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Un milagro llamado San Pedro de Atacama

Meca de mochileros y aventureros de todo el mundo, la pequeña aldea de San Pedro es la mejor base de operaciones para descubrir las bellezas del Desierto de Atacama.

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Vista del volcán Licancabur desde San Pedro de Atacama.

Vista del volcán Licancabur desde San Pedro de Atacama.

Desde la distancia, el pueblo es un manchón verde que contrasta con los ocres, rojizos y amarillos del paisaje dominante. Algo así como un respiro que se da el desierto. Un breve bosque de frutales y huertas en el lugar más árido del mundo. Un milagro, vamos. Pero las fincas, las casas de adobe, madera y paja, los tapiales, los niños que corren por las calles polvorientas, los ejércitos de mochileros que llegan cada día no son la consecuencia de un milagro. Son el f ruto del trabajo de cientos de generaciones. “El primer atacameño se asentó en el lugar dónde encontró el agua; después, todos los esfuerzos se centraron en conservarla y domarla para poder dar de comer a la comunidad”, nos comenta Mirta Solís, presidenta de la asociación de regantes y miembro del Gobierno municipal.

El agua es la excepción en el desierto. Es la anomalía. San Pedro de Atacama se asienta en uno de los numerosos valles de altura de la Cordillera de Los Andes. Las montañas, algunas con cimas que ven desde arriba los 5.000 metros de altitud, desaguan sobre las arenas sus deshielos que, en algunos casos, forman torrenteras más o menos permanentes. Cómo los ríos San Pedro y Vilama. A sus riberas y a orillas de los oasis de Chiu Chiu y Toconaco se establecieron los primeros agricultores de la zona allá por el siglo IV antes de Cristo formando las primeras culturas que culminaron en lugares alucinantes que hoy son visita obligada para el viajero con mente inquieta.

Sitios como el Pucará de Quitor, una ciudad fortificada que escala por una de las laderas  que cierran las espaldas del pueblo. O como la enigmática Aldea de Tulor (a siete kilómetros de San Pedro), con sus casas circulares conectadas como si fueran un laberinto. El viajero encontrará muchas respuestas en el coqueto y completísimo Museo Arqueológico Gustavo Le Paige. Y del rastro de aquellas culturas deducirá que el agua fue quien les dio forma; quien las hizo prosperar o colapsar a lo largo de los milenios. Porque es el agua, que recorre el valle gracias al ingenio de los antiguos y la dedicación de los actuales, la que permitió que el pueblo sobreviviera a los rigores de un clima de extremos: calor cuando el sol asoma a lo largo de todo el año y frío intenso cuando se esconde. Todo ese trabajo se traduce en agua para los huertos; para las cocinas de los restaurantes; para llenar las piscinas de los hoteles de categoría y para caer por las duchas de los hostales de mochileros.


Cuadrículas de barro y paja

Cuando los españoles llegaron al lugar impusieron nuevos modos y reglas. El habitual esquema de cuadrículas en torno a la Plaza de Armas se repitió aquí pero en miniatura. Por eso es pequeña la Plaza de Armas y el edificio del Cabildo; también es pequeña la Iglesia de San Pedro, que apenas alcanza a disimular, con su abundante baño de cal, la modestia de sus muros de adobe y sus techos de paja. Aún así es uno de los edificios más bellos del lugar y todo un icono de la arquitectura colonial del desierto. Formas simples que se repiten en las callejuelas de tierra del centro y que, pese al hartazgo de la mochila y la chancla, tienen un algo de especial. Encanto. Así de simple.


La sensación de parque temático se acentúa en la Calle Caracoles. La sucesión de hostales económicos, restaurantes, casas de cambio, oficinas de servicios turísticos y bares pone de manifiesto el papel de San Pedro como ciudad de servicios y acceso al desierto. Un lugar desde el que cada día parten miles de personas para descubrir las bellezas naturales y culturales de los alrededores. Porque el desierto da para mucho. Aldeas de sabor ancestral, lagunas encerradas en valles altiplánicos, geiseres que sólo se despiertan con los primeros rayos de sol, planicies de sal tan enormes que no parecen de verdad, volcanes perfectos con penachos de nieve, cielos con más estrellas de las que puedes imaginar… De todo.

Diez cosas que puedes hacer en San Pedro

1) Visitar el Valle de la Luna y el Valle de la Muerte.- A pocos kilómetros de San Pedro son las excursiones clásicas. Hay tours de unas seis horas de duración que recorren los puntos más interesantes de estos dos parajes increíbles. Mejor hacerlo a primera hora de la mañana o durante la tarde. La luz es mejor y permite ver todos los matices y formas del desierto. Imprescindibles la Cueva de la Sal o la Gran Duna, desde la que se disfruta uno de los atardeceres más bellos del mundo. La mayoría de las agencias de turismo del pueblo ofrecen excursiones para todos los gustos.


2) Hacer surf en la arena.- Cerca de San Pedro de Atacama se localizan varias dunas de arena de grandes dimensiones. Son el lugar preferido de los amantes de los deportes extremos. El Sandboard es uno de los deportes más practicados en estos parajes. Hay dunas de todos los tamaños e inclinaciones, lo que satisface las necesidades del experto y del principiante. Hay numerosas agencias en el pueblo que alquilan equipos y hacen cursos de iniciación.

3) Darse un baño en las Termas de Puritama.- Están situadas a apenas 32 kilómetros al norte de la ciudad (se accede a través de la ruta B-245). El agua, por obra y arte de la geología, sale al exterior a  33,5 grados algo que, a ciertas horas, se agradece. Las propiedades medicinales del agua de Puritama se conocen desde tiempos anteriores a la llegada de los españoles. Sabiduría aborigen.


4) Dejarse atrapar por los cielos atacameños.- La práctica ausencia de humedad es una de las razones que explica la fama del desierto de Atacama como meca de la astronomía mundial. Alguno de los más importantes telescopios del mundo se localizan en este lugar. Para los viajeros hay varias opciones para disfrutar de estos cielos cuajados de estrellas. Varias empresas ofrecen tours astronómicos con buenos telescopios en las inmediaciones de la ciudad. La agencia Space nos trató muy bien durante nuestra visita.

5) Visitar la aldea de Toconao.- La Atacama más auténtica; la de las comunidades originarias que conservan sus costumbres e instituciones desde tiempos ancestrales. Casitas de adobe y una de las más bellas iglesias del desierto son sus cartas de presentación. El pueblo se asienta en un verdadero oasis en el que florecen huertos y árboles frutales. Un buen lugar en el que comprar artesanía de verdad. Nada de Made in China.


6) Ver el Salar de Atacama.- No es tan grande como su vecino de Uyuni, en Bolivia, pero sus 100 kilómetros de largo por ochenta de ancho no son cosa pequeña. Impresionantes las llanuras de sal irreales y lagunas como la de Chaxa, famosa por sus colonias de flamencos de color rosa.

7) Hacer una excursión a las lagunas altiplánicas.- Situadas a 90 kilómetros al sur de San Pedro, son una de las excursiones típicas. Las lagunas más cercanas son las de Miscanti y Miñique, enclavadas entre volcanes de cumbres nevadas a más de 4.000 metros de altitud. Los paisajes son, sencillamente alucinantes. Para los más aventureros quedan otras lagunas más lejanas como el Salar de Aguas Calientes y la laguna Tuyajto, cercanas a la frontera argentina. Uno de los puntos culminantes de este paseo de altura es la visita a la pequeña aldea de Socaire, uno de los pueblos más auténticos del desierto atacameño.


8) Ver los geisers del Tatio.- A 98 kilómetros al norte de San Pedro de Atacama es uno de los puntos de atracción turística más importantes de la región. Este campo geotermal está situado a más de 4.300 metros de altitud y está formado por un conjunto de lagunas y geisers que tienen su punto máximo de actividad a primeras horas de la mañana. Los imponentes chorros de agua caliente superan los 10 metros de altura. La visita a este lugar suele completarse con paradas en pueblecitos típicamente atacameños como Caspana y Machuca. Muy cerca se encuentra el Yacimiento Arqueológico de Lasana.

9) Ver el Pukará de Quitor y la Aldea de Tulor.- Muy buenos ejemplos de la ocupación humana anterior a la colonización europea. Una buena forma de acceder a estos importantes yacimientos arqueológicos es alquilando una bicicleta en San Pedro y dedicar un día a ver las ruinas y, de paso, disfrutar del desierto a orillas del río San Pedro. Quitor está a unos 4 kilómetros del centro; Tulor a 10. Antes de visitar los sitios arqueológicos conviene ver el fantástico Museo Arqueológico Gustavo Le Paige, en la ciudad.

10) Una excursión por tierras bolivianas.- Muchos viajeros aprovechan su estancia en San Pedro de Atacama para hacer una incursión de varios días por el altiplano boliviano. La excursión, que suele durar entre tres y cuatro días, recorre los puntos más interesantes que median entre la frontera chileno boliviana y el impresionante Salar de Uyuni, punto culminante de la excursión. Hay precios y acomodos para todos los gustos y bolsillos.

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