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Víctimas colaterales

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Si les soy sincero, tampoco es que me sorprendiera del todo. “Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe” y los desmanes carnavaleros –aplicables a las dos capitales isleñas- tenían que estallar por algún lado. En esta ocasión ha sido por los malos modos de una persona a la que se le presumía la profesionalidad de la que antes hablábamos. Si a eso se le suma un extraño miedo escénico de muchos organismos públicos, el cual les impide reclamar a la persona designada si ésta no cumple con un acuerdo previo, el resultado es ya de todos conocido. Para empezar, no hubiera estado de más controlar la verborrea propagandística y dejar de lanzar a los cuatro vientos el desmesurado coste del acto. Al final, el respetable público no pudo evitar sentirse engañado –más bien estafado- por quienes han jurado defender los intereses de todo. Les honra el haber salido a la palestra y pedir perdón, pero parte de la culpa reside en su empeño por lanzar la piedra cada vez más alta. Todo lo que sube, termina por bajar y eso mismo es lo que les ha ocurrido. De todas formas lo que ya me está cansando es que siempre, o casi siempre por aquello de no ser tautológicos, la víctima colateral resultante de un suceso como la cacareada gala carnavalera de Tenerife sea la cultura. Puede que sea casualidad o que el cálculo de probabilidades esté empeñado en jugar siempre con las mismas variables. La verdad es que lo dudo, “al igual que Dios no juega a los dados, yo no creo en las casualidades”, tal y como decía el protagonista de V de Vendetta. Lo que sí creo es que para los responsables políticos es muy conveniente que sea la cultura la gran perjudicada en cualquiera de los múltiples asuntos que se cuecen en sus oscuros fogones. Cierto es que su actitud se ve refrendada por una ciudadanía que es capaz de castigar a una formación ideológica determinada por una chapuza en un estadio de fútbol –tal y como ocurriera con el estadio de Gran Canaria hace unos años- pero que es incapaz de protestar ante la falta de recintos adecuados para que sus hijos puedan estudiar. ¿Sabían ustedes que la Biblioteca Insular, situada en la plaza de Hurtado de Mendoza de la capital de Gran Canaria, espera una ampliación desde hace varios años y nadie parece querer acometerla? El asunto no sería tan grave de no ser por la saturación que muestra el recinto, incapaz ya de absorber la demanda de espacio requerido. La broma del camarote de los hermanos Marx tiene su gracia en la pantalla, pero en plena época de exámenes es todo menos graciosa. Seguro que algunas de las lumbreras que pueblan los departamentos de cultura de los organismos al cargo argumentarán que para eso está la flamante biblioteca de la Avenida Marítima. Mi respuesta es que, salvo un cambio de política –recuerden aquella maravillosa y florida frase, nada más abrir dicho recinto, en la que se prohibía estudiar en las instalaciones, digna del esperpento de Valle Inclán- dicha biblioteca no abre las 24 horas del día, cosa que sí hace la de la plaza de la ranas apócrifas (¿Sabe alguien dónde están las originales, por favor?) Al final, son los estudiantes los que se quejan sin razón, argumentarán. Como la vez que presentaron una queja, porque a otra lumbrera –hay muchas sueltas y sin bozal- se le ocurrió montar parte de una exposición dentro de una sala de estudio. Y como era de esperar, los doctos visitantes chillaban de lo lindo mientras entraban en éxtasis al contemplar las obras allí expuestas. Otras veces, las víctimas colaterales son mucho más grandes, por ejemplo el original CIC. ahora reconvertido en aparcamiento para los habitantes de la Casa Palacio y alrededores, o el teatro Guiniguada, durmiendo el sueño de los justos hasta que alguien decidió, por un tiempo, devolverlo a la palestra. Ambos son una buena muestra de cómo los organismos padecen de amnesia cuando les conviene. El CIC desapareció y nadie quiso responsabilizarse de ello, y el teatro Guiniguada espera mejor suerte tras las elecciones de mayo, si alguien está dispuesto a ello, claro está. Tampoco museos como el CAAM, sometido a los caprichos de quienes mejor harían quedándose en casa, o el ya comentado en otra columna, museo Elder, escapan a los empeños por dinamitar la cultura y lograr que los posibles votantes tengan su encefalograma plano durante estas fechas, mayormente. Ni siquiera la Universidad está exenta de tales males. Son demasiados los ejemplos que demuestran que un organismo cuya base es formar a las personas se ha convertido en una piscina llena de tiburones que luchan por lograr sus objetivos personales y/ o políticos. Me sigue pareciendo lamentable que se creen aulas como la de cine –parcela que conozco un poco- y se olviden de incluir a los alumnos como parte integrante. Claro, ellos no saben lo que quieren y necesitan los consejos de los sabios de la tribu para encauzar sus vidas. Lo he dicho y lo repito la carne es débil y la cara de muchos, durísima. Al final uno se plantea, aunque sólo sea por unos momentos, si su trabajo sirve de algo ante tanta mediocridad, desidia y apatía. Por fortuna tal estado dura poco y, tras las dudas, las cosas vuelven, más o menos, al mismo sitio. Aunque, visto lo visto, mejor será comprarse un casco, por si acaso.

Eduardo Serradilla Sanchis

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