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¿Coste o excelencia?

Un mercado no es otra cosa que un lugar en el que se intercambian bienes y/o servicios, de forma que se establece una cantidad a cambio de un precio donde las diferentes partes se encuentren identificadas. Dichas partes están representadas por la demanda y la oferta. La demanda representa el consumo, es decir, personas que disponen de una renta determinada y que especifican una serie de necesidades para que alguien se las satisfaga. Está claro que la calidad de la demanda dependerá de la cantidad de su renta, la cual en su mayoría depende del trabajo.

Por el otro lado, está la oferta, que, en términos microeconómicos, viene a representar el coste marginal de la producción. En este caso, un mejor posicionamiento en el mercado dependerá de la competitividad de las empresas suministradoras. No obstante, si el precio que se establece es muy alto, probablemente la demanda se desincentive, aunque la producción se vea multiplicada en su rentabilidad. Dicha situación genera un denominado exceso de oferta que, en condiciones de libertad competencia, hará que los precios se suavicen. Por otro lado, si el precio es demasiado bajo como empresa aparecen desincentivos a la producción, mientras que la demanda genera el efecto subasta, originando un incremento de los precios.

En resumen, necesitamos que ambos lados del mercado tengan, por un lado, un óptimo poder adquisitivo y, por el otro, un excelente potencial competitivo. Relacionando ambos conceptos, si asumimos que la competitividad es la capacidad de generar mayores rentabilidades relativas respecto al resto, cualquier incremento de los costes, en principio, sería contraproducente.

Ahora bien, si el incremento de los costes va asociado al poder adquisitivo de la demanda, la cosa puede que cambie. Si tenemos en cuenta que el conocimiento de la historia tiene como objetivo que esta no repita sus efectos indeseables, en aquellas regiones donde se compite vía salarios internamente se produce una sociedad fragmentada con altos índices de concentración de la renta y con poca cohesión económica y social, porque las unidades de negocio instaladas lo que buscan son mercados de alto poder adquisitivo y de mayor dimensión.

Pese a no ser términos excluyentes, el riesgo de alejarnos de la excelencia y centrarnos en el coste desincentiva la inversión. Por ello hay que actuar tanto en la estructura de las unidades de negocio, por muy pequeña que sea su dimensión, así como en la propia demanda interna para evitar que desaparezcan consumos de medio y largo plazo que hagan que el circuito de la inversión se mantenga de forma sostenible. Y es que el factor explicativo de la ganancia procede de la demanda efectiva y el resto es ahorro; por lo tanto, inversión.

Por ello, las estrategias se han de centrar en aplicar diferentes entornos que velen por estrategias donde los salarios permitan acompasarse con la evolución de la productividad para que la inserción laboral garantice una inserción social; de lo contrario, nos enfrentaremos a un inevitable fracaso ante cualquier intento de mejora de las condiciones de la sociedad, por muy loables que sean las intenciones y por no contar con la base de cooperación necesaria. Y luego, a llorar al valle.

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