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Vivir en pecado

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Carmen Galayo no fue despedida por ser una mala profesora de religión, sino porque tuvo la osadía de separarse y de vivir en pareja con Jaime Rubio, porque tuvo el atrevimiento de tener la vida privada e íntima que le pareció oportuna, por ser persona.

El obispado de Canarias no pagaba el sueldo de Galayo, como tampoco lo hace con los demás profesores de religión. Ese sueldo lo paga el Gobierno canario a través de su Consejería de Educación, pero los gobernantes que nos representan se convierten en peleles de la delegación del Vaticano en las islas.

La Iglesia católica se equivoca porque se cree la dueña de los profesores de religión cuando en realidad somos los contribuyentes canarios, incluidos los no católicos, los que pagamos el sueldo a los profesores de una doctrina religiosa en exclusiva en un Estado aconfesional.

El obispado no tiene ningún derecho a inmiscuirse en la vida privada de los profesores de religión que no paga. En todo caso seremos los contribuyentes canarios los que podremos quejarnos por la forma en la que el gobierno gasta nuestros cuartos, se llamen profesores de religión o indemnizaciones en montañas inútiles y borrascosas.

Es posible que haya quien no entienda que una mujer divorciada o arrejuntada pueda dar clases de religión en su vertiente católica, pero es un contrasentido igual que un católico se dedique al negocio de la especulación inmobiliaria, que un cura dirija un colegio privado selectivo y elitista o que una monja dé la espalda a una mujer que aborta.

Todos hemos tenido que aguantar trabajos que no nos iban, que nos molestaban o que nos hacían creer que éramos unos incoherentes. Pero todos somos humanos y mortales, también contradictorios, sobre todo cuando se trata de poder comer. Carmen Galayo se ha asegurado un plato de comida para los próximos años, y eso es motivo de satisfacción en época de crisis.

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