24 horas en Jemaa El Fna: Marrakech a toda marcha

Gentío en la Plaza Jemaa El Fna de Marrakech.

Una de las cosas que más apabullan de un viaje a Marruecos es el bullicio casi constante de sus ciudades. La primera vez que tuvimos la oportunidad de visitar Marrakech ese zumbido casi perpetuo nos ocasionó un verdadero shock a la vuelta a casa uno de esos domingos por la noche en los que en cualquier ciudad española parece que se ha acabado el mundo. El silencio nos abrumó. La tranquilidad de las noches marroquíes empieza muy tarde y se rompe antes de empezar el día. Es un trasiego constante de gentes, de voces, de gritos, de músicas, de bocinas de coches y rebuznos de burros. Es algo indescriptible que hay que vivir al menos una vez en la vida. Es una explosión de vitalidad que muestra todo lo bueno y lo malo que se mezcla en esas abarrotadas medinas tan fascinantes como contradictorias. Y Marrakech es, junto a las norteñas Fez y Mekínez, el centro de esa cultura de la algarabía que tiene al mercado como eje fundamental de la vida social. La ciudad rosa se sitúa a pocos kilómetros de las primeras rampas del Atlas. Desde siempre fue un lugar de vital importancia en las rutas de comunicación entre las vegas fértiles y verdes del norte del país y las arenas del Sáhara. Eso dejó su impronta en su carácter comercial y bullanguero. Y si en un lugar se pone de manifiesto ese carácter bullicioso es el la famosa Jemaa El Fna, la plaza que es mucho más que una simple plaza.

Su nombre traducido al español significa algo así como la Asamblea de los Muertos. No se nos ocurre un topónimo más alejado de la realidad, porque este trozo de ciudad sin construir (porque no tiene ni forma determinada, ni servicios de ningún tipo, ni si quiera un árbol que arroje sombra) es un universo de vida, ruido, colores, sabores y olores. Este lugar a intramuros se dejó sin construir como patio de armas; esto es, el lugar dónde la guarnición local podía entrenarse en sus destrezas militares. Pero también era el escenario de las ejecuciones públicas. Y de ahí su nombre. Hoy ya no hay ni militares, ni ajusticiados. Hoy es el lugar por dónde todo el mundo pasa; y dónde casi todo sucede. Jemaa El Fna es un destino en sí misma. Un lugar que hay que visitar muchas veces a lo largo del viaje para captar su esencia y poder ir viendo los cambios de escenografía que se van produciendo a lo largo de esas jornadas maratonianas que comienzan en torno a las siete de la mañana y terminan cuando cae la media noche.

Jemaa El Fna por la mañana.- El Fajr es la primera de las cinco llamadas a la oración de la liturgia diaria musulmana. Escuchar los cantos del muecín desde lo alto de los minaretes es una de las primeras delicias de un viaje a cualquier país musulmán. La primera oración se hace poco antes del amanecer y merece la pena madrugar sólo para escucharla. Si te alojas en uno de los preciosos Riads de Marruecos (nosotros sentimos predilección por Al Karama -Derb Jdid, 119 (Quartier Dabachi); Tel: (+212) 0 600 013 013; E-mail: contact@riadalkarama.com- una preciosa y tranquila casa tradicional a 700 metros de la plaza) no es mala idea subir a la terraza para disfrutar del momento. El primer té de la mañana o el desayuno es una buena excusa para hacer la primera parada. Muchos de los cafés del lugar cuentan con terrazas elevadas a modo de balcón mirador. Pero creemos que a esta hora del día conviene sentarse a pie de calle y mirar. A esta hora la plaza recién se despereza y los coches, las motos y burros ganan por goleada a los caminantes. Sentarse en el Café Glacier y sólo ver a la gente pasar es un verdadero espectáculo –y disfrutar de los fantásticos crepes con mantequilla-. Puedes aprovechar las próximas horas visitando la Mezquita de Koutubia y sus alrededores (no te pierdas el Parque de Lalla Hasna y el Mausoleo de Kubba Fatima Zohra).

Jemaa El Fnaa al medio día.- La plaza se ha convertido en un verdadero carnaval. Ya el bullicio es brutal y el espacio se ha colmatado de personajes curiosos. Quizás los más vistosos son los aguadores, que visten largas túnicas rojas y sombreros extravagantes y multicolores. Estas fuentes andantes llevan el agua en enormes odres de piel y se anuncian a través de enormes campanas. Hoy ganan más dinero con las fotos de los turistas que con el agua. Son sólo una parte de la fauna de la plaza. Una cacofonía de gaitas y tambores anuncian la cercanía de los encantadores de serpientes. Pero también hay tatuadoras de henna, danzantes que menean la cabeza mientras hacen sonar enormes castañuelas metálicas, personajes con monos amaestrados, saltimbanquis, ejércitos de mendigos, fotógrafos y hasta vendedores de dentaduras postizas de segunda mano cuyos clientes prueban la mercancía sin miedo a las bacterias y todas esas cosas.

Lo bueno de Jemaa El Fna es que ocupa un lugar de centralidad desde el que se accede con facilidad a casi todos los rincones de la medina. Las calles Bab Agnau, Riad Ez Zitoun El Kedim y Riad Ez Zitoun El Jedid llevan hacia el sur (Tumbas Sadíes, Palacio el Badi, la Mellah, Palacio El Bahia, Museo Dar Si Said…); la fascinante Derb Dabachi conecta con el lado este y Souk Laksour con el norte (Curtidurías, Mausoleo Almorávide, Museo de Marrakech, Fuente Mouassine). Hay que pasar por aquí para ir a cualquier parte y la mayoría de las escasas indicaciones callejeras –en eso Marrakech se diferencia de nuestra adorada Fez) conducen hasta aquí. Si quieres almorzar algún día en plena plaza te recomendamos el Restaurante Toubkal que es bueno bonito y barato y, para colmo, te permite comer con vistas a la plaza. Aprovecha la tarde para tomar un buen zumo fresco de naranja en alguno de los puestos y para comprar higos secos.

Jmaa El Fna al anochecer.- Alrededor de la gran plaza se aglutinan algunos de los zocos más atractivos de Marrakech. Según nuestra experiencia, las mejores calles comerciales de la ciudad son Souk Laksour (con algunos rincones preciosos y el famoso mercado de alfombras), Derb Dabachi y Riad Ez Zitoun El Kedim. Todas parten desde Jemaa El Fna y permiten ir i venir de un extremo a otro en pocos minutos de caminata. La caída de la tarde en la plaza es mágica. Aquí sí que conviene subir a alguna de los balcones elevados para ver cómo, poco a poco, el centro del gran boquete se va llenando de tenderetes. La algarabía se incrementa. A la fauna diurna se suman los contadores de historias que, con las primeras sombras al caer el sol, encienden sus lamparillas de gas para congregar a verdaderas multitudes. También hay otros espectáculos menos edificantes y hasta repulsivos como las peleas de boxeo callejero (algunas con menores de edad). El ruido llega a ser ensordecedor. Con la llegada de la noche, todo el centro de la plaza se convierte en un restaurante al aire libre lleno de puestos de comida tradicional marroquí y el humo aromatizado por las especias inunda el lugar.

Ver este espectáculo desde alguna de las terrazas (nosotros insistimos con el Café Glacier) es una de las imágenes más impactantes de la ciudad. Aquí vas a encontrar de todo: carne de camello, cabezas de cordero, tajines y otros platos tradicionales. Imprescindibles las salchichas de cordero y dicen que los mejores lugares para comerlas son los puestos número 31 y 34. Estas cocinas al aire libre cuentan con grandes mesas compartidas. La higiene no es el fuerte de este lugar pero si no sufres con estas cosas no es una mala experiencia. A partir de las once de la noche la afluencia de gente empieza a disminuir. Las tiendas abren hasta tarde y no es mala idea dar un paseo hasta que empiezan a echar el cierre. A esa hora, la Plaza parece una sombra de sí misma. Un espejismo de tranquilidad que durará apenas unas horas. Hasta que todo comience una vez más. 

Foto de portada (CC): Krzysztof Belczyński

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