Canarias despliega 2.600 efectivos contra el fuego, pero la ciencia advierte: “No es solo cuestión de medios, sino de ordenar el territorio”

Canarias adelantaba al lunes 1 de junio su campaña contra los incendios forestales de este año. El Gobierno autonómico anunciaba un despliegue sin precedentes: 2.600 efectivos, 19 medios aéreos y 202 autobombas listos para combatir el fuego. Sin embargo, frente a este gran dispositivo la comunidad científica plantea una realidad incómoda: el problema actual no se soluciona con más medios de extinción, sino transformando la gestión directa del territorio.

Un reciente estudio de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), publicado en la revista Geographies, plantea que “no es una cuestión de más medios, sino de ordenar el territorio. Ya no se trata de centrarnos sólo en la extinción y tener más aviones y más bomberos, sino de transitar hacia un modelo resiliente basado en la gestión del territorio”, asegura el geógrafo Fernando Medina, del Instituto de Oceanografía y Cambio Global (IOCAG), de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. 

Este especialista en protección civil y miembro del Grupo de Investigación en Medio Ambiente y Tecnologías de la Información Geográfica (GEOTIGMA), ha publicado recientemente un estudio que revela una paradoja: Hay menos incendios, pero mucho más destructivos. 

Las cifras son inquietantes. Según el estudio, en los últimos 20 años en Gran Canaria ha habido cerca de mil incendios, “cada vez son menos, pero mucho más intensos”, explica Medina. Según su investigación, sólo cuatro de estos fuegos, el 0,4%, han calcinado el 97,6% de la superficie total quemada en las últimas dos décadas en la isla. 

Incendios de Sexta Generación en Gran Canaria

Según el estudio, estos cuatro grandes incendios son considerados como de sexta generación, es decir, son tan masivos y extremos que generan su propia meteorología, los fuegos tienen su propia dinámica atmosférica interna. Se vuelven inabordables, prácticamente imposibles de apagar con las estrategias tradicionales de los bomberos forestales. Son capaces de derretir el asfalto. 

El primer gran incendio de Gran Canaria ocurrió entre julio y agosto de 2007, afectó principalmente a Tejeda, San Bartolomé de Tirajana y Mogán. Ha pasado a la historia por ser el mayor incendio de las islas hasta la fecha. Calcinó 18.972 hectáreas, casi la mitad de toda la superficie quemada los últimos 20 años. Provocó la evacuación de unas 4.000 personas. Se desarrolló bajo condiciones térmicas extremas con días que superaron los 40 grados. Aquel incendio fue provocado por un vigilante forestal. Según su confesión “se le fue de las manos”, su intención era denunciar los pocos medios con los que contaban los vigilantes forestales y ampliar su contrato. 

En septiembre de 2017, en Cruz de Tejeda se quemaron 1.893 hectáreas. Su capacidad destructiva no radicó tanto en la extensión total, sino en su impacto directo sobre la interfaz urbano-forestal, las zonas pobladas incrustadas en el bosque, lo que obligó a evacuar a unas 400 personas y expuso la vulnerabilidad de las viviendas en estas áreas.

En agosto de 2019 se encadenaron varios fuegos afectando a Artenara, Valleseco, y Tejeda. Se calcinaron 10.700 hectáreas en total, pero fue extremadamente peligroso, provocó la evacuación de unas 10.000 personas, el mayor desalojo en la historia de Gran Canaria, y el segundo del archipiélago. Sólo le superó el devastador incendio de Tenerife de agosto de 2023, que obligó a evacuar a más de 26.000 personas.

El cuarto de estos incendios de sexta generación que ha sufrido la isla de Gran Canaria ocurrió en 2020, entre Tasarte y La Aldea de San Nicolás. Se quemaron casi mil hectáreas. Pero su particularidad es que no fue en verano, si no en el mes de febrero, rompiendo las estimaciones estacionales habituales. La gran sequía de aquel año, y los fuertes vientos acompañados de calima elevaron mucho las habituales temperaturas invernales. 

El mito climático en los incendios de sexta generación. 

La ciudadanía asume sistemáticamente que el cambio climático es el único responsable de que las llamas sean ahora incontrolables. La ciencia confirma que el calentamiento global agrava el riesgo aumentando los días con temperaturas superiores a los 30 grados, como ocurrió con el fuego de Tasarte en pleno febrero de 2020. No obstante, el factor climático no explica por sí solo el surgimiento de los incendios de sexta generación. Para los expertos, la auténtica mecha de estos megaincendios radica en el abandono de las tierras rurales y la actual forma de ocupar el monte.

La trampa del bosque habitado

La masificación del territorio, el abandono de las zonas rurales y la búsqueda de la tranquilidad fuera de los núcleos urbanos ha provocado que cada vez aparezcan más viviendas en plena naturaleza, lo que se conoce como “disrupción urbanística”, viviendas dispersas en el monte. 

Cuando el fuego estalla en estas zonas pobladas, la dinámica de los efectivos contra incendios cambia. “En ese momento ya no se trata de apagar fuegos, se trata de salvar vidas”, asegura Medina.  

Cambiar la percepción del riesgo

Vivir bajo la sombra de los pinos es idílico, pero se olvidan los riesgos que conlleva. Solo alrededor del 9% de los planes municipales de Canarias han sido actualizados en la última década, dejando las zonas de riesgo en un limbo normativo alarmante.

Debido a la escasa regulación del monte, Fernando Medina, especialista en Protección Civil, aconseja enseñar a los vecinos a autoprotegerse. Se vuelve imprescindible limpiar los perímetros al menos de unos 15 metros alrededor de las fincas, parcelas y viviendas, o garantizar el acceso adecuados para los servicios de emergencia, además de contar con planes de evacuación.

Medina insiste en que “la población debe cambiar su percepción del riesgo” y entender los peligros reales de vivir en la naturaleza. También plantea que se permita activar las “fases de preemergencia” mucho antes de que ocurra el incendio para poder enviar mensajes a la población y obligar a tomar precauciones.

El paisaje mosaico y otras soluciones

Para Molina, una posible solución territorial para frenar la virulencia de los megaincendios serían los paisajes mosaicos. Consiste en romper la homogeneidad del monte, ya que una masa forestal continua favorece que se acelere la dispersión del fuego. 

Para construir este paisaje mosaico, los investigadores proponen alternar el bosque con zonas de cultivo. Además, propone las quemas controladas en invierno para crear cinturones que dificulten el avance de las llamas en verano. Y por supuesto recuperar el pastoreo y en especial, la trashumancia.  

Pero el paisaje mosaico por sí solo no basta. Debe haber “un cambio de modelo integral”, y dejar de centrarse solo en la extinción del fuego, para centrarse más en “la prevención y resiliencia”. Medina propone que la autoprotección y el conocimiento del territorio deben convertirse en una variable transversal en el sistema educativo.

Insiste en que “la población debe cambiar su percepción del riesgo” y entender los peligros reales de vivir en la naturaleza. También plantea que se permita activar las “fases de preemergencia” mucho antes de que ocurra el incendio para poder enviar mensajes a la población y obligar a tomar precauciones.

Tecnología y táctica anticipatoria

Medina señala la importancia de mapear las Zonas de Alto Riesgo de Incendio (ZARI) para saber dónde hacer la prevención y utilizar sistemas tecnológicos como el programa ALERTAGRAN, el sistema inteligente del Cabildo de Gran Canaria para la prevención y gestión de emergencias como incendios forestales, inundaciones y fenómenos meteorológicos adversos. Esta red tecnológica permite al CECOPIN anticipar riesgos mediante herramientas pioneras, incluyendo la monitorización en 3D y la gestión operativa en tiempo real. Esto permite anticipar por dónde se moverá el fuego, priorizar recursos y gestionar las complejas evacuaciones masivas con mayor eficacia.

“Aprender a vivir con los incendios forestales”

“Hay que aprender a vivir con los incendios forestales”, asegura Medina. Explica que el futuro pasa por asumir que el fuego es parte del ecosistema y hay que diseñar un territorio, y una sociedad, preparados para que surja el fuego, el incendio no se convierta en una catástrofe.

El estudio en el que participó este geógrafo y profesor de la ULPGC, se asegura que “el cambio implica entender el fuego como un fenómeno inevitable y recurrente en los ecosistemas insulares. El reto ya no es eliminar el fuego, sino convivir con él bajo un modelo que reduzca su impacto y evite que se convierta en un desastre”.

El mensaje científico es claro: el fuego ya no es solo un problema de extinción que se apaga sumando helicópteros, es un enorme desafío de diseño territorial y responsabilidad cívica colectiva.