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Norte y sur, sin hospitales

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Ya saben: susto, nervios, prisas, llamada, petición de datos, ambulancia que tarda lo suficiente para desesperar, traslado, ingreso, urgencias, hospital, espera, pasillos? hasta que llega la información que alivia, si se ha llegado a tiempo, como parece que fue el caso.

Hechos como el descrito -es innecesario pormenorizar- contrastan la necesidad de que entren en funcionamiento cuanto antes los centros hospitalarios del norte y del sur de Tenerife. Quienes vivimos isla adentro sabemos muy bien lo que aumentan las ansias y las distancias en ocasiones como la relatada. Quizá en la capital no tanto. Esos centros han terminado convirtiéndose en un objeto ansiado, más que una reivindicación o una demanda que termina reclamando justicia social.

Ya se sabe que la salud es un derecho irrenunciable y que la sanidad es uno de los pilares del Estado de bienestar. En Canarias, pese a los avances, y teniendo en cuenta quejas, debates y registros estadísticos, da la sensación que ambas obviedades, cuando menos, se tambalean. En Tenerife, tan sólo, se habla de casi veinte mil personas en listas de espera, donde seguro que pasarán meses hasta ser atendidas. Cuentan que hay lista de espera hasta para el transporte de los pacientes y que el porcentaje de éstos se va incrementando notablemente. Y que en atención primaria también hay lista de dos o tres días para ser atendidos por el médico de familia.

Los problemas se agravan si, como parece, la tijera de los recortes en los Presupuestos Generales de la Comunidad Autónoma que hoy empiezan a ser debatidos en el Parlamento termina extendiéndose en los capítulos dedicados a la asistencia sanitaria, con lo que la apertura de los hospitales del norte y sur tinerfeños seguirá demorándose. La cadena de consecuencias es fácil de colegir. Y que se convenzan: no es la eterna cantinela, el tono lastimero de la ciudadanía del interior. Es una demanda que hay que agradecer no haya traspasado los límites de la paciencia -¡benditos límites!- del respeto y de la tolerancia. Claro que esos límites reflejan también una pasividad social preocupante, un conformismo existencial que ni siquiera muta en tiempos de crisis. Que quede claro que las infraestructuras o las dotaciones hospitalarias son una conquista y no un regalo. Y más claro debe quedar aún en qué fijan sus prioridades quienes tienen la responsabilidad de administrar recursos públicos.

Los recortes son la sustancia del debate político y del presupuestario en concreto, en las cuantías que sea, enmienda arriba, rectificación abajo. La gente, tan hastiada de la política, no estará muy pendiente, más que nada porque no espera grandes cosas. Pero que sepan los gobernantes que los equilibrios y la cohesión social se resienten a poco que asuntos tan esenciales como la atención sociosanitaria siguen sin tener respuestas directas y concretas. Si las previsiones contables del Gobierno de Canarias no son buenas para Tenerife, teniendo en cuenta el volumen de las competencias y de las prestaciones del Cabildo Insular, puede que estemos al borde de un colapso, dicho sea sin exageraciones.

Se resiste uno a creer y admitir que la apertura de los centros hospitalarios del norte y del sur de la isla depende en alguna medida de la oportunidad, de la proximidad electoral por ejemplo. Será ingenuidad y hasta una cierta benevolencia, pero más allá de la coyuntura y de esa visión alicorta, es evidente que se necesita un nuevo modelo sanitario en Tenerife, basado en planes integrales de salud y en centros mejor dotados tanto con recursos humanos como materiales que sirvan, incluso, para aliviar esa pesada carga de los actuales hospitales.

Lo que no es ingenuidad, en lo que hay que ser tajantes es que la sanidad no puede ser un negocio. Porque entonces sí que los desequilibrios y las discriminaciones fomentarán esa desvertebración o esa descohesión hasta límites insoportables.

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