Los sones y los dones
Hace noventa años y cuatro días, Federico García Lorca se acercó a las oficinas de José Bergamín -creo que sitas en la Puerta de Alcalá de Madrid- para entregarle un manuscrito desordenado. Bergamín no estaba, con lo cual Lorca le dejó los papeles en su escritorio con una nota en la que prometía volver al día siguiente: nunca volvió. La tarde del día 13 de julio de 1936 viajó en tren a Granada: poco más de un mes después lo asesinaron. No lo olvidemos este agosto, por favor.
Pero lo que se quiere contar en este artículo acalorado, de estío y casi de rebajas neuronales, es que aquel manuscrito dejado a Bergamín era Poeta en Nueva York, los poemas fruto de la experiencia lorquiana en Nueva York entre 1929 y 1930.
Bergamín se había quedado con el original del libro de poesía en español más radical e importante del siglo XX, para mí, claro. El mismo lo editaría en México en 1940, casi a la par que otra edición en Nueva York, bilingüe, que iniciaría un interminable debate para la fijación de los textos definitivos, cosa que no se ha alcanzado hasta hace pocos años.
Poeta en Nueva York es un libro multiforme, surrealista, revolucionario en las formas y en los contenidos, esencial. In illo tempore, es decir, 1983, estaba en una casa madrileña de visita con distintos señores y señoras y surgió, de manera casi expedita, una conversación sobre las características de Federico y su poesía y sus importancia. La consideración de poesía andaluza, flamenca o gitana, pretendían establecerse allí como etiquetas únicas para entender al poeta granadino. En absoluto desacuerdo, observé que muy cerca, en una estantería, había un ejemplar de las famosas obras completas de Aguilar, consentida su publicación por la dictadura en 1956. Abrí el primer tomo y empecé a leer el poema Nueva York, Oficina y denuncia: “Debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre de pato”. Se hizo el silencio, se acabaron las especulaciones sobre Lorca. Lo llamativo de aquella reunión es que nadie, excepto yo, conocía el poema y había leído el libro al que pertenecía. Y era gente versada en versos y culturalmente curiosa, y mucho.
“Como siempre, quedaste como el repelente niño Vicente que eres”, me dice quien me dice este tipo de cosas: la Mujer, una Mujer, Ella. Otorgo con mi silencio sin necesidad de estar de acuerdo como casi siempre. Pero aporto: “Lo mejor que podrían hacer esos mandatarios españoles, argentinos y estadounidenses que van a estar el domingo en la tribuna del estadio, es escuchar una breve lectura de ese poema. Podría hacerla la Princesa de Asturias, o su madre, que tiene una voz y una prosodia excelentes. Y en español, por supuesto. Y antes del partido, también”. Es que soy así de repelente.