El compañero del policía acusado de torturas en Lanzarote: “Escuché un ruido fuerte y vi al migrante temblando”
“Escuché un ruido fuerte, levanté la cabeza y vi al migrante con las dos manos en la cara y temblando. El golpe no lo vi, pero sí el estado de shock en el que estaba”. Así ha relatado un funcionario del Cuerpo Nacional de Policía los hechos por los que este martes se ha sentado en el banquillo otro agente acusado de un delito de torturas y uno contra la integridad moral por sendas agresiones a dos personas migrantes en el Centro de Atención Temporal de Extranjeros (CATE) de Lanzarote.
En el juicio celebrado este martes ante la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Las Palmas, la Fiscalía ha mantenido su petición de tres años y tres meses de cárcel y trece años de inhabilitación para el funcionario A.B. Su defensa ha pedido la absolución al entender que la acusación del Ministerio Público incurre en una “indigencia probatoria”.
Los hechos se produjeron el 1 de enero de 2024 entre las cuatro y las seis de la tarde en el CATE de Lanzarote, donde el policía acusado estaba destinado en comisión de servicio en el marco de la denominado operación Tritón, un despliegue especial del departamento de Extranjería y Fronteras de la Policía Nacional en las Islas.
Según la Fiscalía, el acusado propinó un bofetón en la zona izquierda de la cara y una patada en su pierna derecha a uno de los migrantes por haber salido sin permiso del CATE. A otro al que trataba de sonsacar quién era la persona que había organizado el traslado desde las costas africanas a Lanzarote, le dio “un fuerte bofetón con la mano abierta que impactó en su mejilla izquierda”, ocasionando “un fuerte y pronunciado dolor en la cara, así como angustia, temor, desconcierto, malestar y desasosiego”.
El acusado, que no había declarado ni en fase de investigación policial (la causa surge de las pesquisas de la Unidad de Asuntos Internos del CNP) ni durante la instrucción judicial, ha negado los hechos y ha asegurado que “nunca hubo ningún contacto físico con los migrantes”. Sobre el bofetón al segundo migrante (objeto de la acusación por tortura) dijo que solo “había dado una palmada” a medio metro de su cara para despertarlo, porque estaba “aturdido”.
Las dos víctimas no han sido localizadas y, por tanto, no han podido prestar declaración en el juicio de este martes. Por este motivo, el fiscal Jorge Pobre pidió en un primer momento la suspensión de la vista. Sin embargo, la Sala, presidida por la magistrada Pilar Parejo, optó por continuar el juicio y permitir que se reprodujesen en el plenario, “sin perjuicio de la valoración posterior”, los testimonios que ambos prestaron ante el juez instructor y el fiscal en Lanzarote en febrero de 2024, un mes antes de la detención del policía.
La defensa entiende, en cambio, que esos testimonios carecen de cualquier validez, puesto que no se preconstituyó como prueba y las declaraciones se prestaron sin la presencia del abogado del investigado.
Dos bofetones
En aquella comparecencia inicial de febrero de 2024, una de las víctimas, K.L. contó que la agresión se produjo durante una entrevista en el box número 15, en presencia de otro agente de la Policía Nacional y de una intérprete que también han confirmado los hechos en el juicio de este martes, aunque con matices diferentes en sus testimonios.
K.L. relató que al principio de esa entrevista el hoy acusado le trató “bien” y que incluso “fue amable con él”. La entrevista duró una hora. “Respondí a todo, pero cuando me preguntó con quién había venido me pegó”, dijo la víctima, que detalló que recibió dos bofetadas: “La primera en la parte derecha y la segunda en la parte izquierda, pero con menos fuerza”.
En esa declaración ante el juez instructor y el fiscal, K.L. definió al agente como una persona más baja que él y “un poco gruesa”, lo que ha servido al abogado de la defensa para desvirtuar el testimonio, dada la complexión delgada del acusado.
También contó que, después de la agresión, el policía le abrazó y le pidió perdón, diciéndole: “Esto se queda aquí”. “Solo quería contar lo que ha pasado, pero por mi parte yo lo perdono”, decía en ese vídeo reproducido en el plenario el migrante, que al igual que el otro afectado rechazó ser reconocido por los médicos forenses para valorar el alcance de las lesiones y renunció a cualquier tipo de indemnización.
El binomio y la intérprete
En el box donde sucedieron los hechos había otras dos personas. Una de ellas era el compañero del policía acusado (“su binomio”), que estaba concentrado en su ordenador procesando datos. Según manifestó en su declaración como testigo, en un momento de la entrevista el acusado y el migrante comenzaron a “alzar la voz” y pidió a ambos que bajaran el volumen. Con posterioridad, escuchó “un ruido fuerte”, alzó la cabeza y vio a K.L. “con las dos manos en la cara y temblando, en estado de shock”.
El testigo señaló que sacó a su compañero del box y lo reprendió por lo que acababa de hacer, además de ofrecer ayuda médica a la víctima, que “se había operado hace unos meses de la mandíbula”, por lo que tenía bastante dolor.
Por su parte, la intérprete ha ratificado la actitud insistente del acusado para onbtener información y también ha confirmado la agresión. “Vi que (AB) levantó la mano derecha y le dio un bofetón (...) Yo no veía al inmigrante, pero sí que vi a (A.B.) y se oyó un golpe”. Tras apartarse el agente, vio que “el chico estaba así (con la mano en la mandíbula izquierda)”.
La intérprete negó haber dicho “vosotros sólo habláis cuando os pegan”, una frase que le atribuyó la víctima. “De verdad que no. Y además le eché la bronca (al policía). Ese día yo le eché la bronca”, dijo.
Los testigos de referencia
Al margen de los testigos directos de las agresiones, en la vista han declarado (todos por videoconferencia) otros tres funcionarios policiales. Una agente del Fontex recogió las primeras quejas e inició la cadena de reportes (“minutas”, en el argot policial) que concluyeron en la elaboración de un atestado y en la remisión del caso a la Unidad de Asuntos Internos de la Policía Nacional (encargada cuando las responsabilidades disciplinarias pueden trascender al ámbito penal).
El día de los hechos, esta agente vio a K.L. “muy nervioso, a punto de llorar”. El migrante le pidió “un folleto que tiene el Frontex para presentar quejas”. Al día siguiente le confirmó “que había sido agredido por un policía que vestía de paisano” con el chaleco amarillo de alta visibilidad y que tenía “una cicatriz en la parte posterior de la cabeza”, descripción que casaba con la del acusado.
Tras esa denuncia, la misma agente recordó que el día anterior (el 1 de enero) había visto a otros dos inmigrantes en una carpa que, en presencia de un intérprete, le habían dicho que un policía les había pegado. Uno de ellos era N.B., la segunda víctima, cuya declaración ante el juez instructor y el fiscal en febrero de 2024 también ha sido reproducida en el plenario. En esa grabación cuenta que fue agredido (con “tortazos” y patadas) de forma “sorpresiva” por el policía cuando regresaba del baño. “No me dio ningún motivo, sólo me pegó”, relató.
Luego fue un subinspector, jefe del equipo del Frontex y coordinador del operativo, quien llevó a cabo las primeras indagaciones y acabó elevando esas minutas a Asuntos Internos. Antes informó al policía A.B. de las denuncias en su contra. “Permaneció en silencio, agachó la cabeza y no negó los hechos ni dio explicaciones en ese momento”. Luego, siempre según su testimonio, el hoy acusado le llamó para pedirle perdón por “los problemas” que esa actuación le podía causar.
También declaró por videoconferencia el instructor del atestado policial (de la Unidad de Asuntos Internos), que ha defendido la legitimidad de la investigación, los reconocimientos fotográficos y la detención del agente, que se produjo en el aeropuerto de Madrid después de un vuelo de 16 horas. “No fue delante de todos, sino en una sala”, señaló el funcionario, que creyó que hubiera sido más negativo para su imagen haberlo hecho al día siguiente en su puesto de trabajo.
El acusado
El acusado, que ha permanecido impasible durante toda la vista, negó los hechos de los que le acusa. Con respecto de la presunta agresión a K.L., manifestó que se había levantado para coger una botella de agua y que, como veía al migrante “aturdido, atontado”, se le ocurrió “darle una palmada, un gesto leve, a medio metro aproximadamente, para que espabilara”. “Él se agarraba la cara, manifestando que lo había golpeado”.
Con respecto al otro migrante, N.B., se limitó a decir que era “imposible” que eso hubiese ocurrido, puesto que “es imposible salir del CATE” de la manera que sugiere la acusación y el centro “tiene baño”. “No hay ninguna lógica”, concluyó.
Su abogado ha pedido la absolución del policía. Por un lado, cuestiona la instrucción judicial. Entre otras razones porque, según se ha dicho, se habla hasta en ocho ocasiones del secreto de las actuaciones pero no hay ninguna resolución que la decrete. También considera que carecen de validez los testimonios prestados por las víctimas ante el juez instructor, ya que se tomaron sin la presencia del letrado de la defensa.
Por otra parte, ha puesto de relieve las múltiples contradicciones en las que, a su juicio, han incurrido los testigos. Por ejemplo, una víctima habla de dos bofetones y la intérprete, de uno. O se describe al agresor como una persona “con barba” y “grueso”, lo que no coincide con la complexión del acusado.
De tortura a “maltrato de obra”
La defensa pide la absolución de A.B. Sin embargo, de forma subsidiaria y en caso de que quede probado que existió ese bofetón, entiende que los hechos no encajan en el delito de tortura, “al no haber una situación de absoluta dominación”, sino que sería en todo caso “un delito leve de maltrato de obra”.
Para la Fiscalía, en cambio, existen pruebas indiciarias y directas suficientes, como el sonido del golpe, las reacciones físicass y los testimonios de referencia, para desvirtuar la presunción de inocencia.
El representante del Ministerio Público sostiene que se vulneró la integridad moral de los migrantes y que existió un “elemento teleológico”. Es decir, que la agresión perseguía “obtener una confesión, información o castigar al sujeto”.