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El liberalismo 'a la Cope' de Aznar

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La propuesta de Aznar tiene dos importantes caras: una económica y otra ideológica. La cara económica -que Aznar menciona tan solo de pasada- puede resumirse señalando que ese «devolver el poder a su lugar» -a los empresarios, naturalmente- significa reducir las funciones del Estado y devolver la educación, la sanidad, los servicios sociales, los transportes, etc., al mercado y la iniciativa privada, esto es, «remercantilizarlas». Pero este modelo económico -y estos días tenemos numerosas pruebas de ello- genera grandes fortunas para unos pocos, escasos medios para la llamada clase media y terribles consecuencias para la gran mayoría: pobreza, miseria o hambre. Defender hoy ese liberalismo económico no sería más que una broma pesada si no fuera por esas consecuencias.

Pero el «auténtico liberalismo» de Aznar también tiene, como decíamos, una cara ideológica. Su papel fundamental sería servir de fundamento para la vida pública y ofrecer orientaciones acerca del matrimonio, la familia, la educación, etc. En opinión de Aznar, la política y la democracia están legislando constantemente sobre estos asuntos, pero al hacerlo se mete en terrenos que no debería pisar. La familia, el matrimonio, la sexualidad,.., tienen una dimensión pública pero Aznar cree que, en contra de lo que se está haciendo en España y otros lugares, no deben ser regulados por el Estado. Éste es el núcleo de su profundo desasosiego. Ya sabemos de su radical rechazo del matrimonio entre homosexuales, de la asignatura de educación para la ciudanía, del derecho de adopción por parte de parejas del mismo sexo o, en fin, de los limites al consumo de alcohol mientras se conduce (quienes se creen para decirme a mí cuántas copitas de vino puedo beberme antes de conducir, decía más o menos hace poco). Y para evitar estas medidas reivindica ahora un auténtico liberalismo.

Pero éste -dice Aznar- ha de ser "un liberalismo de raíz ética cristiana" que, además de servir de base para la vida pública, debe también -sorpréndanse por el giro argumental- salvar el proyecto europeo hoy en grave crisis -sorpréndanse de nuevo- "a consecuencia de la pérdida del legado del cristianismo, la verdadera alma del fundamento europeo". Tamaño disparate sobre la crisis del proyecto europeo no necesita mayor comentario, pero sí lo merecen las otras sugerencias. Es sabido que Aznar quiere convertir al cristianismo en el alma de la cultura europea (y hasta de la Constitución europea), pero no parece que el cristianismo sea la raíz de dicha cultura. Acaso dicha fuente se encuentre, por una parte, en la Grecia y Roma clásicas y, por otra, en el movimiento moderno de la Ilustración. Lo que si es creíble es que ni la una ni la otra superaran la «depuración» a la que a juicio de Aznar debe someterse la cultura europea para mantenerse vigente. Pero más discutible aún es su sugerencia de que el liberalismo tenga un fundamento cristiano, pues ese fundamento es racionalista y no teológico. Por lo demás, es sabido que el liberalismo se ha caracterizado históricamente, entre otras muchas cosas, por la defensa de la tolerancia religiosa y la separación entre la Iglesia y el Estado, lo cual presuponía la aconfesionalidad del Estado. Pero no es esto lo que defiende Aznar, pues cree que el gran error del liberalismo es precisamente creer que "un Estado liberal tiene que ser necesariamente laico". Por lo demás, aún si fuéramos a buscar no un fundamento sino un contexto cristiano al liberalismo, éste habría de ser protestante y, por tanto, una versión del cristianismo que Aznar en modo alguno profesa. Así pues, el «liberalismo de raíz ética cristiana» que Aznar nos propone no es un liberalismo cualquiera ni tampoco -¡válgame Dios!- un cristianismo cualquiera. Se trata de un liberalismo y cristianismo que yo llamaría «a la Cope», esto es, poco liberal (tolerante) y muy católico, apostólico y romano. Un liberalismo que, como ya sabemos, aboga por la confesionalidad del Estado y, en nuestro caso, por la recuperación de la triste y dolorosamente famosa fusión/confusión entre la Iglesia católica y el Estado.

No obstante, y siendo generosos, podría ser que lo que Aznar está defendiendo es que el Estado se inhiba de regular sobre aquellas cuestiones (matrimonio, familia, adopciones, divorcio, sexualidad, educación,...) y que sean los propios ciudadanos adultos los que decidan libremente con quien quieren casarse, qué tipo de sexualidad quieren practicar, qué clase de familia quieren construir, etc. Pero mucho me temo que tan «liberal» perspectiva (propia por cierto del primer liberalismo español de 1812) está lejos de lo que Aznar propone. Todo hace suponer pues que, en realidad, lo que defiende Aznar es que sea esa «raíz cristiana» la que decida sobre estas cuestiones y sirva de fundamento a las regulaciones del Estado al respecto. En suma, no nos engañemos: Aznar, a diferencia de lo que propugna en el terreno económico (aunque de boquilla, pues en la práctica es interesada y selectivamente intervencionista), no quiere desregular estas cuestiones y dejarlas a la libre decisión individual. Aznar quiere prohibirlas, esto es, regularlas en cierto sentido y, con ello, al amparo de este «liberalismo a la Cope» prohibir ciertas conductas y relaciones e imponer otras. Pero esto -claro está- no sería ya liberalismo sino simplemente rancio conservadurismo. Pare este viaje no hacían falta tantas alforjas.

*Profesor de Filosofía Moral y Política de la Universidad de La Laguna

Roberto Rodríguez Guerra*

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