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Migrar a la isla vecina en busca de un futuro mejor: “Nuestros padres hicieron un sacrificio enorme para que estudiáramos”

Natalia G. Vargas

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Los zapatos de Fefa esconden una larga historia. Para ella, son uno de los símbolos de su proceso migratorio. Fefa Toledo pasó parte de su niñez en La Graciosa, una pequeña isla canaria de calles de arena y poco más de 700 habitantes censados. Allí, durante su infancia, fue libre. “Siempre estaba descalza jugando en las rocas”, recuerda. En la década de los 60, su familia, empujada por la necesidad de estudiar y perseguir un futuro mejor, partió a Lanzarote. Su padre fue uno de los primeros gracioseros en marcharse para tener estudios, y en Arrecife pudo formarse en la pesca. “Desde jovencito lo tenía claro”, dice. Ahora, Fefa ha cumplido los 70 años y es vecina del pueblo de Arrieta, al norte de la misma isla que durante años fue “una prisión” para ella. “Cada vez que volvíamos a Arrecife teníamos que ponernos los zapatos y eso era un suplicio. Antes eran duros y nuestros pies estaban acostumbrados a estar libres”, recuerda sonriendo.

“Nos mudamos a Arrecife definitivamente en el año 60, pero antes, muy esporádicamente, habíamos estado en Gran Canaria”, cuenta. Su padre tomó la decisión. Apasionado de la pesca pudo terminar sus estudios a los 23 años. Volvieron a La Graciosa, pero allí no existían los medios suficientes para que sus seis hijos pudieran formarse. “Parece que el concepto de emigrar se refiere solo a irse a un país extranjero, pero emigrar es un choque aunque sea de una isla a otra. Tenías tu grupo de amigos, otras costumbres… Parecidas, pero diferentes. Luego te encuentras con un sitio donde no tenías amigas, la escuela era distinta, la calle era distinta…”, asegura.

“Estás en otro mundo. En Lanzarote no nos dejaban ni salir a la calle”, afirma. Fefa aún conserva una fotografía en la que aparece con sus hermanos pequeños. Están en una casa grande, sin muebles, asomados a una ventana. Lo único que podían ver a través de ella era una fábrica de bloques. A La Graciosa solo regresaban durante las vacaciones. “Teníamos que estudiar mucho para poder irnos, porque ahí era cuando volvíamos a respirar. Volver a tu casa de siempre era la mayor alegría del mundo”, revela.

Incluso ir al colegio era diferente para ella. “Por ejemplo, en La Graciosa no había baños, entonces había que salir a la calle y allí estabas otro rato más jugando”, ríe. “En Lanzarote fuimos a una academia particular donde nos pegaban con correas. Por suerte ahí estuvimos poco tiempo”, cuenta.

Fefa alcanzó el objetivo con el que salió de su casa. Estudió Magisterio en Gran Canaria. “Mis padres con mucho sacrificio nos sacaron adelante para que estudiáramos. Estudiar me ha dado experiencia y para mí es muy positivo haberme dedicado a la enseñanza y tratar con pequeños y adultos”.

Regresar a una isla cambiada

Una pequeña franja de agua separa La Graciosa de Lanzarote. Desde la octava isla puede observarse el risco de la playa de Famara, uno de los emblemas de la isla vecina y también un símbolo de la infancia de Fefa. “Estaba en mi despertar. Tú te levantas y lo primero que ves es esa belleza impresionante”, dice. Para ella, era como un “muro”. “Me daba pertenencia a un lugar, me aislaba, es como una frontera”, sostiene. Sin embargo, volver a La Graciosa ya no es lo mismo para ella.

“Hoy es totalmente distinto. Físicamente sigue siendo la misma belleza, pero ahora se ha convertido para mí en un muro que aprisiona”, asevera. Fefa ha visto a su isla cambiar radicalmente. El turismo “salvaje” que reciben el resto de islas canarias ha llegado también a La Graciosa.

Fue también en los años sesenta cuando la irrupción del turismo destruyó la pequeña comunidad que formaba la población de La Graciosa. En tres décadas, el modelo de sociedad homogénea que caracterizaba a la isla dio paso a una estratificación social. En la cúspide estaban las grandes empresas de la pesca y los inversores en el sector turístico. Por debajo estaban los pequeños comerciantes y las familias trabajadoras, según el estudio Turismo, decisiones políticas y cambio social de un pueblo de pescadores de la antropóloga Gloria Cabrera. La huella de esta división pervive en la isla. “Allí noto ahora una gran desigualdad entre la avaricia y el sosiego. Aquello no es ya lo que yo viví y no pretendo que sea igual, pero siento que prima el negocio”, señala Fefa.

Lanzarote, un lugar de migrantes

A pocos metros del pueblo en el que vive Fefa, Arrieta, se mantiene otra localidad que ha sido el punto de destino de decenas de migrantes que parten de África hacia Canarias. Se trata de Órzola, un enclave que ha visto llegar a decenas de pateras, pero que también ha presenciado el lado más crudo de la migración: los naufragios. En 2021, un grupo de vecinos salió al océano a buscar los cuerpos de los migrantes que se hundieron en el mar después de que su neumática se rajara. Pudieron salvar muchas vidas, pero también sacaron del agua al menos ocho cadáveres.

Lanzarote ha sido siempre tierra de migrantes. “Ahora es como si hubiera ”clases“ dentro de la inmigración. He visto gente que ha migrado y ve a quienes vienen en patera con superioridad”, subraya. Para ella, el discurso en los medios de comunicación es clave. “Te ponen muchos números, números y más números. No cuentan sus historias y cuando se cuentan no llegan. Te pintan la inmigración como una amenaza y esto ha hecho que la gente en Canarias perciba la llegada de pateras como algo malo, aunque aquí hayamos sido siempre migrantes”, concluye.

Fefa Toledo ha participado este miércoles en el encuentro Emigrantes Lanzaroteños, celebrado en la isla en el marco de la Muestra de Cine de Lanzarote, que este año ha dedicado su tema a las migraciones en todo el mundo. Hombres y mujeres de diferentes puntos del planeta cuentan en este evento las dificultades que les empujaron a hacer las maletas y abandonar sus hogares. “Son muchos los estudiantes de Lanzarote que se han ido fuera a estudiar o a buscar oportunidades, pero a quienes llegan en patera se les presenta como a un monstruo”, lamenta Fefa.

Fefa tiene mucho que contar, por eso no deja de buscar vías para expresarse. Además de sus clases semanales de gimnasia, también hace teatro y fotografía. A través de sus imágenes plasma, sobre todo, los obstáculos que deben sortear las mujeres por el hecho de serlo. “Hay cosas que han avanzado, pero voy mirando, observando, y veo que aún queda mucho por hacer. Seguimos arrastrando una importante carga las mujeres, pero a través de la educación debemos acabar con esta lacra”.

Aún tiene muchos proyectos por delante. Entre ellos, un proyecto fotográfico sobre los muros. “En especial de los muros mentales sobre la edad. Es una cosa terrible y en la mujer es todavía peor. Se toma envejecer como una enfermedad y no se acepta que el cuerpo se va deteriorando. Hasta la sexualidad nos la quitan”.