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Feminismo, machismo y hembrismo

Que entrado el siglo XXI aún haya alguien que no propugne una equiparación efectiva y real de los derechos entre el hombre y la mujer, solo puede ser debido a una importante falta de reflexión y a un exceso de residuos de primitivismo animal.

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En el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, la palabra feminismo posee la siguiente acepción: “Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres”. 

Como puede observarse, son tres los elementos que determinan su significación. En primer lugar, se trata de un movimiento, lo cual alude a un proceso en desarrollo: estamos ante una iniciativa que, lejos de haber sido alcanzada, representa una aspiración en marcha. El segundo elemento es el referente de equiparación: el hombre como paradigma, el sujeto que goza de la posición ideal que se pretende alcanzar. El tercer y último elemento es el punto sobre el que se concreta la aspiración: la igualdad de derechos. 

Creo que en el momento presente solo los que tengan un déficit severo de formación y de sensibilidad pueden no compartir del postulado de esta doctrina o movimiento. Que entrado el siglo XXI aún haya alguien que no propugne una equiparación efectiva y real de los derechos entre el hombre y la mujer, solo puede ser debido a una importante falta de reflexión y a un exceso de residuos de primitivismo animal. 

De lo que se acaba de decir se desprende que es de todo punto rechazable el machismo, que según el citado Diccionario es la “actitud de prepotencia de los varones respecto a las mujeres” o sea el movimiento de signo contrario al feminismo. 

Lo que hay que entronizar es el personismo; esto es, el movimiento que, partiendo del ser humano, de la persona, sin diferenciación de sexo, prevé para este sujeto un único y mismo estatuto de derechos. 

En esta última tendencia se inscribe, aunque en el ámbito que le es propio, nuestra Constitución de 1978, cuando establece en su artículo 14 que los españoles somos iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de sexo. Y decimos que en el ámbito que le es propio porque el principio de igualdad constitucional no vincula a los particulares, sino solamente a los poderes públicos. Esto es, tal vez,  lo que explica que si bien teóricamente las mujeres tienen idénticos derechos que los hombres que deben asegurar los poderes públicos, en la práctica de cada día todavía existe un largo tramo por recorrer para alcanzar la deseada meta de la igualdad efectiva entre sus derechos y los de los hombres. Dicho con más claridad, en las relaciones privadas la mujer todavía no ha conseguido la deseable equiparación de sus derechos con los reservados para los hombres. Razón por la cual, mientras la mujer no consiga la plena igualdad también en las relaciones entre los particulares sigue teniendo su plena razón de ser el feminismo como movimiento. 

Pero ¿justifica esto la existencia de movimientos femeninos que propugnan una actitud de prepotencia de la mujer frente al hombre? Si decía con anterioridad que detrás del machismo solo hay primitivismo animal y que hoy en día es indefendible que el varón reclame una situación de superioridad frente a la mujer, detrás del llamado hembrismo –así cabría llamar al reverso del machismo- solo puede existir un mal entendido revanchismo y unos afanes desmedidos de venganza ancestral. 

Machismo y hembrismo son estados de pasión radical y desbocada, impropios, en mi opinión, de personas civilizadas que tratan de corregir los excesos mediante el análisis y la reflexión, no contrarrestando fenómenos irracionales con otros iguales pero de signo contrario.

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