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La dicotomía

Resulta que se ha cometido un delito y detienen a dos personas (A y B). Por separado, se les hará una sola pregunta: ¿quién tiene la culpa? Si A dice que fue B, automáticamente B va a prisión y A queda libre. Pero si B dice que fue A, sucederá justamente lo contrario. No obstante, si ambas personas guardan silencio, después de una breve estancia entre rejas, serán puestos en libertad. El cuarto escenario es que las dos partes se acusan mutuamente y terminan ambas con los huesos en la cárcel. Entonces, viendo esas cuatro posibilidades, ¿cuál cree que sucederá?  ¿Qué harías si te ocurriera a ti?

A este reto se le conoce como el dilema del prisionero y está basado en la teoría de juegos. Esta busca el concepto de solución basado en la lógica y en las estrategias de cada una de las partes, las cuales se ejecutan con la finalidad última de maximizar la utilidad (individual en principio, colectiva en última instancia) y teniendo en consideración las tácticas del resto. Está claro que parte de las reglas de este tipo de juegos se basa en los incentivos existentes que terminan por condicionar el resultado final.

En este caso, la resolución del dilema es la siguiente: si se efectúa una sola ronda de preguntas, o lo que es lo mismo, un juego sin repetición, de los cuatro escenarios posibles, siendo el deseable para ambas partes que cierren su boca y así puedan abandonar la penitenciaría, realmente al final va a haber una mutua acusación, lo que generará que ambas partes vayan a la cárcel.

Si cambiamos las reglas y permitimos repeticiones finitas, en las n-1 rondas ambas partes guardarán silencio, pero en la última se acusan mutuamente, por lo que otra vez irán a prisión. Si por el contrario las repeticiones son infinitas, la amenaza continua de poder delatar a la parte contraria hace que se genere un equilibrio inestable porque desde que haya una parte que acuse la otra hará lo mismo, acabando ambas en la cárcel y el juego se termina. Es decir, la estrategia se basa en la (des)confianza. Y ¿por qué? Porque somos así.

Este dilema, a mí por lo menos, me recuerda a la fábula de la rana y el escorpión. Dice así: a orillas de un río vivía una rana buena. Y era buena porque, cuando la cantidad de agua era muy abundante con altas corrientes, ella se prestaba a ayudar a aquellos animales que se encontraban en apuros para cruzar el río de orilla a orilla.

Cierto día, se le acercó un escorpión y le suplicó que le ayudase a cruzar el río, que él por sí sólo no podía puesto que no sabía nadar. La rana, al ver de dónde provenía la solicitud tenía muy clara su respuesta: "Te conozco desde hace tiempo y sé que en cuanto tengas oportunidad, me inyectarás tu veneno y esto será letal para mí".

Al escuchar esto, el escorpión se molestó y le replicó: "No digas tonterías. ¿Cómo te voy a picar? Si lo hago yo también moriré. ¿No ves que no sé nadar?". La rana acabó por ser convencida y cedió a ayudarlo. Comenzaron la travesía sin ninguna controversia. Pero (siempre hay un pero) a mitad del río, en lo más profundo, la rana sintió un dolor agudo y empezó a notar que algo raro le pasaba. El escorpión le había inyectado su aguijón y el veneno se estaba extendiendo. Sus fuerzas comenzaron a fallar y finalmente comenzó a hundirse. En este momento, la rana dijo: "¿Por qué lo has hecho? De esta forma ambos moriremos. A lo que el escorpión respondió: no he podido evitarlo, esta es mi naturaleza". En fin, es lo que hay…

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