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Golferías

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Uno, que como tantos colegas pasó su época de cronista parlamentario, ha visto de todo en Teobaldo Power, y ha presenciado situaciones insólitas, hasta reprobables. Ha sido testigo de traiciones y de acuerdos impensables, ha alucinado ante la defensa por parte de un portavoz de sus propios intereses económicos e inmobiliarios, ha asistido a desplantes y carajeras sin par… Pero, si quieren que les diga, hubo momentos en que, por lo menos, se respiraba en el salón de plenos una cierta altura formal, una brillantez oratoria, oleadas de buen humor y una suerte de elegancia dialéctica que se ha perdido lamentablemente. Y, al mismo tiempo, se sabía, se tenía la certeza de la integridad de algunas de sus señorías que siempre estaban donde debían estar… No doy nombres, porque las comparaciones, en este caso, no serían odiosas, sino vergonzosamente abismales. No me detengo en los detalles de los sucesos parlamentarios de las últimas horas. Son una consecuencia, posiblemente, de un proceso de encanallamiento político generalizado que ha desembocado en un espectáculo infame que los presuntos representados por sus protagonistas no nos merecemos en absoluto. Uno baja cada día por la calle del Castillo hacia su despacho. A media altura de la popular vía hay una entrada lateral al Parlamento (correspondiente a uno de los locales requisados por la Cámara gracias a otra golfada colectiva), en cuya puerta cuelga un cartel invitando a visitar las dependencias de la casa de todos. Nunca veo a nadie interesado en la oferta ni mucho menos colas aguardando para entrar en los dominios de Gabriel Mato y recorrerlos a fondo. Posiblemente porque nadie cree, a estas alturas, que, de verdad, esa sea la casa de la gente de a pie, del isleño del común, del abatido elector. Que allí se resuelvan sus problemas o que se piense, auténticamente, en sus cuitas y preocupaciones. Al contrario: el Parlamento es, cada vez más, la casa de nadie. Pero, eso fue lo que votamos. Lo que hemos venido votando. Y conviene recordarlo ahora, que se acercan de nuevo las urnas. Es difícil renovar el escenario político y, mayormente, el elenco de quienes actúan en él, porque tampoco se renuevan los líderes ni las listas que, para colmo, continúan siendo cerradas a cal y canto. Pero, debiéramos intentarlo. Y convendría mentalizarse, a la hora de depositar el voto crucial, que, en realidad, no estamos eligiendo un presidente –no directamente al menos-, sino que estamos contribuyendo a crear la composición de nuestra cámara legislativa, de nuestro Parlamento, de esa institución que estamos obligados a prestigiar de nuevo, a limpiar, a desinfectar y, si es preciso –que me parece que sí- a resucitarla incluso. Después de enterrar tanta golfería acumulada hasta hoy.

José H. Chela

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