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Control, no. Gracias

El vicepresidente segundo del Gobierno y secretario general de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, empeñado, como parece, en desestabilizar la coalición de gobierno, ha reiterado su propósito de ejercer algún tipo de control sobre los medios de comunicación. Es una suerte de obsesión, ya habló algo de ello en el pasado. Estérilmente. O nadie le hizo caso. Es una pretensión populista cuyo recorrido se ve interrumpido por razones que hemos ido desglosando en numerosos trabajos.

Iglesias defiende que los tres poderes del Estado cuentan con algún tipo de control democrático, en tanto que los medios, no. Si se lleva al terreno de la discusión esta tesis, es fácil rebatirla: el periodismo está sometido al imperio de la ley y de los tribunales, así como a la opinión de los lectores, radioyentes o televidentes, de los consumidores de información en general.  La autorregulación, cuando se alcance plenamente, es el mejor control. Si nos apuran, el único que debería existir. Los medios, desde luego, no están sometidos ni nunca deben estarlo al control políticos de las agendas de las agendas y líneas editoriales de gobiernos, poderes públicos y partidos políticos. 

¿Es necesario insistir en la idea de que la existencia de unos medios de comunicación independientes, veraces y plurales es una condición indispensable para la supervivencia de un sistema democrático? A lo peor, alguien no está de acuerdo con el adjetivo pero lo cierto es que si se insiste en este planteamiento, que puede tener mucho de utópico o metafísico, es porque la tentación de imponer o cultivar prácticas perversas desvirtúan el papel mediático, su propia función.

Pero, ¿qué quieren controlar Iglesias y su formación política? Salvo que ofrezca poderosos y convincentes argumentos –seguro que difíciles de llevar a la práctica- este propósito populista, que esconde una suerte de revanchismo, huele a pulsión autoritaria, a modales desfasados o que parecían exclusivos de las coordenadas del derechío político. Cierto que este, todavía tiene apoyos e influencias en muchos medios y se apoya en ellos para desplegar sus estrategias, principalmente las de desgaste, pero los conductos del Estado de derecho y las decisiones de los tribunales de justicia también les afectan, además de la decisión final de los consumidores mediáticos.

¿Controlar los medios? Qué mal suena. Si aceptamos que su función social consiste, básicamente, en informar con datos veraces y contrastados, aportar análisis y opiniones basadas en hechos reales, facilitando que los ciudadanos tomen sus propias determinaciones, ¿cuáles son esos controles? ¿Quiénes los ejercerían? Y por supuesto, ¿quién controla al controlador? La Asociación de la Prensa de Madrid (APM), en un reciente comunicado, advirtió que “las diferentes líneas editoriales nunca pueden ser incompatibles con el respeto a la verdad”.

La APM mantiene que existen cauces legales para defenderse de injurias, falsedades y calumnias. Los ataques entre medios, o sitios web que pretenden serlo, solo sirven para dañar aún más la mermada credibilidad de los periodistas ante la sociedad. Por eso, la entidad apela a un compromiso de todos los periodistas para frenar esta escalada de polarización que nos hace más frágiles como profesionales y sociedad. 

No, no es una idea feliz la de Iglesias y los suyos. Cualquier iniciativa que, procedente del legislativo o del ejecutivo, se oriente al control de los medios, constituiría una verdadera ‘anomalía democrática’. Otra cosa es que haya estudios, debates, iniciativas o resoluciones para abordar problemas y fenómenos concretos de nuestros días como pueden ser las falacias y los bulos. Y en esos cauces se puede y se debe incursionar. 

El periodista de Onda Cero, Carlos Alsina, conductor de uno los espacios más escuchados de la radio española, dijo hace poco que “la manera más eficaz de combatir a quien te quiere silenciar es seguir informando”. El periodista resaltó que “el silencio de la prensa libre es la muerte de la democracia” y advirtió que “hay una legión de enemigos de la prensa y de la democracia deseando acabar con ellas”. 

Así que, control, no, gracias. Respeto a las reglas de juego, cumplimiento de los códigos deontológicos, autorregulación, transparencia y autoexigencia: soportes mucho más sólidos y más creíbles.

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Publicado el
28 de febrero de 2021 - 15:06 h

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