Donde todos te conocen
“El día a día te exige todo lo que puedes dar. Tomarte un descanso de tus preocupaciones siempre ayuda. ¿No te gustaría desconectar un rato? Te apetece ir donde todos te conocen. Y siempre se alegran de que vayas. Quieres estar donde puedes sentir que tus problemas son como los de los demás. Te apetece ir donde todos te conocen”.
Así rezaba, con una traducción un poco libre, la letra de Where everybody knows your name, la canción de Gary Portnoy and Judy Hart Angelo que se hizo popular en los años ochenta como sintonía de la serie Cheers. En aquel bar de Chicago en el que se desarrollaba esta conocida comedia costumbrista estadounidense se reunía en torno a la barra una clientela habitual de lo más variopinta, desde el cartero hasta el psiquiatra, atendidos por un equipo encabezado por Ted Danson y Woody Harrelson. Cerveza en mano, y esperando cada capítulo la llegada de Noooooorm, los parroquianos compartían penas y alegrías, aventuras y desventuras, con un marcado tono cómico y desenfadado.
Para cualquier amante de los bares (y, créanme, yo lo soy), Cheers era buen ejemplo del lugar soñado. Un establecimiento grande y acogedor, siempre animado, y en el que todos te conocen. Al que puedes ir solo o llegar pronto porque, si no están tus amigos, puedes sentarte un rato y charlar con los dueños y camareros, que ya forman parte de la pandilla.
Luego hay especificidades personales. En mi caso, el sueño incluye que haya Cruzcampo helada y bien tirada y que se coma bien, fundamental cuando se echan peonás muy largas en este tipo de establecimientos.
Pero no es tan fácil encontrar un local así alrededor del cual poder hacer girar tu vida social, tu día a día en el barrio. Yo lo encontré en Madrid hace ya 14 años, cuando una mañana me animé a ir a comer al bar andaluz que había recomendado en redes Julio Muñoz Gijón, entonces @ranciosevillano, luego solo @rancio, y desde aquella época mi amigo Julio.
Aquel día de febrero descubrí Lambuzo, la taberna de mi querido Pepe Moreno, con mi hermano Luis, su hijo, siempre al quite. En aquel bar no sólo servían Cruzcampo helada y bien tirada. Daban de comer de lujo platos típicos andaluces, que yo tanto echaba de menos en la capital. Y siempre había buen ambiente. Nos hicimos amigos rápidamente y allí empezamos a ir cada fin de semana. Entre sus paredes crecieron mis hijas, bailaron sevillanas, comieron gominolas cada domingo y morían de gusto con sus coquinas y sus taquitos de retinto.
Otro elemento esencial para ser feliz en la vida es el Real Betis Balompié. Guiados por los Moreno, Julio, yo y otros tantos construimos el Foro de Béticos en Madrid. Y allí fuimos felices tantas y tantas noches de lunes, independientemente del resultado del fin de semana. Lambuzo es, honestamente, de las cosas que más añoro de Madrid tras mi regreso a Sevilla.
La vida son dos días con sus tres noches. Exista vida más allá de la muerte o no, lo que uno se lleva para la tumba no se lo quita nadie. Y mi tumba, mi urna de las cenizas, estará llena de amor, familia, trabajo, penas y alegrías, éxitos y fracasos. Pero lo que no faltará, seguro, será una enorme ración de risas, anécdotas y buenos ratos vividos en sitios en los que, como Lambuzo o Vizcaino, como Cheers, todos me conocen, todo el mundo se sabe mi nombre
Pero la vida cambia, evoluciona y toca adaptarse. Estoy encantado de haber vuelto a casa y ahora hemos logrado hacer pivotar el grupo de sospechosos habituales, versión ampliada, en torno a otro lugar mítico. Un bar que tiene más historia que Cheers y Lambuzo juntos y que mantiene vivo y actualizado el pulso y el ambiente de las cervecerías más clásicas sevillanas: el Vizcaíno.
En apenas dos años mi vida social ha pasado a girar en torno a la conocida taberna de la calle Feria donde su personal (Juan, Antonio, Ángel, Luis, etcétera) ya nos conoce, nos cuida y nos espera con mesa reservada cada viernes a las 14.00 (si me buscáis, ya sabéis donde localizarme); y en cuya barra se improvisan muchas noches entre semana los famosos buda tuesday o los juernes de rigor.
Allí me cito siempre con el grupo de amigotes que supo esperar más de 20 años mi regreso a Sevilla y se suman nuevos fijos del Vizcaíno que, como las pastillas de Avecrem, enriquecen la familia elegida. Casi siempre aguantamos hasta que nuestros anfitriones bajan la persiana y Ángel, fregona en mano, amenaza con dejarnos encerrados.
Esta semana, Vizcaino celebra su 90 aniversario. Y lo hace por todo lo alto, con fiestón incluido el domingo a mediodía. El otro Juan de esta historia es el agitador digital del negocio, aunque su sueldo sea solo de community manager, y está exprimiendo su creatividad para que todo el país se entere del cumpleaños. Desde guiños a Cantoná hasta banderolas conmemorativas.
Entre sus ideas, se le ocurrió hermanar al Vizcaíno con locales de ambiente sevillano en otros lugares de España. Y claro, ¿por dónde ha empezado la lista? Pues sí. Para mi máximo grado de emoción y orgullo, el primer hermanamiento ha sido con Lambuzo. Y no puedo estar más orgulloso de que los dos locales en los que he pasado más tiempo que en mi casa en las últimas dos décadas protagonicen esta bonita historia de amor.
Al final, quedaos con la copla, la vida son dos días con sus tres noches. Exista vida más allá de la muerte o no, lo que uno se lleva para la tumba no se lo quita nadie. Y mi tumba, mi urna de las cenizas, estará llena de amor, familia, trabajo, penas y alegrías, éxitos y fracasos. Pero lo que no faltará, seguro, será una enorme ración de risas, anécdotas y buenos ratos vividos en sitios en los que, como Lambuzo o Vizcaino, como Cheers, todos me conocen, todo el mundo se sabe mi nombre.
Sobre este blog
Este es un espacio donde opinar sobre Sevilla y su provincia. Sus problemas, sus virtudes, sus carencias, su gente. Con voces que animen el debate y la conversación. Porque Sevilla nos importa.
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