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Cataluña le queda grande a Rajoy

Reunión entre Rajoy y Artur Mas en el Palacio de la Moncloa

Los independentistas han convertido las elecciones autonómicas catalanas del domingo 27 en un sucedáneo del referéndum que se les negó. Pretenden inducir la voluntad de los catalanes de los resultados de unos comicios que están para otra cosa. Piensan que si entre todos los grupos independentistas obtienen un número suficiente de votos y escaños, podrían proclamar el Estado catalán. Si lo consiguen, espero que agradezcan la contribución de Mariano Rajoy sin cuyas torpezas nada hubiera sido posible.

Calculó mal Rajoy. Según Josep Ramoneda, su estrategia se redujo a elevar el tono del discurso, descalificar a cuantos quedan fuera de los muros del PP, amenazar a todo bicho viviente y advertir a los catalanes de los desastres que les aguardan en la feria de ilusiones y colorines fatuos que prometen los independentistas. Pretendió achantar a Artur Mas que resultó ser un tipo correoso al que sólo proporcionó nuevas bazas con que mantenerle el pulso y entre uno y otro llevaron el conflicto a un punto de no retorno en que las elecciones del domingo 27 nada resolverán, gane quien gane. Si gana Rajoy, el asunto quedará soterrado hasta la próxima sin que quepa esperar sino más de lo mismo. A las empresas que han pensado abandonar Cataluña no les hará desistir que se impida ahora la  independencia catalana si la aspiración continúa soterrada y presta a rebotar en cualquier momento. Al dinero no le van los conflictos mal resueltos que permanecen latentes.

En las últimas semanas han surgido propuestas con las soluciones ya conocidas: reforma constitucional, reconocimiento de las singularidades catalanas y de su realidad como Nación que configuran la tercera vía. Es el camino, a buen seguro, pero Rajoy ya ha dicho claramente que no reformará nada; y en cuanto a las singularidades catalanas, dentro del propio PSOE hay quienes no las aceptan. Les mola el españolismo. En este sentido, cabe una referencia al comentario que Borja de Riquer, catedrático de Historia Contemporánea de la Autónoma de Barcelona, dedica a un artículo sobre la cuestión catalana de Santos Juliá. De Riquer se muestra sorprendido de que Juliá no mencione al españolismo, o sea, que ignore que el catalanismo no se puede entender sin el nacionalismo español: ambos se retroalimentan y condicionan, asegura. Le sorprende no menos que ni siquiera se pregunte qué ha ocurrido en Cataluña durante los últimos años para llegar a la actual situación. Para Riquer, en fin, Santos Juliá ha asumido la tesis españolista de que todo se debe “a la gran operación de manipulación de la opinión catalana impulsada por Mas y Junqueras” que han utilizado las instituciones y el apoyo de los medios de comunicación para “embarcar a los catalanes en la peligrosa vía de la independencia”; una simplificación que ni siquiera toma en cuenta actuaciones del bando nacionalista como la forma en que Zapatero y Guerra liquidaron el proyecto federal de Maragall; o el modo de cepillarse las Cortes el estatuto catalán de 2006; sin olvidar la campaña que Rajoy y el PP organizaron contra el estatuto catalán que sembró de anticatalanismo toda España. Tampoco se habla de la política centralizadora y españolizadora del Gobierno de Rajoy y sus constantes incumplimientos de lo que dispone el Estatut. Remata Riquer el memorial de agravios subrayando la inexistencia de alguna oferta española “que pudiese neutralizar el avance independentista”. Aunque con otras palabras, viene a decir que Santos Juliá ha sido abducido por la simplificación españolista que carga todas las culpas a los catalanes.   

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Del referéndum griego y la RTVC como “tema administrativo”

Alexis Tsipras

Lo miren por donde lo miren, si despojamos al referéndum griego de tanto economicismo malgastado en los últimos días, el problema quedaba reducido al nada paradójico intento de devolverle el poder a quienes saquearon el país; con la connivencia de los bancos franceses y alemanes porque a ver quien se cree que estos ignoraban los manejos de los anteriores gobiernos helenos para ocultarle a la UE el déficit real. Es un problema menos económico que ideológico y político. Ya de por sí resulta sospechosa la extensa coincidencia de los sesudos editorialistas de los grandes medios europeos que anticipan toda clase de males para los griegos extendidos, con mayor o menor dramatismo, al conjunto de la UE y de los que sólo disienten quienes piensan que ya se ha asumido una Europa sin Grecia y puede seguir la fiesta.

Junto a estas opiniones, unánimes con matices, resulta llamativa la escasa difusión de otros enfoques. Y no me refiero a los “radicales” y “extremistas” sino a los de economistas reconocidos en el mundo, entre los que figuran varios premios Nobel, que algo sabrán. El cuadro que pintan poco tiene que ver con el difundido y aunque no empleen grandes palabros, pues no son activistas políticos, ofrecen información suficiente para que los profanos deduzcamos el feroz saqueo a que se ha sometido a Grecia y a los griegos; la forma en que los bancos acreedores se han resarcido del engaño que conocían llevándose la parte del león del dinero teóricamente entregado a Grecia y otras lindezas que confirman la idea de que lo de menos son los aspectos económicos del conflicto y lo de más el deseo de quienes manejan la eurozona de conjurar el peligro que para su posición de dominio ayudando a llegar de nuevo al poder a los que estaban antes de Tsipras. Porque se trata de un problema de poder para el que, por suerte, no disponen ya de coroneles que lo resuelvan. Ahora los han sustituido con la perversa distinción entre griegos europeístas y griegos antieuropeístas, que ya no se llevan los comunistas. En esa dicotomía no se atiende a Tsipras cuando asegura que su actitud y el mismo referéndum, no cuestiona a Europa y el euro, donde quiere permanecer, sino al enfoque que la troika, de las “instituciones” dicen ahora, han dado a un problema puntual, con desprecio de la evidente constatación del fracaso de las políticas de austeridad. Un fracaso que no aceptan debido a que su europeísmo consiste, precisamente, en satisfacer a los grandes poderes económicos y financieros de los que dependen la cooptación de los/las cabezas visibles de esas instituciones.

En este sentido, Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, considera que Tsipras quiso dar a los griegos la oportunidad de pronunciarse en una cuestión crucial para el futuro bienestar del país y de ahí la convocatoria del referéndum. Y añade: "Esta preocupación [de Tsipras] por la legitimidad popular es incompatible con la política de la eurozona, que nunca ha sido un proyecto muy democrático”. Y remata Stiglitz: "Los Gobiernos miembros [de la eurozona] no pidieron permiso a sus ciudadanos para entregar la soberanía monetaria al BCE; solo lo hizo Suecia y los suecos dijeron no. Comprendieron que si la política monetaria estaba en manos de un banco central obsesionado con la inflación, el desempleo aumentaría”. Tenían razón, como ha podido verse. No viene mal recordar que desde hace años se habla del déficit democrático de la UE al más alto nivel de modo que o hay demasiados radicales o llaman radicales a todo lo que se mueve, como hace en España el PP. Porque, admítanlo, decir estas cosas en España es pecar de un radicalismo insoportable.

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El banderón de Sánchez, el cabreo de Rajoy y la U.D. arriba

Pedro Sánchez durante su discurso en el Teatro Circo Price. / Flickr PSOE

Si les digo la verdad, no me chocó ver a Pedro Sánchez con un tremendo banderón de España enmarcando su discurso de agradecimiento y buenos propósitos, obligado en quien acaba de ser nominado candidato a la Presidencia del Gobierno. No me llamó la atención, qué quieren, hasta enterarme al día siguiente de que la ocurrencia era, en sí misma, un acontecimiento. Ahí es nada que un partido no de derechas, que se proclama líder o cosa parecida de la izquierda, supere el repelús del mester de progresía patrio a unos símbolos que la derecha ha patrimonializado; desde la ultra, que no renuncia al águila de San Juan, hasta el PP que, por mucho que diga, no acaba de acomodarse en democracia y de ahí que a Rajoy le haya sentado como una patada en todo el tabernáculo de los símbolos que Sánchez utilizara la bandera para envolver su producto.

Comprendo, faltaría más, las aprensiones de los que ven en el rojigualda un vestigio franquista. No es preciso recordar que Franco fundió esos colores con su régimen fascista, pero sí subrayar que esa identificación ha perdido fuerza. Ya les dicen menos a las nuevas generaciones, aunque todavía haya quienes no acaban de superarlas; unos porque añoran a su Caudillo y otros porque no reparan en que el antifranquismo puede ser una forma de franquismo y ahí están los sociólogos y politólogos para explicar la aparente paradoja; como están los historiadores para aclarar que esos colores tenían ya una muy larga tradición antes de que Carlos III los eligiera (mediante concurso, dicho sea sin ánimo de señalar) para dotar a la Marina de una enseña claramente visible en el mar que acabó convertida en bandera nacional. La I República los mantuvo, eliminando, eso sí, el escudo monárquico y la II puso de morado, por influencia de la de castellaneidad tengo entendido, la franja inferior; la actual, constitucional, sustituyó el “aguilucho” por el escudo heráldico del Reino de España.

El caso es que, como digo, la derecha patrimonializó los símbolos españoles (o del Estado Español, si lo prefieren) y de ahí la desastrada reacción de Rajoy. Dijo con la boca chica que le parecía bien la iniciativa de Pedro Sánchez para evidenciar, acto seguido, que le supo a cuerno quemado pues volvió a denunciar los apaños del PSOE con la extrema izquierda radical e independentista con el decidido y declarado propósito de evitar que el PP alcance el poder allí donde fue el partido más votado.

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Radicales, extremistas y demás ralea

El PSOE dice que no hay avances significativos en las negociaciones con Ahora Madrid

Mucho han apelado los peperos durante la campaña electoral al sentido común, con lo que confirmó la sospecha de que no es el más común de los sentidos. Aunque tenga sentido, no común desde luego, que después de una legislatura culpando a Zapatero de la crisis mundial y de utilizar su legado para justificar su cruel política, arremetiera Rajoy contra Pedro Sánchez cargándole de antemano los desastres que puedan producirse en los cinco meses que nos separan de las próximas generales. Dan los peperos la sensación de no soportar que los priven de sillones y escaños que consideran suyos por derecho divino. La actitud de algunos de los desplazados, negados a entregar personalmente la vara de alcalde a su sucesor, dice bastante de esa arrogancia herida. Y me parece justo anotar que el ex alcalde de Las Palmas, Juan José Cardona, no sólo asistió a la toma de posesión de Augusto Hidalgo, su sucesor, sino que lo felicitó y hasta le deseó suerte: un gesto cortés, de aceptación de las reglas de juego y si me apuran de valentía teniendo sobre su cabeza un personaje de la catadura de José Manuel Soria y su panoplia de rayos jupiterinos.

No sé si ustedes lo han notado, pero siempre que los peperos pierden, reaccionan como si les hubieran robado algo. Y subrayo que el PP perdió las elecciones no porque niegue que fue la fuerza más votada, que lo fue, sino porque la ley permite a los demás grupos sumar sus resultados y configurar mayorías que superen los resultados del partido más votado. Cabe, desde luego, la discusión de si es justo, injusto, medio pensionista o cosa del Diablo, si debería o no modificarse, aunque dando por sentado que se trata de una práctica legal; que, por cierto, también le ha servido al PP para hacerse con el poder allí donde ha podido cerrar pactos con otras fuerzas. No les haré el listado pues se trata de información de fácil acceso, aunque sí reseñaré, en la parte que nos toca, el acuerdo PP-CC para impedirle a Juan Fernando López Aguilar acceder a la presidencia de Canarias; a pesar de que el PSOE fue en aquella ocasión el partido más votado, con diferencia. Que no se rasguen las vestiduras, pues.

Rajoy, recuerden, adoptó una actitud que podría calificarse de tolerante cuando el 15-M. Miles de personas se echaron a la calle y parece que el hombre no perdió entonces el oremus que acaba de extraviársele. Seguramente no le inquietó el grito de "no nos representan" dirigido al conjunto de la clase política y le tranquilizaría aún más el declarado propósito de los portavoces de la movida de no organizarse como partido convencional y practicar el asamblearismo puro y duro que tanto nos entretuvo en nuestros tiempos mozos. Se equivocó Rajoy al pensar que aquello fue un desahogo ocasional que se disolvería como un azucarillo. No contó con que hay gente mala atenta a la oportunidad de hacer daño y de la que surgió la idea de Podemos. Que tampoco le preocupó hasta que dio la campanada de las elecciones europeas, seguida, para más inri, de su decisión de constituirse en partido y concurrir a cuantas elecciones se les pusieran por delante. Eso ya era harina de otro costal y castigó la osadía alineando a la nueva formación con los "antisistema". Algo chocante pues la decisión de participar en procesos electorales implica la aceptación de las reglas del sistema, su integración en él. No se explica esto, salvo que Rajoy considere que el sistema es el PP. Lo cierto es que, en lugar de alegrarse de que Podemos dejara extramuros el proyecto bolivariano-castrista, se lo tomó a la tremenda. La derecha siempre ha necesitado tener al Diablo enfrente, ya saben.

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Rajoy, centinela de Occidente y el superministro

El ministro de Industria, Energía y Turismo, José Manuel Soria

Rajoy ha recurrido al miedo para persuadir al electorado de que votar PP es lo único que puede salvarle del infierno que prepara el mester de rojería por el mero gusto de mortificarnos porque ya no cuenta siquiera con una URSS como Dios manda a la que entregarle España. Ni siquiera ha resultado lo de la República bolivariana y mucho menos los soviets de Manuel Carmena denunciados por Esperanza Aguirre, cual rediviva Agustina de Aragón. Como novedad, en los nuevos mensajes peperos ya no hablan de antisistemas debido, quizá a la constatación de que el radicalismo de Podemos se reduce a reclamar que se respeten los derechos ciudadanos proclamados en la Constitución. Estos son, conviene repetirlo, además de las libertades ciudadanas plenas, los referidos al trabajo, la salud, la vivienda, la educación, la igualdad, etcétera, justo los que se está saltando a la torera o vaciándolos de contenido el Gobierno que igual resulta ser el verdadero antisistema, ya ven.

Es cierto que Rajoy accedió a La Moncloa en medio de una crisis de origen financiero ante la que no podía andarse con paños calientes. Pero una cosa es una cosa y otra cosa son dos cosas y esa segunda cosa fue cargar el peso de las medidas anticrisis a la cuenta exclusiva de las clases medias y populares y las pymes con una crueldad y determinación ausentes en el trato a las grandes empresas, a los bancos y a la corrupción que sólo condenó cuando comprendió que podía dañarle en las urnas.

Rajoy se lanzó a las mayores tras el varapalo del 24-M poniendo por delante el hecho, cierto desde luego, de que el PP fue el partido más votado. Lo que hace aún más significativa su debilidad ante el otro hecho, no menos cierto, de que los demás partidos se juramentaran para dejarlo fuera de los acuerdos poselectorales. Una situación que ha venido a aliviar Ciudadanos con la manita que, en el momento de escribir, estaba a punto de echarle a Cristina Cifuentes en la presidencia de la Comunidad de Madrid; tras asegurarle a Susana Díaz la investidura como presidenta de Andalucía. Para que no digan. Una vela a Dios y otra al Diablo y dejo a las afinidades políticas del lector decidir quién es quién. Por mi parte, no tengo inconveniente en aceptar que ha movido a Ciudadanos la necesidad de garantizar la gobernabilidad poniendo por delante que esos apoyos a unos y otros implican la aceptación de sus condiciones para el cambio. Eso ya se verá. En cualquier caso, es evidente que Ciudadanos ha sido hábil para situarse ventajosamente en el marco de la nueva correlación de fuerzas.

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Pacta que te pacta

Pedro Sánchez dice que ha habido "más diferencias que coincidencias" con Rajoy

La semana pasada les dije que el PP no tiene perro que le ladre. Pero olvidé que uno es de las generaciones nacidas antes del año constitucional de 1978 a las que Albert Rivera condenó, o poco menos, al ostracismo. Como en esas tribus indias en que los ancianos se retiran a un lugar apartado para morir sin estorbar la vida de los jóvenes. Tan terminante ha sido, a lo que voy, este corte generacional que desconocen las nuevas echaduras el sentido de expresiones preconstitucionales, o sea, de toda la vida, como esta de "no tiene perro que le ladre". Tan es así que uno se me acercó a la hora del café a reprocharme que llamara "perros" a quienes no quieren o no están dispuestos a pactar nada con los peperos. Estaba el hombre tan irritado que ni siquiera aguardó a escuchar que se aplica el dicho a alguien que está tan solo que cuando regresa a su casa no tiene siquiera perro que le ladre y mueva el rabo de contento al verlo aparecer. Sé que exagero lo que quiso decir Rivera pero, qué quieren.

De todos modos, debo anotar que la cosa ha cambiado algo en los últimos ocho días para el PP. No mucho pero sí algo. Lo digo por dos hechos significativos. Uno es que Rajoy invitara a Albert Rivera, líder de Ciudadanos, a comer en La Moncloa; el otro, los barruntos de Teresa Rodríguez, candidata de Podemos a la presidencia de Andalucía, acerca de un supuesto acuerdo del PP y el PSOE: los peperos desbloquearían la investidura de Susana Díaz a cambio de que los socialistas acepten que sean alcaldes los cabezas de las listas más votadas. Esto permitiría al PP hacerse con el gobierno de más de setenta ayuntamientos andaluces entre los que figuran siete de las ocho capitales de provincia, además de Marbella y Jerez. Un remedio para paliar la quiebra del poder territorial de que disfrutaba.

En el caso del encuentro Rajoy-Rivera sólo tengo la versión cachonda de un amigo coñón, del PP por más señas, que no me resisto contarles porque supera con suficiencia los mínimos de mala leche exigidos en esta sección. Imaginó, el hombre, a los dos comensales tomando café en un balcón monclovita. Tras unos minutos contemplando en silencio el panorama, Rajoy haría un gesto abarcador con el brazo derecho, pues en el izquierdo tendría la tacita, diciéndole a un tiempo a Rivera: "Todo esto que ves, algún día podrá ser tuyo".

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Pactos: el PP sin perro que le ladre

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy

El otro día les dije que el país estaba para adelantar las elecciones generales. Pasé de plazos establecidos entre convocatorias y de si realmente merece la pena apurar el tiempo que queda de legislatura. Me preguntaba si tenía sentido que de aquí a noviembre siga Rajoy legislando en solitario con su mayoría según le cuadre. Su comparecencia del martes pasado ante la cúpula de su partido y los medios informativos me reafirmó en esa idea por la impresión de que sigue sin enterarse y que pretende continuar tal cual.

La lectura que hizo Rajoy de los resultados electorales podría inspirar al menos un capítulo de Antoñita, la fantástica, la vieja serie de la tele. Reconoció, menos mal, que los resultados no fueron los que hubiera querido para añadir que, de todos modos, el PP ganó las elecciones como partido más votado. Una versión de aquello tan isleño del equipo derrotado que regresa a casa cantando aquello de "¡fuerte paliza les peguemos ellos a nosotros!".

Es cierto, desde luego, que a pesar de la tremenda pérdida de votos respecto a las elecciones de 2011, el PP obtuvo el 27% de los emitidos, seguido de cerca por el 26% del PSOE. De lo que dedujo alegremente  que la mayoría de los españoles respaldan su política; lo que deja el descalabro del domingo pasado en mera contrariedad ocasional que se superará en los próximos meses, cuando los electores recuperen el famoso sentido común y comprendan el esfuerzo del Gobierno para sacarnos de la horrible situación heredada de Zapatero. Oculta que si bien no heredó una perita en dulce, su gestión ha empeorado la situación personal y familiar de millones de españoles, que en algunos casos el objetivo marcado es alcanzar determinados índices donde los dejó Zapatero, después de toda una legislatura beneficiando a los de siempre, de los que se agarra para hablar de "recuperación". Y para que nadie diga que no hace autocrítica, atribuyó el “contratiempo” electoral a fallos de comunicación que, una vez corregidos, hará que el electorado le confíe de nuevo la presidencia del Gobierno para los próximos cuatro años. Con todo, se mostró muy realista ante el Comité Ejecutivo Nacional del PP al advertir a los descontentos que no tiene el partido mejor candidato que él; o sea, que no disponen de otro candidato por lo que la consigna es aguantar y aguantar. Por eso, para aguantar, anunció que no hará cambios en el Gobierno ni al frente de la organización pepera. Aunque al filo de cerrar estas páginas he sabido que el malestar interno parece haberlo inclinado a mostrarse más receptivo a la necesidad de introducir cambios.

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Adelantar las elecciones generales

Rajoy insiste en que será candidato y no prevé cambios en el PP ni en el Gobierno

Como el anterior trabajo, de aproximación a las elecciones, fue redactado y publicado días antes de la jornada de votaciones, parece obligado completarlo con algunos comentarios del día después. Y lo primero que se me vino a la cabeza fue un amigo prematuramente calvísimo, de mostacho desafiante y cuerpo muy velludo, para quien el problema no era, decía, de calvicie sino de mala distribución del pelo. Acababa yo de escuchar a los voceros del PP proclamar que habían ganado las elecciones, ya que fueron los más votados por los españoles, así que el batacazo fue consecuencia de que estaban los votos mal distribuidos.

Es lógico, desde luego, que traten de consolarse los peperos. Sin embargo, la realidad es que les han dado para el pelo hasta dejarlos calvos del poder territorial que acumulara Rajoy en 2011; el mayor de un partido gobernante en democracia. Esto, por sí solo, es suficiente para plantear la necesidad de adelantar las elecciones generales previstas, en principio, para noviembre. Es preciso recolocar cada pieza en su sitio cuanto antes y ahorrarle al país los meses que quedan por delante. Porque ¿qué va a hacer el PP tras semejante bofetón? Porque no creo de recibo que insista en legislar por decreto en los términos que acaban de rechazar los electores. Sería legal, desde luego, pero poco legítimo y posible fuente de nuevos problemas El PP hizo oídos sordos a la voz de la calle, quiso silenciarla mediante la “ley mordaza” del ministro Fernández, pero acabó entrando en las corporaciones locales y los gobiernos autonómicos con posibilidades de apaños y conchabos muy reducidas: la supervivencia y la progresión política de los emergentes depende de su fidelidad a los compromisos adquiridos; y la recuperación del PSOE, de la coherencia que le permita aprovechar esta segunda oportunidad, no sé si me entienden. Por si no se han dado cuenta, ya hay en los cercados de la derechona quienes hablan de “frente popular” para meter miedo.

De los resultados electorales ha resultado el desaloje del PP de sus “santuarios” principales y que allí donde podría mantenerse en el poder no tiene otra posibilidad de pacto que Ciudadanos. Es curioso que los comentaristas, al ocuparse en caliente por la tele de los resultados a medida que se iban conociendo, midieran las posibilidades de mantenerse el PP en el machito a un pacto con Ciudadanos; que la mayoría de las veces resultaba insuficiente. Con olvido de que Ciudadanos ha repetido, una y otra vez, que no pactarán con nadie para obtener poltronas; que no entrarán en el gobierno de las corporaciones en régimen de intercambio de “estampitas”. No está el horno para esos bollos si su objetivo es consolidarse como la genuina opción de centro derecha. Mejor le iría mirar a la izquierda, con la que coincide respecto a los asuntos de corrupción y en la necesidad de una reforma administrativa, por ejemplo. Si existe el centrismo puro y duro, no hay duda de que es el posicionamiento más difícil de acreditar; entre otras cosas porque la derecha tiene un cierto pudor de proclamarse como tal y suele presentarse como “de centro”. Incluso tiempo hubo en que el centrismo se tildaba de escapismo. No debería hacerse del centro un comodín para convertir en full las dobles parejas.

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Las elecciones del primer cambio posible

Manifestación convocada por Podemos en Madrid el 31 de enero entre Cibeles y Sol

Este domingo toca votar y botar. Cesará, al fin, el zarandeo de las encuestas en las que los peor parados dicen no creer; con el añadido de que la única encuesta válida son los resultados de las urnas, lo que no deja de ser una majadería porque, como indica su propio nombre, los resultados no son un sondeo. La cosa está entre el cambio, que es como llaman a la entronización de la decencia política y el "nosotros o el caos" al que se agarran los peperos atemorizados porque la gente tiende a dejarse llevar menos por el dicho conservador de que "más vale malo conocido que bueno por conocer", devenido de forma interesada en expresión acabada de la sabiduría popular. Lo malo conocido sería el PP y lo bueno por conocer cualquiera sabe. Nada de particular tiene que el porcentaje de indecisos, a apenas 48 horas de abrirse los colegios sea significativamente mayor que en ocasiones anteriores.

No sé si Heráclito formuló la teoría de los contrarios antes o después de que los taoístas lanzaran la suya del yin-yang, que viene a ser lo mismo en chino. Lo que sí parece seguro es que el bipartidismo PP-PSOE vino mucho después a negar esa teoría que atribuye el orden del universo a la tensión entre opuestos, la que permitió al Hombre discernir y emitir sus primeros juicios de valor al distinguir entre el día y la noche, la salud y la enfermedad, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, la juventud y la vejez y cuanto les cuadre, que nada hay sin su contrario. Incluso en el fútbol, ya ven. Pero, como les digo, el bipartidismo, aunque imperfecto negó esa teoría al mantener la tensión sólo formalmente y reducida a la alternancia en el machito. Fue también Heráclito quien estableció la imposibilidad de que podamos bañarnos dos veces en el mismo río, que en el caso que nos ocupa serían las riadas de promesas y compromisos electorales. Y conste que traigo a colación a Heráclito porque Ángel Gabilondo, aspirante por el PSOE a la presidencia de Madrid, tuvo la ocurrencia de afirmar que a su remoto colega le hubiera encantado twitter; no vaya a ser que esté enviando un mensaje encriptado y uno con estos pelos, que con los filósofos hay que tener cuidado.

El caso es que tenemos tan asumida esa teoría de los contrarios que, al negarla, el bipartidismo ha impulsado la aparición de los partidos emergentes, Podemos y Ciudadanos, para demostrar que, en efecto, no hay uno sin dos: enseguida el personal de a pie los consideró sendos granos que les han salido a peperos y socialistas justo donde el contacto con las amadas poltronas es más intenso, o sea, las posaderas en lenguaje coloquial.

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La victoria de Cameron y Rajoy en la inopia

Cameron expresa satisfacción por la unión de las "cuatro naciones"

Entre los mensajes electorales de David Cameron para que le votaran figuraba asegurar la estabilidad que permita al país continuar por la senda de la recuperación económica frente a los laboristas, que lo llevarían a la ruina. No sé si se les suena pero por si no, diréles que es el mensaje preferido del PP; el que explicitara Soraya Sáenz de Santamaría en la acostumbrada rueda de Prensa tras el Consejo de Ministros con los resultados de las elecciones británicas sobre la mesa. Es curioso que el mismo partido que pedía no extrapolar los resultados andaluces a España lo haga con los del Reino Unido con el que solo tiene en común a Trillo. Será el legado de Fraga, que se apuntaba como propio cualquier triunfo conservador allí donde se produjera.

Yo no descarto ni dejo de descartar que el PP gane las elecciones generales, aunque no creo que, de ser así, repita la mayoría absoluta; o disoluta que también se dice de un partido récord mundial de casos de corrupción en los que sus dirigentes no han tenido arte ni parte; ni in vigilando ni in nombrando, dicho sea retorciendo el latinajo de garrafón en honor a Esperanza Aguirre, plusmarquista en la especialidad de darle cancha a los zarandajos. Como tampoco estoy demasiado seguro de que se haya acabado ya con el bipartidismo. No me fío, qué quieren, del PSOE; no me sorprendería que volviera a entrar en ese juego si puede obtener alguna ventaja. Hay entre los socialistas quienes lo bendicen, como Felipe González, nada menos.

Pero voy ahora por la contumacia con que el PP utiliza, según le cuadre, el engaño o la media verdad (táchese lo que no corresponda) que indica la poca consideración en que tiene la inteligencia del electorado. Porque a nadie se le escapa que, al margen incluso de las diferencias temperamentales, de cultura y práctica democrática, de sistema electoral, etcétera, no se perciben de la misma manera las cosas en España y en el Reino Unido. Se le fue, pues, el baifo a la viceRajoy con su euforia "fraguista" porque, aun en el supuesto de que los británicos le dieran a Cameron el triunfo para no arriesgarse a perder lo que tienen, no es lo mismo. Entre otras cosas porque tienen los británicos mucho más que "conservar". Para no meterme en mayores honduras, les recordaré que la tasa de paro del Reino Unido es del 5,7% (2014), frente al 23,6% de la española en el mismo año, lo que, como mínimo,  indica que son muchos más los españoles que tienen motivos para arriesgarse y votar el cambio. Mientras los británicos se miran en España o Italia para no llegar a esos extremos, no son pocos los españoles convencidos de que nada tienen que perder porque lo han perdido todo; o se lo han arrebatado.

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