando un cerdo o un pollo
Tuve una jefa que ante cualquier propuesta siempre me decía: “La idea está bien, pero no la veo”. Nunca veía nada con nadie, de forma que en lugar de alentar al equipo su modelo de liderazgo nos provocaba un pellizco continuo en el estómago.
Hace unos años, otro jefe, en lugar de decirme No está mal, me soltó: Has convertido un manifiesto comunista en pura diplomacia florentina. Y no por mero goce a las palabras, que pudiera ser, sino porque también hay directivos que saben que no es lo mismo decir una cosa que otra, que no es lo mismo que los emails en el ámbito laboral tengan prosa –no siempre se tiene el cuerpo pa prosa, es verdad–, que las misivas tengan una nervadura sólida.
Es decepcionante que a estas alturas de la película una prefiera un directivo que sepa sentarse a la mesa, pedir que le pasen la sal con un por favor y un gracias, y que sepa masticar con la boca cerrada en lugar de un comensal que dé una charla magistral sobre el estado de la nación pero se muestre incapaz de musitar un buenos días.
No es cuestión de cuna. He conocido CEOs que sabían diferenciar con los ojos cerrados los cubiertos de la carne y los del pescado usando los modales como forma de segregación, pero que luego eran incapaces de notar si estaban trinchando un cerdo o un pollo.
Les pedimos poco a los que nos dirigen. A mí, más que de cortesía (palabra que remite a las antiguas cortes) me gusta hablar de civismo. Ya, desde hace tiempo, nos basta con un buenos días, buenas tardes, un saludo, un gracias con su punto final y sus mayúsculas bien colocadas, por favor. Donde hay forma, al menos hay un simulacro de alma.Y donde no la hay, qué sé yo. Saludos cordiales.
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