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El síndrome Angulema

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La semana última fue de traca con la improvisada comparecencia de Rajoy para contarnos que los 100.000 millones de euros del rescate bancario no afectarán al déficit ni a la deuda, no llevan aparejadas condiciones fiscales y afirmar que no se había sentido presionado sino que, en todo caso, fue él quien presionó para obtener la "línea de crédito" con la que quedaba resuelto el problema. A su "¡A mí, Sabino, que los arrollo!" repliqué con el autóctono "¡Bájate de áhi!", pero no me escuchó: salió corriendo a coger el avión para no privar a la selección de su presencia en el Italia-España.

El caso es que consiguió Rajoy cabrear a la UE. Quiso engañar de nuevo al personal de tierra con que lo tenía todo tan controlado que podía irse tranquilo al fútbol y no tardaron irlandeses y portugueses en exigir que se les tratara igual que a España; lo que no contribuyó a aliviar la tensión ante los resultados de las elecciones griegas devenidas en cuasi referéndum de permanencia en la eurozona. De ahí que salieran dirigentes y agencias de la UE a aclarar que los 100.000 millones están sometidos a condiciones fiscales y que afectarán, cómo no, al déficit y a la deuda. El desmentido a Rajoy fue unánime y terminante.

De momento, la prima de riesgo alcanzó la estratosfera porque, según Moody´s, el rescate bancario elevará la deuda al 90% del PIB. Por su parte, Ángela Merkel explicó el miércoles, en el Bundestag que las ayudas a España obedecen a la "burbuja financiera" derivada de "comportamientos irresponsables". La canciller dejó a salvo los recortes de Rajoy, a los que elogió pues son de su hechura, y no dijo que esos "irresponsables" no solo están protegidos sino que alguno figura en el Gobierno y a otros los vemos dando consejos sobre lo que hay que hacer frente a la crisis. Muy al estilo de esas series televisivas en que el FBI contrata a delincuentes para que le ayuden a luchar contra la delincuencia. Solo que en la tele funciona la invención, lo que está por ver en la realidad española que no para de generar personajes grotescos, como Carlos Dívar, hombre de tan profundas convicciones religiosas que vive divinamente del gorroneo a costa de las arcas públicas.

Como suele ocurrirme cuando ya no sé qué decir de un asunto, se me fue el caletre por los cerros de Artenara donde me pregunté si no estará escrita en las estrellas que nos corresponden en el casillero astrológico esa cifra de 100.000. Porque 100.000, justamente, fueron los "hijos de San Luis", que, al mando del duque de Angulema, entraron en España para acabar con las libertades constitucionales. Los llamó, ya saben, Fernando VII apoyado por la derechona de la época de la que no está tan alejada la actual; que por eso llamamos "conservadores" a quienes la integran. Podría establecer comparaciones jocosas pero no parece adecuado con lo que están sufriendo millones de españoles. Sin embargo, qué quieren, me atormenta la idea de que los miembros del Gobierno padecen el que podríamos llamar "síndrome de Angulema", pues si el duque bombardeó al modo Cádiz, la ciudad de la primera Constitución, todos los ministros de Rajoy juraron sobre la Biblia, sin mirar siquiera a la Constitución, en simbólica afirmación de que solo a Dios compete pedirles cuentas, no al país en virtud de sus derechos constitucionales. Puede entenderse así que el PP bloquee los intentos de investigación y comparecencia que surgen del Congreso de los Diputados y que Rajoy haya comenzado a mostrarse faltón y desconsiderado con la oposición. Hay muchas maneras de bombardear una Constitución, a lo que se ve.

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